Decenas de cuerpos yacen sobre el césped, junto a senderos de cemento y arbustos descuidados. No es un cementerio: es el Hospital Nacional de Sweida, donde los muertos se acumulan desde hace días. Un video filmado por un habitante muestra el resultado tangible de una violencia que desbordó a esta ciudad de mayoría drusa, en el sur de Siria, históricamente un enclave autónomo gobernado por líderes religiosos y tribales, que logró mantenerse relativamente al margen del conflicto sirio hasta los últimos años.
El celular que graba no tiembla: enfoca con claridad los pasillos exteriores del centro médico, las esquinas del patio, los cuerpos alineados en fila. Cuando se acerca, el video aplica un efecto de desenfoque sobre los cadáveres. No es censura: es un intento mínimo de preservar la dignidad frente a una escena insoportable.
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La voz de dos hombres acompaña las imágenes. Uno guía la caminata y describe lo que ve: “Hoy es 20 de julio… esto es el hospital nacional de Sweida… hay decenas de cuerpos, no puedo filmar todo”. El otro agrega detalles, reconoce nombres, apunta con el dedo hacia árboles o puertas entreabiertas: “Ese joven de negro se llamaba Maysar, lo mataron allá”. La escena se completa con comentarios entrecortados, frases susurradas y relatos fragmentarios de vecinos que buscan a familiares desaparecidos.

El hospital se ha convertido en un campo de reconocimiento improvisado. No hay funcionarios, no hay listas, no hay personal médico recibiendo a los dolientes. Cada uno llega por su cuenta, escudriña, aparta una tela, busca algún signo. Las salas del hospital y la morgue están colapsadas desde hace días. Según reportes de Suwayda 24, solo en este centro de salud se han acumulado más de 600 cadáveres, sin contar los que fueron trasladados a otras ciudades o enterrados directamente sin pasar por instituciones sanitarias.
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Un responsable médico de la morgue, bajo anonimato, confirmó que han “entregado 361 cadáveres a las familias, pero hay 97 más que no hemos identificado”. Y advierten que en las zonas rurales que rodean la ciudad aún quedan cuerpos por recoger.
Médicos locales aseguran que la Dirección de Salud pidió ayuda desde el inicio de los combates, pero no recibió respuesta del Ministerio de Salud. Hoy, denuncian, la descomposición de los cuerpos amenaza con provocar epidemias. Algunos fueron dejados al sol por días. Otros aún yacen en calles y aldeas, sin ser recogidos.
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El hedor de los cuerpos se ha extendido por todas las plantas”, relató Hisham Breik, un enfermero que no ha salido del hospital desde que comenzó la violencia. “No conseguíamos ni movernos dentro del hospital si no teníamos una mascarilla”, dijo con la voz temblorosa y profundas ojeras. Entre las víctimas, agregó, había mujeres, niños y ancianos.
La masacre que desbordó la ciudad
Los cuerpos filmados ese 20 de julio son parte de una ola de violencia que comenzó el 13 de julio, cuando estallaron enfrentamientos entre combatientes drusos y beduinos sunitas en la gobernación de Sweida. Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH), los choques dejaron 1.120 muertos, entre ellos 427 drusos armados, 298 civiles de esa minoría, 354 miembros de las fuerzas de seguridad del régimen y 21 combatientes beduinos.
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El conflicto desató además una crisis humanitaria de gran escala: más de 128.000 personas fueron desplazadas, de las cuales 43.000 huyeron en un solo día, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Según un informe de la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), los hospitales de Sweida están fuera de servicio, y la presencia de cadáveres insepultos representa una grave amenaza sanitaria. La Media Luna Roja Siria logró ingresar el domingo un primer convoy con víveres, agua, material médico y combustible, pero los trabajadores del sistema de salud advierten que es insuficiente.
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“Nos enfrentamos a una catástrofe sanitaria”, declaró Moatasem Al Aflaq, empleado de una agencia sanitaria local. “Aún no hemos podido contar el número total de cadáveres, y estamos intentando cooperar con la Media Luna Roja para enterrarlos en una fosa común. A las familias les está resultando muy difícil identificar a sus allegados”, explicó.

Aunque el gobierno sirio anunció un alto el fuego y la evacuación de los combatientes tribales, la situación en el terreno continúa siendo crítica. Las familias que permanecen en Sweida no tienen acceso a agua, electricidad ni atención médica, y la ayuda humanitaria aún no ha ingresado.
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Durante los enfrentamientos, facciones drusas, testigos y el OSDH acusaron a las fuerzas de seguridad del gobierno sirio de apoyar a los beduinos y participar en ejecuciones sumarias dentro de la ciudad.
El video —testimonio directo de ese colapso— no muestra balas ni combates, pero registra las consecuencias más inmediatas de la masacre: la soledad del duelo, la imposibilidad del entierro, la ciudad convertida en morgue abierta, donde cada paso es una búsqueda entre muertos.
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