Marc Fraile Baudy, Luciana Aversa y Victoria Coronas
Madrid/Ibiza/Málaga (España), 5 ago (EFE).- Alquileres que consumen hasta el 80 % de los ingresos familiares y habitaciones por las que se pagan hasta 1.200 euros: el alto precio de la vivienda lleva a muchas personas en España, en mayor medida a migrantes, a recurrir a comedores sociales para poder comer todos los días o garantizar una alimentación variada a sus hijos.
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"El 80 % de los ingresos es sólo para pagar el alquiler", explica a EFE Vanessa, una migrante ecuatoriana que pide ser identificada solo con ese nombre. Tras vivir con su marido y sus hijos en una habitación, acaba de alquilar un piso en una ciudad próxima a Madrid, pero a pesar de la alegría que supone poder vivir en una casa -"En la habitación, nuestros hijos se sentían encerrados"-, confiesa que están muy nerviosos porque no saben qué coste tendrán los suministros ahora.
Una realidad parecida vive la colombiana Miriam Mora, que lleva dos años en España. "Si hubiera sabido que en Ibiza el tema de la vivienda era así de complicado, no me hubiera venido, porque realmente acá eso es una locura. No se consigue y si se consigue es costosísima. Te piden por una habitación 800, 1.000, 1.200 euros...", relata.
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Ellas son dos de las 615.000 personas en España que acuden a comedores de Cáritas "ante la losa que supone en los hogares los excesivos gastos en vivienda", según la memoria anual 2025 de la organización, que revela que de ellos, el 57 % eran migrantes.
Según Cáritas, el 12 % de los hogares españoles están afectados por la inseguridad alimentaria y la principal pregunta es si después de los gastos del alquiler les quedará lo suficiente para comprar alimentos y productos de primera necesidad.
Vanessa llegó con su marido y sus hijos y han vivido hasta ahora todos juntos en una habitación. Al llegar, tuvieron que pasar tres semanas en un hotel porque nadie quería alquilarles una habitación porque tenían niños pequeños.
Al consumir todos sus ahorros, no les quedó otra alternativa que acudir a comedores sociales y supermercados solidarios, porque su objetivo es que sus hijos no tengan que padecer la falta de alimentos: "Si no había trabajo, si sus padres no estaban bien, sabíamos que aquí todos los días iban a tener comida nutritiva y caliente".
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"Hacemos el desayuno en casa y venimos por la comida y luego guardamos una parte para la cena o ya nos toca a nosotros comprar la cena", relata.
Ryan Antúnez, un peruano de 27 años que vive en una ciudad próxima a Madrid, también acude al comedor de Cáritas para recoger la comida y con lo que consigue trata de hacer dos comidas al día, una por la mañana y otra por la tarde. "Ya en la noche, algo ligero o nada, agua o un refresco", añade.
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También usuaria de estos comedores, Eliana, una venezolana radicada en Málaga (sur), lucha por poderse mantener por sus propios medios, pero admite que la dificultad para lograr una vivienda se lo pone "difícil".
Es el caso de Karen y Roger, dos paraguayos que apenas llevan siete meses en Málaga. Antes pagaban 490 euros por un piso con cuatro habitaciones en Murcia y ahora abonan lo mismo por un solo dormitorio en la capital de la Costa del Sol, lo que les supone "casi el 80 por ciento" de lo que ingresan cada mes.
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La ecuatoriana Narcisa Torres Anguisaca también recurre al reparto de alimentos de Cáritas. Llegó hace cuatro meses en España y alquila una habitación por 500 euros junto a su pareja en una casa que “no está en buenas condiciones”, por lo que buscan otra vivienda, pero "un alquiler para dos personas cuesta un sueldo básico".
En España el salario mínimo es de 1.221 euros al mes, pero muchos migrantes viven situaciones de "abuso", como Miriam, que trabajaba en como interna en la isla de Ibiza 12 horas al día y cobraba 400 euros al mes en "negro".
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Vanessa también retrata esa precariedad del mundo laboral informal, en el que "no tienen acceso a ciertos derechos" y del que algunos se aprovechan para pagarles "2 o 3 euros la hora, que no alcanza para nada", o peor aún, "no te pagan tu semana de trabajo".
En ese contexto, los comedores sociales resultaron ser más que un sitio para alimentarse y, como cuenta Ryan, son también espacios donde se crea una comunidad entre personas que pasan por una situación similar. "Conocí a mucha gente, personas que recogían su comida igual que yo, y ahí se entablaba una conversación", afirma.
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Esos vínculos se refuerzan al contarse sus problemas, sus inquietudes, sus dificultades, pero "siempre con miras a superarse, a saber que esto es un apoyo y una ayuda, no es el final del camino”, comenta. EFE
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