
(Desde Roma, enviada especial) Yana está callada y mira su celular. Lo guarda en el bolsillo pero a los 10 segundos lo saca y lo mira de nuevo. Lo guarda y parece resignada. Está esperando en la fila para testearse por COVID-19. Se encuentra en Roma, en la plaza frente a la estación de trenes Termini. Ella es una de las decenas de ucranianos que acuden a unas carpas de la Cruz Roja italiana para vacunarse, hacerse pruebas PCR y recibir orientación sanitaria. Son decenas. Y llegan y llegan.
Tiene sólo 16 años pero su porte la hace parecer más grande. La delatan una voz suave y dulce, ojos asustados y una timidez que parece disiparse cuando posa para una foto. Es tan hermosa, y tan triste. Es una adolescente que escapó de la guerra. Su mamá, Natasha, la abraza con ternura. La estruja con todo el cuerpo.
Es de Rivne y vino con su madre y hermano de 14 apenas comenzó la invasión. Dice que él es el que sufre más. Está aliviada de que sea aún pequeño y haya podido venir a Roma con ellas. Su papá se quedó en Ucrania luchando contra las tropas invasoras: “Lo extraño tanto, tanto”.

Rivne, una ciudad entre Kiev y Lviv, fue blanco de uno de los ataques más mortíferos en el oeste de Ucrania desde que comenzó la invasión rusa. Una torre de televisión fue bombardeada el 14 de marzo, matando a 20 personas. Y hace unas horas, las fuerzas aéreas rusas atacaron una instalación militar del ejército ucraniano en la región de Rivne con misiles de crucero, según informó el Ministerio de Defensa de Rusia.
Hoy , Yana estudia a distancia en su colegio ucraniano. Todavía no sabe qué va a estudiar en la Universidad, pero de lo que sí está muy segura es que quiere hacerlo en una facultad ucraniana. “Y no sé cuánto durará esto. ¿Cuánto durará? Uno aprende en el colegio que las guerras duran tantos años…”.
Empieza a decir algo en ucraniano que no le sale en inglés. Se detiene. “Lo único que queremos es paz y que toda la gente ucraniana pueda volver a su casa. Extraño mucho a mi país, mi hogar, todo. Nunca pensé que se pudiera extrañar un lugar tanto”.

“Mi nombre es Natasha, soy de Rivne, y perdón pero mi inglés es muy malo”, dice su mamá mientras toma a su hija de la mano. “Me siento muy mal. Quiero irme a casa”.
Paola Bernieri, delegada del área social de la Cruz Roja en Roma, cuenta que de todos los refugiados ucranianos que llegan a Italia -ya recibió más de 50 mil, según un recuento del Ministerio del Interior-, la mayoría son mujeres con hijos, como Natasha y Yana.
Madre e hija se están quedando con unos amigos de la familia hace más de tres semanas, como la mayoría de los refugiados que llegaron a Roma desde el 24 de febrero y durante las primeras semanas de invasión. Les agradecen muchísimo su hospitalidad en estos momentos, pero su patria las llama a cada momento. “Lloro todos los días”, dice Natasha.

Piensa todo el tiempo en su marido. Todo el día mira imágenes ineludibles en estos días de casas hechas trizas, ciudades atrincheradas y asediadas, hospitales que han sido bombardeados y mujeres embarazadas que corren por escaleras alejándose de los escombros agarrándose la panza. Soldados muertos. Hombres comunes y corrientes que se pusieron el fusil al hombro. Obligados o por orgullo. Sí, piensa todo el tiempo en su marido.
“Me pregunto cuál es el sentido de todo esto. Nosotras nos escapamos, pero nos vamos incompletas, atrás queda toda nuestra vida, nuestras cosas, nuestras madres, nuestros padres, nuestros esposos e hijos. Realmente, ¿cuál es el sentido?”.
Fotos: Franco Fafasuli
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