Las tarántulas, como otros arácnidos, enfrentan la posibilidad de perder una o varias patas a lo largo de su vida, ya sea por accidentes o dificultades durante la muda. Sin embargo, esta pérdida, aunque aparentemente limitante, activa procesos de adaptación locomotora altamente eficaces.
Mientras las arañas jóvenes pueden regenerar una extremidad en cuestión de semanas, el desafío inmediato de moverse con menos patas implica un fascinante repertorio de respuestas conductuales y biomecánicas.
Por ejemplo, la flexibilidad con la que la tarántula guatemalteca (Davus pentaloris) enfrenta estas situaciones revela que la pérdida de una o dos patas no necesariamente significa una drástica merma de sus capacidades motrices. Al contrario, el animal ajusta su técnica de carrera, alternando entre diferentes patrones de marcha y priorizando la funcionalidad de las extremidades que le restan.
En el caso de la Davus pentaloris, este proceso de adaptación no se limita a “reaprender a correr”; el animal incorpora activamente estilos locomotores distintos según la situación, siendo capaz de mantener velocidades comparables a las que tenía antes de la amputación. Este comportamiento evidencia la resiliencia del arácnido, pero también su capacidad de alternancia motora, lo que le brinda una ventaja considerable para sobrevivir hasta que regenera completamente sus patas.
Metodología y desarrollo del estudio experimental

En el estudio publicado en la revista Journal of Experimental Biology, las biólogas Tonia Hsieh, Brooke Quinn y Sarah Xi, de la Universidad de Temple en Filadelfia, adhirieron las patas delanteras derecha e izquierda de algunas crías de araña a una tarjeta. Esperaron a que las tarántulas jóvenes las desprendieran. Una vez que las crías se desprendieron, los investigadores filmaron a los animales desde arriba, capturando cada detalle de su movimiento de pies mientras se alejaban corriendo.
Posteriormente, se filmó el desplazamiento de las tarántulas jóvenes en una plataforma especial desde una perspectiva superior, permitiendo capturar con nitidez el movimiento de sus patas mientras huían tras la amputación.
El registro no se limitó a un solo episodio: una vez que las tarántulas regeneraron las extremidades perdidas, los investigadores volvieron a filmarlas en las mismas condiciones, y promovieron una segunda autotomía para analizar cómo evolucionaban sus respuestas tras volver a enfrentar la pérdida de patas.
El análisis posterior fue exhaustivo. Se recopilaron más de 43.000 fotogramas y se documentaron más de 800 pasos individuales. Para decodificar y analizar la compleja información de los movimientos, el equipo incorporó a expertos en física y matemáticas, quienes emplearon algoritmos y técnicas de análisis cinemático avanzadas.
Velocidad y patrones de movimiento: la adaptación de tarántulas con extremidades amputadas

Uno de los resultados más llamativos del estudio fue la sorprendente capacidad de las tarántulas para mantener su velocidad habitual inmediatamente después de sufrir la pérdida de extremidades.
Tanto en la primera como en la segunda amputación, los animales mostraron una rápida recuperación de su ritmo, sin evidencias de un retraso prolongado ni disminución significativa en su capacidad de locomoción. Estas observaciones contradicen la idea de que la reducción del número de patas impone una desventaja sustancial, al menos en el corto plazo.
Además de la conservación de la velocidad, el equipo documentó alteraciones en la extensión de los movimientos y la postura durante el desplazamiento. Las tarántulas amputadas presentaron un mayor alcance en la extensión de las patas que les quedaban, una torsión corporal más marcada hacia un lado y un incremento en el zigzagueo de la trayectoria. Estos cambios les permitieron compensar la falta de apoyo y mantener un avance efectivo sobre el terreno.
Además, el estudio evidenció que las tarántulas amputadas alternaban libremente entre estilos de marcha conocidos y otros menos predecibles. Por lo general, con ocho patas, alterna apoyos de cuatro patas (primera y tercera de un lado, segunda y cuarta del otro), manteniendo siempre la estabilidad y el equilibrio.
Sin embargo, al quedar con solo seis patas, se esperaba que el animal optara por alternar entre cuatro y dos patas en contacto con el suelo (lo que equivaldría a un tipo de cojera), o bien utilizara patrones similares a los de insectos como las hormigas, basados en trípodes (tres patas).

En la práctica, las tarántulas no se limitaron a un único patrón, sino que adoptaron ambos de forma flexible, e incluso improvisaron alternativas no descritas previamente: a veces mantenían una sola pata en el suelo, en otras ocasiones alzaban la cuarta antes de tiempo, dejando únicamente tres apoyos. Esta versatilidad no solo les permite adaptarse rápidamente a una nueva configuración corporal, sino también preservar su agilidad y capacidad de escape ante amenazas.
Preferencia funcional: las patas traseras claves en la locomoción adaptada
Un hallazgo adicional del equipo de investigación fue la preferencia que las tarántulas muestran por sus patas traseras cuando se ven limitadas a seis extremidades. Estas patas, destinadas principalmente a la propulsión, se mantuvieron en contacto con el suelo por periodos mucho más prolongados que el resto, desempeñando así un papel central en la tracción y la estabilidad del desplazamiento.
Esta preferencia funcional evidencia que, frente a la adversidad, los arácnidos no solo ajustan sus patrones locomotores, sino que reestructuran la función de cada grupo de patas para maximizar su eficiencia bajo condiciones adversas.
El estudio concluye que las tarántulas, al perder extremidades, no se resignan a “cojear”, sino que demuestran una plasticidad excepcional: alternan, innovan y explotan al máximo el potencial de sus patas restantes para seguir moviéndose a toda velocidad.
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