Rodrigo Zuleta
Berlín, 17 mar (EFE).- El escritor venezolano Edgar Borges ha venido a Berlín invitado por el Salón Berlinés, un espacio literario para autores latinoamericanos y alemanes, donde hablará de su última novela, “Los expulsados” (Berenice, 2025), sobre la que habló con EFE en un lugar cercano a lo que fue el trayecto del Muro de Berlín.
La obra de Edgar Borges se inscribe dentro de la llamada literatura fantástica, que en Latinoamérica tiene una tradición representada por autores como Julio Cortázar, Juan José Arreola y Jorge Luis Borges.
Edgar Borges defiende la literatura fantástica como una forma de disidencia ante las diversas formas del poder.
En ese sentido, invoca a Cortázar, que para él es un Dios y de quien se siente incluso más cerca que del otro Borges.
“La realidad que nos muestran es para adiestrar nuestra mirada, es la realidad de la política o del poder, pero la realidad va más allá de lo que nos venden”, dijo.
Todos los Borges
Confrontado con su apellido, y con la leyenda que hay en torno a él y al autor de “El Aleph”, Edgar Borges responde que afortunadamente no le pesa llamarse Borges pese que al comienzo de su carrera tuvo ciertos temores.
“Creo que he logrado hacer mi propio camino, que no fue fácil porque lo que hago también es ficción y porque comulgo con muchas de las ficciones y de las convicciones que tenía Borges acerca de la literatura y ahí pueden venir puntos de comparación con el tema del otro, el tema del doble”, explicó.
Sobre el otro Borges argentino, recordó una conversación que tuvo en Caracas con su viuda, María Kodama, que le dijo que era hasta probable que fueran parientes porque los Borges en Latinoamérica no son muchos.
La rebelión contra una única realidad
“Los expulsados”, como el título lo indica, tiene que ver con expulsiones y destierros y también con el deseo de escapar.
Se trata de una obra fantástica, pero, cerca de donde pasaba el Muro de Berlín, es imposible no preguntarle si la historia de los tres personajes que escapan a través de escenarios que parecen irreales no tiene alguna relación con fugas y destierros reales.
“La novela tiene que ver con todas las formas de expulsión que existen como la expulsión política o la emigración forzada, la expulsión de los conflictos sociales”, afirmó.
Sin embargo, hay otro tipo de expulsión que es la que a Edgar Borges le interesa especialmente.
“El avance tecnológico nos está expulsando de la vida. El ser humano se está viendo arrinconado por una velocidad que no es propia de su naturaleza, no es propia de nuestra necesidad de calma”, apuntó.
“Creo que somos lentos por naturaleza. Necesitamos más tiempo que otros animales. Pasamos nueve meses en el vientre materno, nuestro proceso es lento. Esa velocidad que no es humana creo que atenta contra la vida", explicó.
"Nos tienen corriendo todo el tiempo y creo que nuestra imaginación y nuestro sosiego están en riesgo y esa es la peor de las expulsiones actuales ”, agregó.
En la novela hay un personaje, Andreu, que corre todo el tiempo hasta que llega a una estación llamada Sosiego en la que no pasa nada.
Allí, el sosiego resulta mas inquietante que todo lo demás.
“Andreu llega a la estación Sosiego para confrontarse con los demonios y los errores de su huida”, explicó el autor.
Los personajes están huyendo, según Edgar Borges, de un mundo que ha dejado de ser humano.
Otro personaje, Daniel, es al comienzo uno de los niños que huyen -al final son adultos y siguen huyendo- y que al final termina convertido en guardián, en agente del poder que quiere someter a los niños.
“Daniel es el cuarto niño, que puede ser el lector. Daniel tiene algo terrible porque termina siendo el guardián y ese es el punto: ¿hasta dónde estamos dispuestos como lectores a asumirnos como la parte terrible de la historia?”, se preguntó.
Alcanzar otra realidad
Andreu quiere en la novela alcanzar otra realidad, una estación, llamada "El Bosque", que le dicen que no existe y que el sigue buscando.
De alguna manera, la historia retoma la defensa que hace Edgar Borges de la literatura fantástica y su rechazo al imperio absoluto de un realismo literario que hace que se tienda a perder una tradición en ese sentido.
“Se está perdiendo porque nos están imponiendo una forma absoluta de realidad y el mercado editorial está participando en ello. Por eso la literatura es cada vez menos imaginativa y se está haciendo una literatura realista”, sostuvo.
“El periodista tiene que reflejar la realidad. Pero el deber del escritor es transformar la realidad. Si el escritor sólo se ocupa de reflejar la realidad se convierte en un funcionario del poder”, concluyó. EFE
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