
“Tuve muchas amigas”, dice Rosemarie, “pero sólo se tiene una mejor amiga, y ésa era Kriemhild”. Y vaya si tenía razón...
La foto fue tomada el 16 de agosto de 1961, Rosemarie Badaczewski y Kriemhild Meyer estaban sobre el muro a medio construir, una de cada lado. Tenían 15 años. Rosemarie estaba en Treptow, en lo que entonces era Berlín Este, y Kriemhild en Neukölln, en la parte occidental de la ciudad.
“Vivíamos en Treptow, pero mi padre trabajaba en el Oeste y yo iba a una escuela en Neukölln. Mis padres me inscribieron allí porque no querían que aprendiera ruso”, recordó hace unos años Rosemarie Badaczewski.
La foto pasó a la historia gracias a que allí, en el lado occidental, estaba el fotógrafo Horst Siegmann, de la Landesbildstelle Berlin. Capturó con su cámara a las dos jóvenes dándose la mano sobre el primer tramo del Muro, un guardia fronterizo de la RDA las dejó pasar. Poco después de la construcción del Muro, la foto se imprimió en revistas y poco después apareció también en libros ilustrados y de historia como símbolo de la división de Berlín.
Pero ese encuentro, el 16 de agosto de 1961, no fue una coincidencia.
Durante años, diferentes generaciones han pasado delante de la foto en blanco y negro, y se han preguntado qué muestra. ¿Chismes de novias? ¿Una despedida? ¿Y por qué el guardia fronterizo del lado de la RDA sostiene una flor?
Estas preguntas no dieron tregua a Agathe Conradi, del Museo del Distrito de Treptow-Köpenick donde también se exhibía una copia. “La foto también ha estado en nuestro museo durante muchos años porque fue tomada en la frontera de lo que ahora es el distrito. Siempre quisimos saber quiénes eran las mujeres de la foto”, explica. Así que al acercarse el aniversario de la caída del Muro, lanzó un llamado público en una revista. La estrategia funcionó, porque a los pocos días se presentó una amiga de Rosemarie, que entonces se encontraba en la ciudad alemana de Gießen. Llegar a Kriemhild fue más difícil; vive en Suiza y usa el apellido de su marido.
Por estos días el guionista Jorge Corrales Gómez recordó la historia en un hilo de Twitter que se viralizó. Y, de manera atrapante publica el relato: “Fijense en sus caras. Miran sus expresiones. ¿Ven tristeza en sus caras? No. Lo que hay es otra cosa. Hay tensión, hay nervios, hay ansiedad”.
Y con un recorte del primerísimo primer plano de sus manos entrelazadas sobre el muro completa: “Kriemhild no estaba despidiéndose de su amiga del colegio. ¡LE ESTABA PASANDO UN PLAN DE FUGA!”.

Kriemhild, de hecho, contó que efectivamente era un mensaje lo que estaba dándole a su amiga, uno muy sensible.
“El padre de Rosemarie se había quedado en el Oeste el 13 de agosto. Llamó a nuestra casa y me pidió que avisara a su hija de que debía venir a Occidente con su madre. Como la familia de Treptow no tenía teléfono, quise intentar entregar este importante mensaje personalmente en el Muro”, explica Kriemhild.
El 19 de agosto, Rosmarie Badaczewski y su madre consiguieron escapar. Lo hicieron siguiendo el plan que el padre había ideado desde el oeste, esas directivas que Kriemhild logró darle a su amiga sobre el muro.
Desde su casa en Mengerzeile, cerca de la frontera, cruzaron por los patios de dos casas contiguas, entraron en un departamento de la calle Harzer Straße y allí saltaron del entrepiso a la acera, que ya pertenecía al distrito occidental de Neukölln. “Allí estaba una “Grüne Minna” (camioneta de la policía de Berlín Occidental). Los agentes ya nos estaban esperando, informados por mi padre”, cuenta Rosemarie. Pero cuando llegaron al ansiado punto de encuentro, algo les quitó el aliento: en el interior de la camioneta estaba sentado un guardia fronterizo de la RDA… Por suerte, al poco tiempo se dieron cuenta de que él también acababa de escapar.

¿Y el soldado con la flor? Badaczewski dice que el muro a medio terminar atravesaba un huerto. Al parecer, el hombre sólo quería recoger otra flor.
Después de la fuga, las chicas se despidieron brevemente y luego se perdieron de vista… hasta que el museo inició la búsqueda pública.
“Es sorprendente la cantidad de gente que sigue interesada en nuestra historia después de 60 años”, dice Kriemhild Meyer con alegría. La suiza por elección siempre ha vigilado desde la distancia su antiguo hogar, Berlín. “El 9 de noviembre de 1989, estaba cenando con mi marido en un restaurante. Allí se mostraron las imágenes de la caída del Muro en mi antigua ciudad natal. Se me llenaron los ojos de lágrimas y lloré como un cachorro”, recuerda.
58 años después de la foto, en 2019, se produjo el reencuentro. En la esquina de Harzer Straße y Mengerzeile sólo una placa metálica en el suelo recuerda que por allí pasaba el Muro. Fotógrafos y equipos de cámaras se agolparon en el lugar a ver el tan esperado momento en que Rosemarie y Kriemhild se volvieron a ver. Ellas se dan la mano, tal y como hicieron en 1961.

Se escucha clic, decenas de clics y, como ya sabemos, estas fotos también hicieron historia.

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