El espectacular atentado contra el ex primer ministro Rafic Hariri es para muchos libaneses el equivalente al asesinato de Kennedy para los estadounidenses: todos recuerdan qué estaban haciendo ese fatídico 14 de febrero de 2005.
El multimillonario sunita, que encarnaba la era de la reconstrucción después de la guerra civil (1975-1990), fue asesinado el día de San Valentín por el estallido de una camioneta llena de explosivos al paso de su convoy blindado.
La explosión provocó una verdadera bola de fuego en el céntrico barrio de los hoteles de Beirut. Las llamas alcanzaron varios metros de altura y muchas ventanas de los edificios quedaron hechas añicos en un radio de medio kilómetro.
El suicida al volante de la camioneta blanca cargada con dos toneladas de explosivos aparcó estratégicamente para esperar el convoy, que acababa de salir del parlamento y se dirigía a la residencia de los Hariri.
A las 12H55, el detonador se activó, un segundo después de que pasara el tercer vehículo, un Mercedes S600 que conducía el propio Rafic Hariri.
Muchas personas pensaron que era un seísmo. Todo Beirut oyó o sintió la explosión, que dejó un cráter de al menos diez metros de diámetro y dos de profundidad.
La noticia no tardó en llegar. El ex primer ministro, que se había pasado a la oposición en 2004, figuraba entre los 22 muertos.
También murieron los guardaespaldas. Los destrozos fueron de tal magnitud que se tardó 17 días en encontrar el cadáver de una víctima y 226 personas resultaron heridas.
- "Crimen abyecto" -
La indignación fue global. El entonces presidente francés Jacques Chirac, muy amigo de Hariri, y su esposa Bernadette viajaron a Beirut para dar el pésame a la familia.
Chirac denunció un "crimen abyecto, que pareciera de otros tiempos".
Pese a no estar en el cargo, el sexagenario con bigote y cabello canoso había desempeñado un papel político ineludible en el país. Contaba con el apoyo de Arabia Saudita y se esperaba que recuperara el puesto de primer ministro.
El atentado no fue una sorpresa. En febrero del mismo año, Chirac y el enviado de la ONU Terje Roed-Larsen le aconsejaron que mantuviera un perfil bajo.
En octubre de 2004, el exministro libanés Marwan Hamade, cercano a Hariri, escapó por poco de un atentado similar.
El ex primer ministro había endurecido el tono contra la ocupación siria del Líbano y se había puesto a la cabeza del bando político que reclamaba la partida de las tropas de Damasco después de tres décadas de ocupación.
Contaba con el apoyo de Francia y Estados Unidos, que votaron en septiembre de 2004 en el Consejo de Seguridad de la ONU la resolución 1559, que pedía implícitamente la retirada de las fuerzas sirias.
El asesinato de Hariri aceleró el curso de la historia. Provocó una ola de ira sin precedentes en el Líbano, que desencadenó manifestaciones multitudinarias que obligaron a Damasco a retirarse unos meses más tarde.
Con esta partida, el movimiento chiita Hezbolá, el principal sospechoso del asesinato de Hariri pero que niega estar implicado, aprovechó para hacerse un hueco en la escena política.
Esta milicia apoyada por Irán es la única facción que no ha abandonado el arsenal militar después de la guerra civil.
Cuando el patriarca falleció, su hijo Saad Hariri entró en política. Él también fue varias veces primer ministro de Líbano, pero nunca llegó a tener la estatura política de su padre.
En el lugar del atentado, en el paseo marítimo de Beirut, se construyó una estatua de Rafic Hariri, representado con las manos en los bolsillos.
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