
La preservación excepcionalmente buena de un ano junto a la piel escamosa en un fósil de reptil de casi 300 millones de años ha sorprendido a la comunidad científica. El hallazgo, liderado por el Dr. Lorenzo Marchetti y su equipo del Museo de Historia Natural de Berlín, constituye el registro más antiguo conocido de este tipo de estructuras en reptiles terrestres, según detalló la institución tras la publicación de la investigación en la revista Current Biology.
El fósil, identificado como Cabarzichnus pulchrus, procede de la Formación Goldlauter en la Cuenca Forestal de Turingia, en el centro de Alemania. Investigadores lograron determinar que su antigüedad es de entre 295 y 298 millones de años gracias a la datación radiométrica de capas de ceniza volcánica, lo que sitúa el espécimen en el Pérmico temprano. El yacimiento comprende la cantera de Cabarz y la zona cercana a Floh-Seligenthal, puntos clave para entender el entorno de la región en esa época, según especificó el museo berlinés.

La singularidad de este hallazgo radica en la asombrosa conservación de los tejidos blandos del animal. Como expuso el Dr. Marchetti en un comunicado difundido por el Museo, “estas estructuras de tejido blando son extremadamente raras en el registro fósil, y cuanto más retrocedemos en la historia de la Tierra, más excepcionales se vuelven”. El equipo destacó que la presencia bien definida de la abertura cloacal incrementa el valor científico del fósil, pues estas partes raramente perduran millones de años.
El estudio, difundido en Current Biology, enfatiza que la mayoría de los vertebrados terrestres —excepto los mamíferos placentarios— poseen una cloaca, abertura que sirve tanto para la excreción como para la reproducción. La impresión fósil revela una hendidura ubicada en la base de la cola y rodeada por escamas modificadas, cuya disposición se asemeja a la que presentan en la actualidad reptiles como lagartos, serpientes y tortugas, y difiere de la observada en cocodrilos y dinosaurios.

A nivel anatómico, los investigadores describieron escamas epidérmicas distribuidas por el tronco, la cabeza, las extremidades y la cola de C. pulchrus, con formas que incluyen romboides, hexagonales y puntiagudas. Según informó Science Alert, estas escamas, similares a las de los reptiles actuales y compuestas de queratina, se diferencian de las tradicionales placas óseas dérmicas de grupos fósiles más antiguos. El cuerpo del animal, de cerca de nueve centímetros de largo, muestra una estructura cutánea bien definida y hasta ahora inédita en registros tan antiguos.
El impacto evolutivo del fósil se manifiesta en la confirmación de teorías sobre la aparición temprana del ano en amniotas primitivos, grupo del que descienden los reptiles modernos. Según el análisis en Current Biology, la diferenciación de escamas epidérmicas ya estaba presente en el Asseliano, fase inicial del Pérmico, lo que indica que esta adaptación resultó determinante para la diversificación y éxito evolutivo de los reptiles antes del auge de ambientes áridos.

El equipo dirigido por Marchetti subraya que el trabajo, enmarcado en el proyecto BROMACKER con financiación alemana, refuerza el valor de los fósiles traza en la reconstrucción evolutiva de los vertebrados terrestres.
En el comunicado, el museo resalta que estos “vestigios fósiles son mucho más que simples huellas”, pues proporcionan datos anatómicos esenciales —a menudo inaccesibles en restos óseos— que resultan decisivos para comprender la evolución de la piel, la función reproductiva y otras características fundamentales de los reptiles terrestres.
Cada nuevo vestigio bien conservado de estos reptiles del pasado aporta detalles inéditos sobre su existencia, lo que permite a la ciencia reconstruir la historia evolutiva profunda de la vida en la Tierra desde una perspectiva única.
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