Acompañadas de una fuerte campaña mediática, las “Reformas Estructurales” que el gobierno de Enrique Peña Nieto promovió como el cambio que pondría a México en el camino del crecimiento y el progreso, se quedaron con ganas de ser y de convertirse en una realidad.
Era claro que el expresidente quería ser recordado por los cambios constitucionales que darían paso a las Reformas; por los acuerdos que, en su momento, dieron paso al “Pacto por México”, y que permitieron al Congreso aprobar las modificaciones a la Carta Magna, sin embargo, los resultados en seguridad, economía y empleo, dictaron otras circunstancias, completamente distintas a las que esperaba el también exgobernador del Estado de México.
“Mover a México” fue el eslogan; un replanteamiento en el modelo de desarrollo del país fue la intención; desvíos por millones y millones de pesos, fue el resultado.
Las Reformas, que pasaron por el sector energético, de telecomunicaciones y educativo, aprobadas en el primer tercio del periodo, cristalizaron lo que en la prensa extranjera se conoció como “Mexican Moment”. Derribando barreras, incluso ideológicas, para abrir mercados como el del petróleo, que desde Lázaro Cárdenas se mantenía cerrado a “piedra y lodo”.
No era la primera vez que se intentaban cambios de ese calibre, así lo habían querido Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, pero la fragmentación del poder Legislativo lo había hecho imposible e impensable. Por ello, el Pacto por México, anunciado apenas en el segundo día de gobierno de Enrique Peña Nieto fue calificado como “hecho histórico”, pues contaba con el apoyo de los tres partidos políticos principales: PRI, PAN y PRD, ocasionando el alejamiento de este último con Andrés Manuel López Obrador, quien se concentró en consolidar su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), manteniéndolo fuera de la influencia sobre los legisladores y evitando así ser un obstáculo para la aprobación de las reformas como en sexenios anteriores.

La reforma energética, la manzana de la discordia
La Reforma Energética, el cambio constitucional aprobado a fines de 2013, con la notable inclusión de la apertura a la inversión extranjera y la anulación del monopolio de Petróleos Mexicanos; así como las leyes secundarias aprobadas al año siguiente permitieron lo que era impensable hasta hace muy pocos años: que el petróleo del estado mexicano pudiera ser buscado, explotado y trasformado por empresas particulares, incluyendo extranjeras, provocaron que el PRD rompiera el pacto y evitara que, en el resto del sexenio, se aprobara cualquier otro cambio sustancial en las políticas.
La medida, aunque prometedora y una solución para el fin de “la gallina de los huevos de oro”, que tanto mencionara Enrique Peña Nieto; propulsó la carrera de Andrés Manuel López Obrador quien tomó la recuperación los hidrocarburos, inexistentes ya, como una de las banderas de su campaña presidencial.
Lo que sucedió con las reformas estructurales
La reforma educativa solo tuvo un impacto inmediato, pues no superó las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que se negaron a ser evaluados; y fue interrumpida por el sismo que afectó seriamente a la SEP y el cambio de gobierno que olvidó la autonomía curricular en los planes educativos.
Por su parte, la reforma energética, mal comunicada a la ciudadanía, no sobrevivió a los “gasolinazos” que, aunque tuvieron su razón de ser en factores externos como la depreciación del peso, el aumento en los precios internacionales del petróleo, y la renegociación del Tratado de Libre Comercio, fue el “chivo expiatorio” de la ciudadanía y la culpable para el entonces candidato López Obrador quien, al llegar a la presidencia, canceló todas las Rondas de licitación y evitó que se hicieran más acuerdos con entidades privadas, devolviendo a Pemex el monopolio de la exploración y extracción de crudo, aunque esto ha significado una caída en la producción petrolera del país.
En el 2012, al inicio del sexenio de Peña, México se encontraba en el lugar 105 de 174 en el Índice de Percepción de la Corrupción, elaborado por Transparencia Internacional, sin embargo, el combate contra esta práctica nunca estuvo presente entre las prioridades del esa administración. Para 2017, el país ocupaba la posición 135 de 180. Así, cerró la estrategia ganadora del ahora presidente mexicano, quien prometió acabar con la corrupción “como se barren las escaleras”, de arriba para abajo.
A pesar de todo, el sexenio peñista registró un crecimiento económico bajo, pero sin recesión; la primera vez que ello ocurre desde finales de la década de los 80, cuando gobernó Carlos Salinas de Gortari, además de generar una una notable estabilidad macroeconómica, sobre todo en materia de cuentas externas e inflación.
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