
En el siglo V a.C., Diágoras de Melos lanzó una advertencia que resonaría a través del tiempo en la que aseguraba que era preferible morir antes que caer en las garras del opio. Este filósofo alertaba sobre un riesgo que hoy se conoce bien, el de que el consumo de drogas se convirtiera en una adicción peligrosa para la salud. Sin embargo, sus recomendaciones pasaron mayormente inadvertidas y durante toda la Antigüedad, y en particular bajo el dominio romano, diversos tipos de droga circularon libremente por el Mediterráneo. Las más comunes eran el opio y el cannabis que las consumían los plebeyos y emperadores.
El consumo de estas sustancias nunca estuvo perseguido, salvo en casos donde se utilizaran como venenos para dañar o matar a alguien.
En la Antigüedad, lo que hoy denominamos drogas estaban en una categoría más amplia de “fármacos” o “medicamentos”. Estas sustancias naturales producían determinados efectos en las personas y se clasificaban según los Tratados hipocráticos como “sustancias que actuaban enfriando, calentando, secando, humedeciendo, contrayendo y relajando o provocando somnolencia”. Por ello, estas drogas se usaban comúnmente como relajantes, medicinas y pócimas.

El legado de Oriente
Durante este periodo, autores como Plinio el Viejo y Dioscórides catalogaron miles de drogas distintas, entre ellas la mandrágora, el beleño negro, la belladona, el estramonio, la cicuta, el acónito, las setas venenosas, el vino, el cannabis y el opio.
Por ejemplo, la mandrágora tenía diversos usos terapéuticos, consumiéndose sus hojas y raíces por sus propiedades anestésicas. El estramonio, originario de los territorios bañados por el mar Caspio, era un potente veneno narcótico que producía delirios singulares, aunque también se utilizaba para combatir dificultades respiratorias como el asma mediante la inhalación de sus hojas. La belladona se empleaba en la medicina casera para inducir el sueño o calmar el dolor de muelas, aunque también se usaba su jugo en las pupilas con fines lúdicos.
El cannabis
Durante miles de años, el cannabis ha sido considerado tanto misterioso como sagrado y hasta demoníaco. La expansión de griegos y romanos por el Mediterráneo oriental hizo que se interesaran rápido por los efectos de esta planta.
El cannabis se utilizaba en ciertos ritos religiosos como incienso o perfume. Al inhalar la sustancia aromática resultante de su cremación, se experimentaban varias reacciones estimulantes, relajantes o alucinógenas. Galeno, uno de los médicos más renombrados de la época, informó que el cannabis llegó a ser un regalo común entre las élites romanas, quienes adoptaron la práctica ateniense de regalarse cannabis en reuniones sociales. En estos banquetes, era muy apreciado por sus efectos alucinógenos.
Una historia interesante sobre el uso del cannabis la cuenta Homero en “La Odisea”. Según el mito, Helena de Troya utilizó cannabis para relajar a los asistentes de un banquete ofrecido por Menelao, camuflando la droga en vino. La ingesta de esta mezcla provocó un letargo en quienes lo bebieron.
Plinio el Viejo enumeró las propiedades terapéuticas del cannabis en su “Historia Natural” y señaló que servía para relajar las articulaciones en caso de contracturas, aliviar dolores derivados de la gota y, en casos de quemaduras, se recomendaba aplicar la planta en crudo sobre la piel. Además, también se aconsejaba como remedio para la impotencia sexual.

El poderío del opio
Fueron los griegos quienes dieron el nombre de opio al látex extraído de la adormidera (Papaver somniferum). El opio tuvo una presencia significativa en las sociedades antiguas. Se decía que fue Asclepio, el dios griego de la medicina, quien reveló a los mortales los secretos de la adormidera, que hasta entonces sólo era consumida por los dioses.
Otros atribuyen su descubrimiento a Hermes, dios de los viajes e intercambios. Se afirmó asimismo que Alejandro Magno fue el primero en introducir el consumo de esta droga en el Mediterráneo tras conocerla en sus conquistas por Asia.
Autores como Heródoto, Hipócrates o Teofrasto describieron la planta y sus diversos usos, especialmente en el ámbito medicinal. Heráclites de Tarento, médico de Filipo I de Macedonia, y Dioscórides destacaron su empleo como calmante y somnífero. Plutarco mencionó el opio y la mandrágora como los narcóticos más utilizados para inducir el sueño. Incluso la diosa Ceres, representada a veces con un manojo de adormideras, intervino en favor del pueblo romano en su enfrentamiento con los cartagineses, drogando al propio Aníbal con la intención de mantenerlo lo más alejado de Roma posible.
Según lo relata el poeta Silio Itálico en su obra “Púnicas”: “En su cuerno tiene preparado ya el jugo, se apresura en la noche sin ruido hacia la tienda del cartaginés, y derrama sobre sus ojos la sedante rociada”.
La droga
Aunque las variedades orientales de estas drogas siempre fueron las más demandadas, griegos y romanos las aclimataron en sus tierras. Se dice que Tiberio se trasladó a Capri para consumir el excelente opio producido en la isla, plantado muchos siglos atrás por los primeros colonizadores griegos.
Para evitar falsificaciones de las drogas orientales, autores como Dioscórides o Plinio describieron cómo debía ser el producto correcto para consumirlo. Destacaban su maleabilidad, la potencia y aroma del jugo extraído, y consideraban que el mejor opio era el que se disolvía fácilmente en agua o se derretía ante los primeros rayos del sol.
Plinio aseguraba que el opio siempre gozó de favor entre los romanos, y así lo demostraron los emperadores de los siglos I y II. Los médicos de la corte elaboraron diversos compuestos a base de opio para los soberanos. Medicamentos todos ellos de los que se ha sugerido que generaron verdaderas adicciones.
Así, durante la Antigüedad, las drogas formaban parte de la vida cotidiana de plebeyos y emperadores y además revelaban un aspecto complejo y peligroso de las civilizaciones antiguas. Estas sociedades desarrollaron auténticas culturas del consumo indiscriminado de sustancias adictivas, integrándolas tanto en la vida diaria como en la medicina de la época.
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