El autor es presidente del Inter American Institute for Democracy
Nuevamente una amenaza de muerte a un caricaturista por supuestamente haber ofendido al Estado islámico. Xavier Bonilla, "Bonil", que publica sus trabajos en el diario "El Universo" de Guayaquil, fue amenazado de muerte, y el diario advertido de que podría sufrir un atentado similar al de "Charlie Hebdo" en París.
Este nuevo episodio de violencia e intolerancia replantea el tema de la libertad de expresión, sus límites, y especialmente su relación con las creencias religiosas.
El caso "Charlie Hebdo" puso sobre la mesa varios problemas diferentes: la migración musulmana en Europa, la secularización de las religiones como paso a la modernidad y el islamismo como potencial enemigo.
Como es natural, entre otros aspectos sobre ese hecho y la nueva amenaza a un caricaturista por presuntas ofensas a la religión islámica, se han planteado esos episodios como un ataque a la libertad de expresión. Como punto de partida, quisiera dejar sentadas dos premisas:
Primero, no me siento identificado con "Charlie Hebdo", revista cuyo material me parece aborrecible. Por razones de mal gusto y por llevar al extremo sus dibujos en el terreno de la ofensa. Más que irreverente es deliberadamente ofensiva hacia todas las religiones y no sólo al islamismo. Sus ataques incluyen, por supuesto, al judaísmo y a la religión católica. Charlie Hebdo se ha fijado como objetivo el escándalo, lo que ha conseguido sin duda alguna. No es el caso de Bonil, cuya caricatura no alcanza a constituir una ofensa y en cambio, es una muestra auténtica de humor.
Segundo, la violencia terrorista es siempre y en todos los casos inadmisible. El asesinato de 16 personas es imperdonable y no admite justificación o disculpa alguna. De allí, la generalización de la reacción ciudadana: el criminal atentado contra la revista fue debidamente condenado sin ambigüedades ni reservas. Al igual que en este nuevo hecho, no es legítimo vincular las amenazas con el contenido de la revista o de una caricatura. Entre otras cosas, porque la libertad de expresión es valiosa, precisamente, cuando la garantizamos para personas con las que no estamos de acuerdo.
Pero si prestamos atención cuando ponemos el acento sobre la libertad de expresión, el tema es algo más complejo. La pregunta es si la fe religiosa merece un tratamiento o protección diferente. Se puede llevar al extremo una ofensa personal, pero cuando se trata de religión, los matices cambian. Toda fe hace caso abstracto de la razón, y por lo tanto sus creencias son más pasionales. Siempre han existido reacciones ante provocaciones a la religión, justificadas o no. Recuerdo los casos de ofensas o pretendidas ofensas a Dios, a Jesús, o la Virgen María, en películas como "Je vous salue, Marie", o "La última tentación de Cristo"; de cineastas como Passolini, o autores teatrales como Ferrari. Por supuesto que en estos casos, la reacción se limitaba a manifestaciones en las salas de exhibición, sin agresiones o violencias físicas.
Es aquí donde entra Hume: somos víctimas de las pasiones y lo único que puede controlarlas es la razón.
Si le prestamos atención a los destinatarios de las ofensas, cuando se trata de la fe religiosa queda abierta la puerta para discutir si es razonable o no, poner límites a la libertad de expresión. El Papa se ha pronunciado por la necesidad de poner un límite a la libertad de opinión, "porque no se puede insultar la fe de los demás",
Sobre esta disyuntiva, han surgido –como sostiene Héctor Schamis- los halcones y las palomas de la libertad de expresión. Para las palomas, Charlie Hebdo ha ofendido la sensibilidad religiosa, con sátiras irresponsables e innecesariamente provocativas, mientras que los halcones se ubicarían como ultras de la libertad de expresión, sin que importe el contenido mismo de la publicación y hay que evitar "victimizar al victimario". Es como analizar la conducta de la mujer violada como explicación de la violación.
Podríamos, así, aceptar o defender alguna limitación en la libertad de expresión o por el contrario, podríamos refugiarnos en su defensa cerrada, sin límite alguno. Habría argumentos fuertes para sostener cualquiera de esas posiciones. Pero no es ese el punto que quiero plantear, sino enfocarlo en la percepción de que actualmente existe un doble estándar en la consideración de esa libertad.
La sociedad ha admitido ya límites a la libertad de expresión: en algunos países de Europa negar el Holocausto –aún por parte de académicos e investigadores- constituye un delito que debe ser reprimido.
Casi todos los países han adoptado políticas antidiscriminatorias, que prohiben referirse a ciertos grupos en forma peyorativa, ya sea por razones étnicas, de preferencias sexuales o discapacidades físicas, con oficinas especializadas en reprimir esas expresiones.
Más concretamente. Como resultado de algunas opiniones en defensa de los atacantes de Charlie Hebdo, o de la religión islámica, el gobierno de Francia ha decidido perseguirlos por "apología del delito", castigada también en otros países. Con ese concepto ha decidido aplicar mano dura contra los discursos de odio, antisemitismo y las defensas del terrorismo. 54 personas fueron detenidas por defender a los autores del hecho. En Orléans y Toulon, dos personas fueron sentenciadas a un año de prisión por proferir gritos a favor de los terroristas. Algo parecido al caso del humorista Dieudonné, que podría ser condenado hasta a 7 años de cárcel por haber expresado su opinión respecto a la responsabilidad de la revista.
Esta realidad presenta una doble faceta: en ciertos casos, defendemos el ejercicio irrestricto de la libertad de expresión, aunque incluya contenidos irresponsables y agraviantes, como el caso de Charlie Hebdo, pero por otro lado, reprimimos otras expresiones y admitimos limitaciones a esa libertad son objeciones. Pareciera que el elemento que los distingue es que sean "políticamente correctos" o no.
Defender la libertad de expresión significa que todos tenemos por igual el derecho a expresarnos. Todos. Sin limitaciones y sin atenuantes. Sin interpretaciones: respetar la opinión del otro es aceptar, la estupidez, el insulto, el mal gusto y hasta la blasfemia. Existen más hechos reprobables en la historia por persecución a la libertad de expresión que por abusos de ésta, y esto incluye a las religiones.
Estoy dispuesto a convivir con cualquiera de las dos opciones (aunque me inclino por la libertad irrestricta).
Lo que no me parece aceptable es el doble discurso.
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