
El deterioro de las libertades bajo el gobierno de Putin y la tristeza por tener que abandonar el lugar en el que vivió durante un tercio de su vida llenan el último informe desde Moscú de Sarah Rainsford, la corresponsal de la BBC expulsada por el Kremlin por ser considerada una amenaza por la seguridad nacional.
“Me voy con las etiquetas ‘anti-rusa’ y ‘amenaza a la seguridad’ resonando en mis oídos. Pero estoy tratando de ahogar ese ruido”, escribe Rainsford en su nota publicada en el sitio de la BBC.
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“Desde que mi expulsión se hizo pública, personas casi desconocidas se disculparon conmigo por lo sucedido. Algunos incluso dicen que están avergonzados de su gobierno. Es la amabilidad y la calidez de esos rusos en lo que estoy pensando, mientras cae la lluvia y es casi la hora de irse. Quizás para siempre. Pero espero que no”.
Rainsford fue obligada a abandonar Rusia antes del 31 de agosto en represalia por la supuesta presión del Reino Unido sobre los medios rusos que operan en la isla. La medida del Kremlin supone la primera vez en años que se obliga a un periodista occidental a abandonar el país. Representa, además, una nueva escalada en la creciente tensión entre Rusia y Occidente por la libertad de prensa.
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En su último informe desde Moscú, Rainsford escribe que comenzó a tener las primeras sospechas de lo que le estaba por ocurrir en el año 2020, cuando el Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia comenzó a renovarle visados de corta duración, y sólo a último momento.

Sin embargo, si bien el Reino Unido y Rusia habían tenido roces diplomáticos anteriormente, Rainsford sugiere que la decisión definitiva sobre su expulsión se produjo a causa de una pregunta al presidente de Bielorrusia Alexander Lukashenko. En una rueda de prensa en Minsk, la periodista le preguntó al dictador, un estrecho aliado de Putin, si seguía siendo el líder legítimo de su país tras la tortura y el encarcelamiento de manifestantes pacíficos. Tras esa pregunta, Rainsford fue increpada en vivo por los partidarios del dictador, quienes la calificaron de “propagandista occidental”.
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“Esa noche, mientras editábamos el intercambio en nuestro informe, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia anunció nuevas sanciones contra el Reino Unido: un grupo de ciudadanos británicos no identificados fueron acusados de participar en ‘actividades antirrusas’”, recuerda Rainsford.
Así, de regreso a Rusia, le fue impedido ingresar al país. “La orden en mi contra procedía del poderoso FSB”, el Servicio Federal de Seguridad sucesor del KGB de época soviética, escribe la corresponsal.
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En ese momento, Rainsford fue obligada a firmar un formulario en el que reconocía estar infringiendo la ley si volvía a entrar en Rusia. Tras permanecer 12 horas en el aeropuerto, fue finalmente autorizada a ingresar al país, pero sólo para recoger sus cosas y abandonar Rusia para siempre.
“En un momento, me senté en un banco del aeropuerto roto y grabé mis sentimientos, llorando frente a la cámara”, recuerda Rainsford.
Rainsford, quien fue enviada a Rusia en el año 2000 y asumió su actual cargo en 2014, habló de su tristeza por tener que abandonar repentinamente el lugar donde vivió un tercio de su vida y había llegado por primera vez a los 18 años, en pleno derrumbe de la Unión Soviética. Fueron, recuerda, años de caos y dificultades para muchos rusos, pero también una época de “libertades nuevas y estimulantes”.
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Hasta que Vladimir Putin llegó al poder.
“Desde su elección hace 20 años, he estado informando desde Moscú, registrando la lenta erosión de esas libertades, la creciente represión de la disidencia mientras Putin maniobra para mantener el poder”, denuncia Rainsford.
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La represión, según Rainsford, aumentó en el último año, después del envenenamiento del líder opositor ruso Alexei Navalny, y antes de las elecciones parlamentarias de este septiembre.
Ahora, relata, cada vez más medios rusos son calificados como “agentes extranjeros”, y tienen que declarar su naturaleza de “enemigos del Estado” cada vez que publican una noticia. De lo contrario, se enfrentan a multas y juicios que amenazan con su supervivencia.
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“Nervioso después de las gigantescas protestas del año pasado en Bielorrusia por una votación amañada, el Kremlin parece decidido a acabar con las voces críticas aquí; con todo atisbo de competencia real”, escribe Rainsford. Y concluye: “Silenciar a la prensa libre es fundamental para eso”.
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