
Desde la antigüedad, las sociedades miraron al cielo en busca de respuestas. Las estrellas, la Luna y el Sol sirvieron como referencia para medir el tiempo, organizar ciclos agrícolas e interpretar el mundo.
Sin embargo, en la civilización babilónica, el estudio del firmamento fue más allá de la observación casual: se convirtió en un sistema de registro y predicción que sentó las bases de la astronomía científica.
Los babilonios, que habitaron la región que hoy es Irak entre hace 4000 y 2500 años, fueron pioneros en el análisis detallado de los movimientos celestes.

Sus escribas, los guardianes del conocimiento, además de haber documentado los patrones del cielo, también desarrollaron métodos matemáticos para anticipar fenómenos astronómicos.
Su influencia más cotidiana está en la forma en que medimos el tiempo. Los babilonios usaban un sistema sexagesimal, basado en el número 60, en lugar del decimal que utilizamos para la mayoría de los cálculos. Gracias a ellos, hoy una hora tiene 60 minutos y un minuto tiene 60 segundos.
Un legado astronómico milenario
A diferencia de otras civilizaciones que veían los astros como dioses o entidades espirituales, los babilonios comenzaron a analizarlos de manera sistemática.
Observaron que las estrellas mantenían posiciones fijas entre sí, formando constelaciones que seguían ciclos anuales, mientras que los planetas se desplazaban de manera más errática. También registraron eclipses, cambios en la luminosidad de la Luna y el desplazamiento del Sol a lo largo del año.
Estos estudios fueron fundamentales en la vida cotidiana babilónica. La medición del tiempo dependía del cielo: un mes correspondía a un ciclo lunar y un año al recorrido del Sol, según un artículo de The Conversation.

Pero su interés iba más allá de la utilidad práctica. Creían que los cambios en los astros podían anunciar eventos en la Tierra, desde cosechas prósperas hasta crisis políticas o desastres naturales.
El registro meticuloso del cielo
Los escribas babilónicos llevaron su observación a un nivel sin precedentes. Documentaron sus hallazgos en textos clave como el MUL.APIN (significa “Estrella del Arado”).
Esta especie de libro era una compilación de conocimientos astronómicos que incluía listas de estrellas, la salida y puesta de los astros en diferentes épocas del año y los movimientos de la Luna y los planetas.
Más tarde, comenzaron a escribir los Diarios Astronómicos, registros detallados que cubrieron más de 700 años. En estos documentos anotaban con precisión la posición de la Luna y los planetas, junto con acontecimientos terrestres como precios del grano, fenómenos climáticos y sucesos políticos.

Su objetivo era encontrar patrones entre el cielo y la Tierra, en un intento de prever el futuro a partir de la observación astronómica, indicó The Conversation.
El desarrollo de la predicción astronómica
Uno de los avances más importantes de los babilonios fue la creación de un sistema para predecir eventos celestes. Descubrieron que ciertos fenómenos seguían ciclos repetitivos, lo que les permitió calcular con precisión cuándo volverían a ocurrir.
Identificaron lo que llamaban años-meta, el tiempo que tardaba un planeta en regresar a la misma posición en el cielo. Por ejemplo, determinaron que Venus repetía su trayectoria cada ocho años.
Con estos cálculos, lograron desarrollar las efemérides, tablas que indicaban la fecha exacta de fenómenos astronómicos futuros.

Este método de predicción fue un hito en la historia de la ciencia, ya que no se basaba en interpretaciones religiosas ni en mitología, sino en datos empíricos y fórmulas matemáticas.
El conocimiento astronómico babilónico no quedó en el pasado. Los astrónomos griegos utilizaron sus registros para crear modelos geométricos del movimiento planetario.
Sus cálculos fueron los precursores de las tablas astronómicas que se siguieron usando durante siglos, y que en la actualidad continúan en recursos como la tabla de eclipses de la NASA.
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