
Una investigación desarrollada en septiembre de 2025 en las provincias afganas de Balj, Jauzján, Sar-e-Pul y Faryab, reveló que la falta de recursos, la escasez de alimentos y el desplazamiento están llevando a una cantidad creciente de menores a integrarse en el trabajo infantil. Según Save the Children, el 61% de las personas consultadas indicó que el trabajo de los niños ha aumentado desde 2024, mientras que solo uno de cada cinco niños asiste actualmente a la escuela y casi dos tercios de las familias dependen de sus hijos para conseguir ingresos, en un contexto de sequía prolongada y dificultades económicas crecientes.
El medio Save the Children alertó sobre el impacto de cuatro años consecutivos de sequía en el norte de Afganistán, donde la escasez de agua ha disminuido la productividad de los cultivos y ha alterado los medios de subsistencia rurales. La organización detalló que casi el 80% de la cosecha de trigo de secano en varias provincias se ha perdido, lo que contribuye a un aumento de la inseguridad alimentaria y expone a miles de familias afganas a una situación de vulnerabilidad extrema. A su vez, el 85% de los hogares encuestados mencionó una reducción significativa en el acceso al agua respecto al año anterior, y cerca de la mitad de los menores de estas provincias no tiene acceso diario a agua potable.
Save the Children informó que las situaciones económicas adversas, junto con la necesidad de que los niños trabajen para contribuir a la supervivencia familiar, son los principales factores detrás de la escasa asistencia escolar. El 79% de la infancia consultada no asiste a clases, atribuible tanto a la pobreza como a la presión que ejerce la sequía sobre las familias campesinas. El director de Save the Children en Afganistán, Bujar Hoxha, subrayó que “la sequía está destruyendo silenciosamente la vida de la infancia. Las consecuencias de cuatro años de una grave escasez de agua son evidentes: los niños pasan hambre, trabajan y no asisten a la escuela”. Hoxha también puntualizó que “las tierras que antes cultivaban están resecas. Los medios de subsistencia han quedado diezmados. Los niños no deberían pagar el precio de esta catástrofe climática”, añadiendo que el país afronta “una confluencia de crisis en un momento en que la financiación se ha reducido drásticamente y las necesidades son inmensas”.
Según las cifras compartidas por Save the Children, casi cuatro millones de niños afganos padecen desnutrición aguda. A esto se suma el retorno de más de cinco millones de personas desde Pakistán e Irán, la persistente recuperación tras los terremotos del año anterior, y la presión del incremento en el precio de los alimentos. Estas dificultades se ven agravadas por la suspensión de exportaciones iraníes que representaban el 30% de las importaciones del país, y por la interrupción del comercio con Pakistán debido al conflicto. El encarecimiento de productos básicos deteriora aún más la seguridad alimentaria de la población, principalmente en las zonas afectadas por la sequía.
La Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (IPC, por sus siglas en inglés) indicó que cerca de nueve millones de menores, es decir, uno de cada tres niños en Afganistán, se encuentran en situación de hambre severa. Además, 3,7 millones de menores de cinco años sufren desnutrición aguda. Save the Children destacó que dos tercios de los hogares consultados reportaron señales visibles de retraso en el crecimiento de los menores, incluyendo delgadez, y poco más de la mitad de las mujeres embarazadas o en periodo de lactancia afirmaron que comen menos de lo habitual, debido a la falta de recursos.
Belqis, madre de seis hijos, relató a través de Save the Children: “No podemos permitirnos una mejor nutrición. Lo único que toma es leche, y mi leche no es suficiente porque no tengo suficiente comida”. Belqis, residente del norte del país, explicó cómo la sequía ha transformado su vida: “Antes podíamos cultivar y producir la mayor parte de nuestros alimentos. Ahora tenemos que comprarlo todo, incluso el trigo, en el mercado. Antes incluso teníamos nuestros propios melones y sandías”.
Zarin, enfermera de nutrición en una clínica apoyada por Save the Children, describió la situación de los menores en la zona: “Los niños de esta aldea carecen de una alimentación adecuada y la mayoría no se llenan el estómago. Están delgados y su crecimiento es inferior al normal debido a la sequía, la falta de agua potable y la pobreza”.
El reporte de Save the Children también describió la combinación de factores que profundizan esta emergencia, incluyendo el progresivo deterioro de los ingresos familiares, el retroceso en el acceso a servicios educativos y sanitarios, y el aumento en el trabajo infantil, motivado por la necesidad de aportar a la economía doméstica. Los datos recopilados por la organización señalan que las familias identifican las dificultades económicas como causa central para enviar a sus hijos a trabajar, mientras ven cada vez menos oportunidades para el cultivo y la autosuficiencia a causa de la sequía.
Ante este escenario, Save the Children demandó a los donantes internacionales un aumento urgente de la financiación flexible para evitar que más niños se vean forzados a abandonar la escuela y experimentar el hambre, en medio de una situación donde Afganistán aún busca recuperarse de crisis previas y enfrenta una elevada presión migratoria interna debido al regreso masivo de refugiados. Según publicó Save the Children, la evolución de estos factores podría significar una profundización en los índices de pobreza, hambre y deserción escolar entre la infancia afgana si no se implementan medidas inmediatas y adecuadas para responder a la emergencia descrita.
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