
Escribo el jueves 10 de noviembre en la mañana y el sistema electoral de EEUU no permite todavía determinar quién podrá controlar el Congreso, y la información disponible solo permite atribuirles ventaja a los republicanos.
Hago la aclaración ya que éxito y fracaso no siempre son absolutos, y perfectamente pueden ser relativos al ser medidos en relación con las expectativas previas. Es lo que parece estar ocurriendo con las elecciones de medio termino en EEUU, ya que no existió la marea roja (por el color partidario) prevista por las encuestas a favor de los republicanos, y los demócratas lo hicieron mejor de lo esperado y pronosticado, aunque en todo caso los republicanos los superarían, sobre todo, al poder clarificar quienes van a estar presentes en la etapa que viene a continuación, la de las candidaturas presidenciales, y es así como es posible que en sus primarias compitan Trump y De Santis o quizás hagan dupla, en definitiva, como candidatos a presidente y vice. Por su parte, Biden dice que solo decidirá “a principios del próximo año”.
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En todo caso, por el tipo de temas que predominaron tales como la economía, la delincuencia, ley y orden, el país parece más conservador de lo que era o parecía ser, aunque sin claridad en torno al por qué.
Quizás ahora los demócratas pueden mirar hacia atrás y preguntarse cuales fueron los errores que se repitieron y que impidieron que les fuera mejor.
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Además del mal desempeño gubernamental, el primero es uno imperdonable en democracia cual es no escuchar a los votantes, ya que, en rara unanimidad, los sondeos y encuestas de los últimos meses, repitieron que los temas que más importaban tenían que ver con la economía, la inflación y el alza de los combustibles. El segundo error fue la hipérbole y la exageración, ya que simplemente no era el fin de la democracia o el fin del mundo como consecuencia de la crisis climática. Quizás el tercero fue concentrarse en una narrativa identitaria, racial y de género, olvidando casi del todo su tradición social demócrata y liberal, lo cual hizo alejarse a grupos que generalmente les habían apoyado en el pasado, manifestado en la pérdida de tantos votantes latinos, y en menor medida, afroamericanos, es decir, alejamiento de los temas del trabajador hacia una temática de elite universitaria.
En el caso de los republicanos parece que las expectativas exageradas que se crearon se basaron en un error de lectura de los sondeos que les eran abrumadoramente favorables, y en una visión exagerada y no realista de la fuerza y carisma del ex presidente Trump, entre otras razones, por la forma en que este había triunfado sobre rivales internos en las últimas primarias partidarias.
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El tema no es ganar por poco o por mucho, ya que esta no fue una elección cualquiera, sino una que se puede encadenar casi inmediatamente con la presidencial, y donde también es posible vincularse a otro fenómeno, ya que esta elección no fue una simple selección entre alternativas al interior de una contienda democrática, sino que debe ser vista como una batalla más de una guerra cultural, que tiene polarizado y dividido a Estados Unidos, con una visión contrapuesta no solo del presente, sino también del pasado y del futuro.
Por cierto, por la propia naturaleza de estas elecciones, los temas internacionales no tuvieron mucha importancia, pero coincidió con un periodo de grandes definiciones. No solo por la invasión rusa a Ucrania, sino, sobre todo, que el desafío chino a EEUU para reemplazarla como la superpotencia del mundo es de tal magnitud, que con toda seguridad va a marcar geopolíticamente a este siglo XXI.
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En EEUU es habitual que en estas elecciones de medio término pierda o sea castigado el gobierno, y es en ese sentido, que los demócratas pueden darse por aliviados del resultado, sobre todo, porque se veía al gobierno en problemas en los temas que más predominaron.
Es por ello por lo que es tan importante entender con claridad cual fue el mensaje que quisieron enviar los votantes al sufragar personalmente o enviar su preferencia por correo.
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El punto de partida es que esta elección no era solo de temas o políticas públicas, toda vez que se llegó a la votación en un clima de extrema polarización como si de una verdadera división tribal se tratara, con el agregado, que no eran grupos pequeños, sino un país dividido por mitades. Era la confrontación de dos formas de ver o entender el mundo, y en Estados Unidos, ser “progresista” (” liberal” en su lenguaje) o ser “conservador” es una identidad, una forma de ser, más que una simple ideología.
