Giorgia Meloni alcanzó esta semana una marca histórica: 1.094 días al frente del Gobierno italiano, convirtiéndose en la tercera primera ministra con mayor permanencia en el cargo desde la fundación de la República en 1946. Solo dos gabinetes de Silvio Berlusconi —el segundo (2001-2005) con 1.412 días y el cuarto (2008-2011) con 1.287— superan su longevidad en un país con 68 gobiernos en ocho décadas.
La presidenta del Consejo de Ministros, primera mujer en ocupar el cargo, lidera una coalición de centroderecha formada por su partido Hermanos de Italia (26% de los votos en 2022), la menguante Liga de Matteo Salvini (8,8%) y Forza Italia, fundado por Berlusconi y ahora liderado por Antonio Tajani (8,1%). Lo que parecía una alianza frágil ha demostrado ser resistente, fundamentalmente porque las alternativas son aún más débiles.
Una estabilidad fruto de la división

La permanencia de Meloni responde tanto a la cohesión forzosa de su coalición como a la atomización de la oposición. El Partido Democrático de Elly Schlein no supera el 21% en las encuestas, el Movimiento 5 Estrellas se desplomó al 14% y ambas formaciones mantienen tensas relaciones que impiden cualquier alternativa sólida de centroizquierda.
“La derecha se mantiene unida porque para sus miembros resulta más conveniente permanecer juntos que provocar una crisis”, explicó a la agencia EFE el politólogo Oreste Massari, de la Universidad La Sapienza. Los problemas internos de Liga y Forza Italia —ambos intentando sobrevivir al declive electoral— impiden que Salvini o Tajani puedan siquiera soñar con desafiar a la primera ministra.
Del “Dios, patria y familia” a la austeridad fiscal
La mayor paradoja del mandato de Meloni ha sido su política económica. La líder que desde la oposición y con tono vehemente reprochaba a todos los gobiernos desde 2013 una excesiva obediencia a los vínculos financieros europeos gobierna ahora con el rigor de un tecnócrata. Meloni, observó Il Post, se parece ahora más a Mario Monti, el premier (2011-2013) que se volvió sinónimo de “austeridad” en política económica y a quien ella misma calificó como símbolo de la política de “lágrimas y sangre”, sometida “a los dictados de la troika y de Bruselas”.
El déficit público italiano se redujo del 8,1% del PIB en 2022 (principalmente debido a las consecuencias de la pandemia) al 3,4% en 2024, y las proyecciones apuntan al 3% en 2025 y al 2,8% en 2026. Italia saldrá así de la procedura europea por déficit excesivo casi un año antes de lo previsto. El superavit primario —la diferencia entre ingresos y gastos sin contar los intereses de la deuda— pasó de un saldo negativo del 3,5% del PIB a uno positivo del 0,5% en apenas un año.
Luigi Marattin, diputado liberal, interpela regularmente al ministro de Economía Giancarlo Giorgetti preguntándole “cómo se siente haciendo el exacto contrario de lo que su partido le pide”. La última ley de presupuestos, de hecho, apenas se financia con déficit, cubriendo las medidas con subidas de impuestos y recortes de gasto.
Este rigor ha valido el aplauso de los mercados. Las agencias de calificación Fitch, Standard & Poor’s y Dbrs Morningstar han mejorado la nota de Italia. La propia Meloni, que en 2017 escribió que “los últimos cuatro gobiernos los han elegido las agencias de rating”, reivindica ahora precisamente esos mismos veredictos como prueba del éxito de su gestión.
La metamorfosis atlantista
También en política exterior Meloni ha dado un giro radical. La líder que defendía abandonar el euro se ha convertido en una atlantista convencida, manteniendo excelentes relaciones tanto con Joe Biden como con Donald Trump. “Ha sabido aprovechar la debilidad en otras cancillerías europeas como París”, comentó a EFE la politóloga Vera Capperucci.
Su transformación le ha permitido acceder a círculos que parecían vetados a una política de origen posfascista. Utilizó a Mario Draghi como aval ante Washington y a Ursula von der Leyen como puente hacia Bruselas, donde inicialmente era vista con suspicacia.
El costo de la prudencia
La política de austeridad, sin embargo, tiene consecuencias. El gasto sanitario cayó del 6,6% al 6,3% del PIB entre 2022 y 2024, mientras el desembolso privado de las familias aumentó 1.000 millones. Solo un tercio de los pacientes aceptan la primera cita que les ofrecen los centros públicos; el resto debe esperar en listas de espera, buscar alternativas privadas o renunciar a tratarse.
La economía italiana crecerá apenas un 0,5% este año, lastrada por las guerras en Ucrania y Gaza, los aranceles de Trump y la crisis industrial alemana. El gobierno, paradójicamente, ha hecho poco por las empresas, dejando que sean los fondos europeos de recuperación post pandémica (conseguidos por el ejecutivo anterior de Giuseppe Conte) lo que impulsen la escasa actividad.
Un análisis del portal de verificación Pagella Politica revela que de las cien promesas principales del programa electoral solo 22 se han cumplido completamente, mientras que nueve están comprometidas por decisiones contrarias a lo anunciado.
La inversión militar, en cambio, se ha disparado: más de 42.000 millones de euros autorizados en compras de armamento desde 2022.
Una estrategia de supervivencia

“Meloni ha aprendido de Matteo Renzi”, señala Il Manifesto, un diario progresista. El ex primer ministro pasó del consenso plebiscitario al ostracismo por sobreexponerse. Ella, en cambio, “vuela bajo, juega con la retórica y huye de la sobreexposición”. Evita las conferencias de prensa, elude las preguntas incómodas y deja que otros asuman los costos políticos de las reformas más controvertidas.
Con un 29,8% de apoyo en las encuestas y una oposición fragmentada, todo indica que Meloni “podrá dormir tranquilamente”, según augura el politólogo Massari.
A Meloni le quedan aún dos años de mandato para intentar cumplir el resto de su programa electoral. La pregunta que se plantean analistas y adversarios es si intentará acelerar las reformas pendientes o si, por el contrario, considerará que su principal activo político es precisamente la estabilidad que ha conseguido aportar a un país históricamente convulso.
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