
Durante siglos, las auroras boreales avivaron la imaginación de quienes las contemplan, proyectando en el cielo nocturno un fenómeno tan fugaz como hipnótico. Pero en estos días, esa danza de luces que normalmente pertenece al Ártico se está haciendo visible mucho más al sur de lo habitual.
Una reciente serie de eyecciones de masa coronal (CMEs) emergidas del Sol desencadenó espectáculos de luces en lugares tan inesperados como Iowa y Nueva York. El evento alcanzó su punto máximo poco después de su origen, coincidiendo con el máximo solar de un ciclo que explica por qué estos avistamientos se volvieron más frecuentes, incluso en latitudes inusuales.
¿Qué son las auroras boreales y australes?
Las auroras —boreal en el hemisferio norte y austral en el sur— son resultado directo de una coreografía celeste entre el viento solar y la atmósfera terrestre. Esta interacción ocurre cuando partículas cargadas (iones) provenientes del Sol viajan a gran velocidad y chocan contra el campo magnético de la Tierra. Esta colisión desvía las partículas hacia los polos, donde algunas quedan atrapadas en la ionosfera, una capa superior de la atmósfera.
Allí, las partículas cargadas interactúan con gases como el oxígeno y el nitrógeno, y al colisionar, excitan a los átomos con energía extra. Estos, al regresar a su estado normal, liberan esa energía en forma de fotones: partículas de luz. El efecto visible de esta liberación son las cortinas ondulantes de colores que se mueven por el cielo.

Los colores del cielo: qué significan
Cada color observado en una aurora depende del tipo de gas con el que colisionan las partículas solares y de la altitud a la que se produce la colisión.
El verde, el color más común, proviene del oxígeno a entre 100 y 240 kilómetros de altitud, donde los átomos emiten fotones en menos de un segundo. En cambio, el rojo proviene también del oxígeno, pero a altitudes superiores a 240 kilómetros, donde el proceso de emisión tarda hasta dos minutos; si hay otra colisión en ese tiempo, el color puede no manifestarse.
El azul y el violeta son generados por el nitrógeno molecular y suelen verse en las capas más densas y bajas de la atmósfera, a menos de 100 kilómetros.
De este modo, los colores de una aurora no solo ofrecen un espectáculo visual, sino también una lectura indirecta de los niveles de la atmósfera donde está ocurriendo la actividad.
Dónde ver auroras: el mapa celeste de la Tierra
Aunque se registraron auroras en todos los planetas del sistema solar —excepto en Mercurio—, en la Tierra existen regiones especialmente privilegiadas. Las más indicadas se encuentran dentro de la llamada “zona auroral”, una franja comprendida entre los 60° y 75° de latitud, tanto norte como sur.
Entre los mejores puntos de observación del hemisferio norte, se destacan Fairbanks (Alaska), Tromsø (Noruega) y Churchill (Canadá). En el hemisferio sur, las condiciones ideales suelen encontrarse en Tasmania, el sur de Nueva Zelanda y la Antártida. Además de la ubicación geográfica, se requiere un cielo despejado y libre de contaminación lumínica para que la experiencia sea completa.
Cuándo ocurren y cómo anticiparlas
El Sol rota sobre su eje cada 27 días, por lo que un manchón solar capaz de provocar auroras visibles volverá a “mirar” hacia la Tierra tras ese período. Esta rotación permite prever la recurrencia de ciertos eventos aurorales si se conoce su origen en la superficie solar.

Además, la actividad solar sigue un ciclo de 11 años que alterna entre fases mínimas y máximas. Durante los máximos solares, como el que atraviesa actualmente el Sol desde 2019 hasta su pico en 2025, se incrementa la cantidad de tormentas solares, lo que favorece la visibilidad de auroras en regiones alejadas de los polos.
Este aumento de actividad explica la expansión temporal de la zona auroral hacia regiones como el sur de Inglaterra, Florida o incluso la península ibérica.
Por qué se ven más seguido en lugares inusuales
Lo que antes era una rareza, ahora se volvió un evento más frecuente en muchas partes del mundo. Durante el actual máximo solar, las grandes tormentas solares envían tal cantidad de partículas hacia la atmósfera terrestre que amplían la franja donde pueden ocurrir auroras.
Así, regiones ubicadas fuera de las zonas aurorales tradicionales vivieron avistamientos sorprendentes. A comienzos de 2023, por ejemplo, se observaron auroras tan al sur como Arizona o Inglaterra.
Este fenómeno no solo produce un espectáculo visual inusual, sino que también puede alterar infraestructuras tecnológicas. Las mismas tormentas que intensifican las auroras también afectan a redes eléctricas, sistemas GPS e incluso la navegación de especies marinas como las ballenas.
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