
Las estelas blancas que aparecen tras el paso de un avión, conocidas como contrails o “estelas de condensación”, se forman al mezclarse el aire caliente y húmedo expulsado por los motores con el aire frío y seco de la atmósfera a grandes alturas. Este contraste de temperaturas causa que el vapor de agua se condense y se congele, creando cristales de hielo que se observan como largas líneas blancas. Su aspecto recuerda a un aliento visible en un día frío, pero a gran escala.
Estas estelas son un fenómeno común a altitudes elevadas, específicamente entre los 10.000 y 13.000 metros, donde la temperatura y la humedad desempeñan un papel esencial en su formación y duración.
En la atmósfera, los contrails se forman en zonas con bajas temperaturas y niveles específicos de humedad. Sí el aire es muy seco, las estelas tienden a desaparecer rápidamente. Sin embargo, cuando hay una mayor humedad en la atmósfera, pueden persistir durante horas, extendiéndose y expandiéndose hasta alcanzar varios kilómetros de ancho y cientos de metros de altura.
La forma en la que se distribuyen en el cielo a menudo sigue patrones definidos, creando una especie de cuadrícula debido a las rutas establecidas para el tráfico aéreo, lo que contribuye a la apariencia única de estas líneas blancas que cruzan el cielo. Al no observarse siempre, se evidencia que su formación depende de condiciones atmosféricas muy específicas.
No existe evidencia científica que indique que los contrails representan un riesgo para la salud humana. A pesar de ello, la teoría conspirativa de los “chemtrails” sugiere que estas estelas contienen sustancias químicas peligrosas dispersadas deliberadamente. Expertos en la materia, como Steven Barrett del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y David Keith de la Universidad de Harvard, han demostrado que no hay base científica para dicha teoría. La composición de estas estelas se limita, principalmente, a vapor de agua, además de contener pequeñas cantidades de hollín y partículas metálicas derivadas de la combustión del combustible de aviación.

En cuanto al medio ambiente, las estelas de condensación tienen un impacto en el balance térmico de la Tierra. Actuando como nubes de cirros artificiales, contribuyen a la regulación de la temperatura al atrapar parte del calor que la superficie terrestre emite por la noche, lo que se conoce como efecto invernadero. No obstante, también pueden reflejar parte de la radiación solar hacia el espacio, generando un efecto de enfriamiento durante el día. Las estelas que persisten durante largos periodos, especialmente aquellas que se forman durante la noche, tienen mayor influencia en el calentamiento atmosférico al impedir que la Tierra se enfríe de manera natural. Según la NASA y el Centro Aeroespacial Alemán (DLR), el uso de combustibles sostenibles en la aviación puede reducir la formación de estelas hasta en un 70%, una medida que se está estudiando como una posible mitigación del impacto ambiental de la aviación.
Diferentes tipos de contrails pueden formarse según las condiciones atmosféricas y el tipo de avión. Están los contrails de corta duración, que se disipan rápidamente y duran solo unos minutos antes de desaparecer; los contrails persistentes no dispersos, que permanecen visibles durante largos periodos aunque el avión que los generó ya no esté a la vista; y los contrails persistentes dispersos, que tienden a expandirse debido a la turbulencia o a otras condiciones climáticas, y pueden parecerse a nubes de cirros naturales con el paso del tiempo.

Aunque las estelas de condensación no se consideran peligrosas de forma directa para los seres humanos, el papel de la aviación en el cambio climático es un tema de creciente interés. Más allá de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), las propias estelas contribuyen al calentamiento global debido a su capacidad de atrapar el calor. Un estudio de 2011 mostró que el impacto de las estelas podría superar incluso a las emisiones de CO2 producidas por los aviones desde los comienzos de la aviación. Si el tráfico aéreo continúa aumentando, se estima que el efecto de las estelas en el calentamiento atmosférico podría triplicarse para el año 2050, lo que subraya la necesidad de seguir investigando y aplicando medidas para minimizar su efecto.
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