Es en ese sentido que debe entenderse la masividad del traslado de votos latinos hacia los republicanos, ya que solo parcialmente fue un acierto de quienes incrementaron notoriamente la cantidad de mujeres latinas como candidatas. Fue también y paralelamente, una pérdida de los demócratas, quienes no midieron adecuadamente el distanciamiento que iba a generar el lenguaje y la narrativa de lo políticamente correcto.
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Mi argumento de fondo es que en Democracia las elecciones sirven para resolver pacíficamente la conflictividad natural de toda sociedad. De ahí la importancia de entender adecuadamente lo que fue expresado por el resultado de estas elecciones que no solo son de la totalidad de la Cámara de Representantes, de un tercio del Senado, de muchas gobernaciones, sino también de una gran cantidad de cargos a nivel local, incluyendo sheriffs y jueces, como también diversos plebiscitos en condados y Estados, donde destacan aquellos vinculados al tema del aborto, sobre todo, después del fallo sobre Roe v. Wade de la Corte Suprema.

Sin duda alguna, con su polarización, división tal que ha imposibilitado llegar a acuerdos básicos o de consenso en prácticamente todo tipo de temas, incluyendo la inmigración o el coronavirus; aceptación selectiva de la violencia política, dependiendo de si era activada por adversarios o quienes pensaban igual; sesgos variados en los medios de comunicación, falta de una narrativa común en las elites del país, cambios bruscos dependiendo de quien ocupa la Casa Blanca, impropios de una superpotencia y por lo tanto, falta de políticas de Estado, y un largo etcétera que lleva incluso a olvidar a los padres fundadores, en el sentido que el proceso político parece hoy buscar doblegar al enemigo más que convencer a quien es solo un adversario. A todo esto, hay que agregar una relativización en términos de utilización de la hipocresía y un doble estándar que empobrece el dialogo propio de una democracia, al dificultar todo intercambio por el uso de adjetivos descalificadores previos a la conversación con quien piensa distinto.
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En otras palabras, un alejamiento de las tradiciones políticas del país hacia una polarización que da toda la impresión de una latino americanización del país, por tener hoy características propias de lo malo de algunos de nuestros países de origen, y, por cierto, no hay casos exitosos de sociedades que hayan entrado en esta senda, y ninguna supuesta “excepcionalidad” puede proteger a Estados Unidos para siempre.
Esa en este clima en el cual debe ser medida y valorada la votación emitida este martes 8. Quizás hasta agradecida, que no sea fuego o combustible para la polarización, sino que debe ser vista como una oportunidad para que se pongan de acuerdo las facciones, y decidan conversar, dialogar y buscar el consenso.
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Es decir, usar los elementos propios de la democracia, en beneficio del dialogo y del rescate de la república, en otras palabras, fe en las instituciones y su funcionamiento.
Ese creo que es el mensaje del electorado, del soberano que así se pronunció con su voto, quizás pidiendo que sus representantes busquen acuerdos en vez de promover la división y el conflicto.
Estados Unidos parecía haber entrado en un laberinto, y oportunamente aparece una esperanza, la de poder detenerse, reflexionar y buscar la salida. El resultado obliga a buscar esa salida, aunque se demore, aunque sea a través de error y ensayo.
A mi juicio, ese fue el mensaje del electorado y ojalá se le escuche. Hubo voto de castigo para actuaciones del pasado, pero también un voto de esperanza, en busca de soluciones.
No parece haber duda en que la oferta de Biden de recuperar la civilidad fue un elemento importante de su victoria electoral hace dos años, por lo que fue también una desilusión que no hubiese hecho más esfuerzos en ese sentido, rechazando incluso la oferta de un grupo de senadores republicanos de explorar algún tipo de propuesta conjunta.
No sabemos el ánimo con que se llega a esta nueva etapa, pero EEUU debe hacer lo posible para buscar acuerdos bipartidistas y no entrar de nuevo en un ciclo de acusaciones y descalificaciones que tanto daño han hecho.
El consejo es gratuito, es de Maquiavelo y es útil para toda persona dedicada al oficio político, independientemente de época: “El verdadero modo de llegar al paraíso es aprender el camino del infierno para eludirlo”.
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