
Primero fue uno. Al día siguiente, diez más. El contacto representa algo tan inesperado como mágico. Es que los integrantes de una de las tribus más aisladas del mundo -conocidos como los “enojados” y situada en el Amazonas brasileño- hicieron contacto por primera vez con otra comunidad indígena y no se produjo ningún tipo de disputa o enfrentamiento.
Todo sucedió hace una semana, cuando uno de los miembros de este clan remoto se acercó en soledad a Terra Nova, una aldea cercana al municipio Feijó, en el estado de Acre, donde viven los Kulina Madiha, una comunidad ancestral, también, en medio de la selva amazónica, aunque no aislados, en el límite con Perú. Estos originarios, a diferencia de los otros, sí tienen relación mínima con otros pueblos y con la sociedad blanca.
Allí, el sorpresivo visitante -solo, desnudo, sin armas y saliendo del río Humaitá- balbuceó unas palabras en su lengua, extraña para sus anfitriones. Luego de unas horas, resolvieron que el visitante se quedara con ellos a pasar la noche. No era agresivo, más bien curioso con sus lejanos vecinos: su comunidad está a cuatro horas de recorrido por aquel río.
Esa noche, el ilustre huésped recibió el mejor trato. Hasta durmió en la casa de uno de ellos. Cazuza Kulina, el cacique de los Kulina Madiha, relató la visita a la periodista Janine Brasil, de la red de noticias OGlobo. “Le dimos ropa, mantas, utensilios, mandioca, banana, durmió en casa de mi yerno. Se llevó todo y se fue, ni siquiera lo vimos irse”, explicó el jefe local a la reportera oriunda de Acre.
“Son los indios ’enojados’, entendemos un poco su jerga indígena, son parientes, vienen por el río en grupos y vuelven a su aldea”, dijo Cazuza en su encuentro con el medio brasileño. El jefe local apenas entiende y habla el portugués, pero en ese breve intercambio pudo explicar lo que había ocurrido hace poco más de siete días para sorpresa de todos, e incluso para la Fundação Nacional do Índio (Funai).
El organismo estatal informó mediante un breve comunicado que el insólito caso está siendo investigado por su equipo de antropólogos. En este momento, se cuenta con un equipo para calificar la información. Cabe señalar que Funai ha actuado para evitar cualquier riesgo de contagio a estas poblaciones. Funai aclaró que tomó los recaudos para que estas comunidades no padezcan ningún tipo de enfermedades contagiosas.
Pero al día siguiente del primer contacto -y de que el visitante se fuera sin dejar rastros- algo más extraño ocurrió. Un grupo de diez indígenas “enojados” retornó a la aldea de los Kulina Madiha. Estaban desnudos, y llegaron como lo había hecho el de avanzada: en canoas. Fueron pacíficos.
“Eran mujeres, niños y hombres adultos, luego volvieron río abajo hasta su aldea. Está a más de cuatro horas de aquí, donde viven en aislamiento, pero son buenos parientes, no nos tocan“, dijo Cazuza. A las pocas horas volvieron por el río a su propio refugio. Como es lógico, no hay registro fotográfico del encuentro.
José Augusto Brandão, jefe de Coordinación Técnica de Funai, explicó qué fue lo que ocurrió una vez que consiguió ensamblar las piezas de la fascinante historia. “Uno de los indígenas (kulinas) fue a pescar y se encontró con un grupo de al menos 10 personas (de los ’enojados’). Se acercaron y uno de ellos se dirigió a la aldea. Esto ocurrió cerca de la antigua granja de California. Los otros ’enojados’ se fueron. Los kulinas llegaron para tener contacto con él. El aislado pasó un día allí, le entregaron pescado, un hacha, utensilios de la casa, y cuando amaneció ya se había ido“. Al día siguiente, apareció el resto del contingente.
Respecto al cuidado que se tiene con esas comunidades en plena pandemia por coronavirus, Brandão explicó que la fundación se encarga de llevar alimentos y todo tipo de productos necesarios para evitar que ellos se acerquen a la ciudad y puedan ser contagiados. Es por eso, cree, que no deberían estar expuestos a la COVID-19.
Carlos Travassos, ex miembro de Funai, habló con el diario El País y explicó la relación que tienen ambas comunidades. “Esos pueblos tienen una relación de vecindad, se ven en la selva, o (los ’enojados’) se aproximan a la aldea, observan con curiosidad y a veces cogen alguna herramienta, ropas, una cuerda, un machete…”.
De acuerdo con Funai, hay unas 113 tribu aisladas viviendo en el Amazonas brasileño que no mantienen ningún tipo de contacto con la sociedad. De igual forma, hay unos 15 grupos en Perú y otros en Colombia y Ecuador.
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