
Un nuevo hallazgo geológico modificó de forma significativa la comprensión sobre el origen del océano Atlántico y su influencia en el clima global. Un equipo internacional de científicos, encabezado por Débora Duarte y Uisdean Nicholson, descubrió formaciones submarinas gigantescas ocultas bajo el lecho del océano Atlántico que permiten situar su origen hace unos 117 millones de años, unos cuantos millones antes de lo que la comunidad científica estimaba hasta ahora.
“Este cambio en la cronología no es menor: tiene implicaciones cruciales para entender la evolución de las corrientes oceánicas y el cambio climático del planeta”, afirmaron desde National Geographic. El estudio fue publicado en ScienceDirect.
Ondas fósiles de barro que revelan un cambio de era
Los investigadores, mediante tecnología de sísmica de alta resolución y perforaciones marinas, identificaron ondas de sedimento de hasta 5,7 kilómetros de longitud y hasta 400 metros de altura, originadas por potentes flujos de agua salada y densa. Estas estructuras, que yacen a un kilómetro bajo el fondo marino, corresponden al primer intercambio de masas de agua entre cuencas emergentes durante el Cretácico.

La morfología asimétrica de estas formaciones indica que fueron generadas por corrientes intensas, posiblemente alimentadas por contrastes de salinidad, profundidad y temperatura. Se desplazaban cuesta arriba, un fenómeno que los científicos asocian con mecanismos similares a los “saltos hidráulicos” que se observan en dinámica de fluidos. Con el paso del tiempo, estas ondas dieron lugar a depósitos más estables llamados “contouritas”, asociados a corrientes menos violentas pero más duraderas. “La morfología de estas ondas fosilizadas es clave para entender los procesos submarinos de hace millones de años”, resaltaron en la publicación.
El Equatorial Atlantic Gateway: una puerta oceánica clave
El proceso descrito dio lugar a la formación del Equatorial Atlantic Gateway (EAG), un canal marino que surgió con la separación entre Sudamérica y África. Este paso oceánico fue relevante para redefinir la disposición de los continentes, inaugurando una nueva era de circulación global de las aguas. Su apertura progresiva permitió conectar por primera vez las cuencas ecuatoriales con el océano abierto.
Hasta la fecha, se consideraba que el EAG comenzó a abrirse entre los 113 y 83 millones de años atrás. No obstante, los nuevos datos retrotraen ese inicio hasta hace 117 millones de años. Este cambio adelanta notablemente la influencia climática de este fenómeno, ya que “las consecuencias sobre el sistema climático global comenzaron antes de lo que se pensaba”.
Impactos climáticos: del calentamiento al enfriamiento global

La alteración de la conectividad marina provocó una transformación radical en el ciclo del carbono. Las cuencas internas, que hasta entonces funcionaban como sumideros altamente eficientes debido a sus condiciones anóxicas, comenzaron a recibir agua oxigenada y menos densa desde el océano abierto. Esto redujo el enterramiento de carbono, liberando más CO₂ a la atmósfera y causando un episodio de calentamiento global entre los 117 y 110 millones de años atrás, justo después de una fase prolongada de enfriamiento.
Más adelante, al profundizarse el canal atlántico y consolidarse la circulación termohalina entre el Atlántico sur y central, se mejoró la oxigenación de los océanos. Este proceso contribuyó a detener la formación de las llamadas “pizarras negras” —sedimentos ricos en carbono orgánico— y marcó el inicio de una tendencia de enfriamiento global durante el Cretácico Superior.
Lecciones geológicas para un mundo en crisis climática
Los autores del estudio subrayan la relevancia de mirar hacia el pasado para anticipar escenarios futuros. “La historia geológica muestra que incluso cambios lentos pueden desencadenar transformaciones profundas en el sistema climático global”. Hoy, las corrientes oceánicas siguen siendo reguladoras térmicas del planeta, y alteraciones como el deshielo acelerado de los polos podrían tener consecuencias globales de gran alcance.
Además, la metodología aplicada en esta investigación —que combina sísmica de alta resolución, análisis de microfósiles y modelado tectónico— demuestra cómo la ciencia puede reconstruir con un detalle sin precedentes los grandes episodios que marcaron la evolución del planeta.
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