
La construcción de un muro de hormigón de 180 metros de largo y 6,5 metros de alto en la playa de Katoku, en la isla de Amami Ōshima, ha provocado una profunda fractura en la comunidad local. El proyecto puso en el centro del debate la tensión entre la protección frente a desastres naturales y la conservación de uno de los ecosistemas más singulares de Japón.
La inminente finalización de esta infraestructura, situada en una zona reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 2021, ha generado alarma entre residentes, científicos y ambientalistas. Advierten sobre el posible impacto irreversible en la biodiversidad regional, según informó la BBC.

La comunidad teme que la obra cause daños irreversibles en la biodiversidad, en un área ya considerada única por su riqueza natural.
Un muro de hormigón que divide una población
La playa de Katoku, último enclave costero de Amami Ōshima, constituye un refugio para especies en peligro de extinción como la tortuga laúd y el conejo de Amami, este último considerado un “fósil viviente”.

La preocupación por el impacto ambiental se ha intensificado tras la disminución de huellas de tortuga en la arena, un fenómeno que, según la residente Hisami Take, podría estar relacionado con la presencia de la obra. “Este año no se encontraron huevos. Quizás la cuerda de construcción naranja brillante les esté indicando a las tortugas que se alejen”, relató en diálogo con la BBC.
La decisión de levantar el muro se remonta a 2014, cuando un grupo de habitantes le pidió al ayuntamiento de Setouchi medidas para frenar la erosión costera tras el paso de dos tifones. Pese a que no solicitaron la construcción de una barrera de hormigón, la prefectura de Kagoshima aprobó el proyecto en 2018.

El argumento de las autoridades fue la necesidad de proteger “la vida y los bienes de los residentes de la erosión costera causada por desastres naturales”. Asimismo, sostienen que el muro se ubica en el lugar de las dunas originales, lejos del flujo principal del río Katoku.
Actualmente, la comunidad permanece dividida. Mientras algunos residentes ven la estructura una como una obra esencial para la seguridad y la economía local, otros defienden alternativas más sostenibles. Científicos y grupos ambientalistas han propuesto soluciones basadas en la naturaleza, como la restauración de dunas y la plantación de especies autóctonas, como una opción efectiva contra la erosión y preservan la biodiversidad.

Satoko Seino, profesora de la Universidad de Kyushu, le explicó a la BBC que los diques de hormigón requieren una gran inversión y también implican costes de mantenimiento continuos. En cuanto a los efectos negativos, advirtió que la erosión se agravó tras la instalación de estructuras similares.
El proceso de toma de decisiones ha recibido críticas por la escasa participación de la comunidad. Takaaki Kagohashi, abogado y miembro de la Federación Japonesa de Abogados Ambientales (Jelf), señaló que, salvo el entonces jefe de la aldea, la población local no fue consultada de manera efectiva.

Por su parte, la prefectura de Kagoshima afirma que el comité de revisión incluye tanto expertos como habitantes, y que la información se difunde abiertamente en su sitio web. La controversia escaló hasta los tribunales.
En 2018, un grupo de residentes y Jelf demandaron a la prefectura, alegando malversación de fondos públicos y la innecesariedad del muro. La entidad defendió la legalidad y necesidad del proyecto, y el caso fue finalmente desestimado por el Tribunal Supremo de Japón en 2025.

A nivel global, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) designó en 2021 el río Katoku y sus playas como zona de amortiguamiento, lo que implica protección legal. Sin embargo, la UICN reconoció que la construcción del muro continuaría, aunque “lejos de la desembocadura del río Katoku” y bajo monitoreo ambiental posterior.
La controversia del muro y su ubicación
Persisten dudas sobre la ubicación exacta del paredón. Una investigación independiente del Laboratorio de Ingeniería Costera de Tokio concluyó en septiembre de 2024 que se construirá “dentro” del cauce del río Katoku, lo que podría alterar el meandro natural y el proceso de producción de arena esencial para el ecosistema.

Jean-Marc Takaki, director de Save Katoku, advirtió que “en ciertas épocas del año, la desembocadura del río cambia estacionalmente”. Agregó que el río puede fluir por la arena y alcanzar el punto donde se planea edificar la obra, durante aproximadamente seis meses.
Por su parte, el Ministerio de Tierras, Infraestructura, Transporte y Turismo de Japón defendió que el muro “no se construirá en la playa, sino en el lugar de la duna de arena original”, asegurando que no se obstaculizará el flujo natural del agua ni el movimiento de la arena.

Los estudios científicos recientes han impulsado un cambio en la gestión costera. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos han promovido soluciones basadas en la naturaleza, como la restauración de dunas y la utilización de infraestructura verde.
En Japón, aunque las enmiendas a la Ley de Costas de 1999 y la iniciativa del Ministerio de Medio Ambiente buscan fomentar enfoques sostenibles, la implementación ha sido limitada.

Desde 2015, voluntarios y habitantes han impulsado la plantación de pandanos y campanillas, especies autóctonas que colaboran en la regeneración natural de las dunas. El líder de la Red Ambiental Amani, Hiroaki Sono, relató en conversaciones con la BBC que “la zona frente al cementerio ahora está repleta, y la erosión ha desaparecido”.
La falta de acuerdo entre las partes ha provocado tensiones sociales. Este caso pone de manifiesto el desafío de encontrar un equilibrio entre la protección ante desastres naturales y la preservación de ecosistemas únicos, en un contexto de cambio climático y aumento del nivel del mar.
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