
En noviembre de 2022, el mundo fue testigo del lanzamiento de ChatGPT, una de las innovaciones más importantes en el campo de la inteligencia artificial (IA). Desde entonces, la IA se ha infiltrado en numerosos aspectos de la vida cotidiana, desde la medicina hasta la educación, transformando la manera en que las personas interactúan, trabajan y se comunican. Sin embargo, en medio del fervor por estas nuevas tecnologías, ha surgido un fenómeno menos discutido pero igualmente preocupante: una crisis de despersonalización que amenaza las conexiones humanas fundamentales.
Allison Pugh, profesora en la Universidad Johns Hopkins y autora del libro The Last Human Job: The Work of Connecting in a Disconnected World, advierte que, aunque mucho se ha hablado sobre los peligros de la IA, como la disrupción laboral, el sesgo y la vigilancia, se ha pasado por alto un riesgo crucial: ¿qué sucede con las relaciones humanas cuando un lado de la ecuación es mecanizado?
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En su artículo para Time, Pugh explora cómo la automatización está alterando las relaciones interpersonales y minando lo que ella denomina “trabajo conectivo”, ese esfuerzo humano esencial para crear valor y significado en interacciones cotidianas. “Si nos preocupa el aumento de la soledad y la fragmentación social”, señala, “entonces deberíamos prestar más atención al tipo de conexiones humanas que estamos facilitando o impidiendo”. La tecnología, aunque a menudo bienvenida como una herramienta para mejorar la eficiencia y accesibilidad, puede estar erosionando el tejido mismo de nuestras comunidades.

El trabajo conectivo abarca todas aquellas actividades en las que el valor principal radica en la capacidad de ver y ser visto por otro ser humano. Este tipo de labor es fundamental en profesiones como la enseñanza, el cuidado médico y la psicoterapia, donde la conexión emocional es clave para el éxito y el bienestar tanto de los profesionales como de sus clientes o pacientes. Sin embargo, la creciente automatización de estas áreas pone en peligro esta capacidad esencial, convirtiendo lo que antes era un encuentro profundamente humano en una transacción mecanizada, desprovista de su carga emocional.
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Pugh destaca en Time cómo la inserción de la inteligencia artificial en roles tradicionalmente ocupados por humanos no sólo invisibiliza el trabajo humano, sino que transforma radicalmente el tipo de conexiones que se pueden establecer en esos contextos. Ser visto —en el sentido más profundo del término— está en peligro de convertirse en un lujo escaso.
Al desvalorizar el componente más humano del trabajo, la IA crea una disonancia en la percepción del valor del trabajo emocional. Pugh argumenta que, independientemente de cuán avanzada sea una inteligencia artificial, no puede replicar una verdadera relación humana. Las interacciones se vuelven más superficiales y menos significativas cuando una de las partes es una máquina, por muy sofisticada que sea.
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En un análisis más amplio, Pugh conecta esta transformación con una creciente sensación de invisibilidad que permea la sociedad moderna. El sentimiento de no ser visto, de no ser reconocido, está alimentando una serie de crisis sociales, desde el resentimiento en la clase trabajadora hasta las llamadas “muertes de desesperación”, que incluyen suicidios y muertes por sobredosis, y que han tenido un impacto devastador en la esperanza de vida en diversas comunidades. Este fenómeno de alienación y desconexión no es sólo un problema individual, sino un síntoma de una crisis estructural en las formas en que nos relacionamos como sociedad.
La crisis de despersonalización no se trata simplemente de la eficiencia o la productividad, sino de la pérdida de nuestra capacidad para conectar verdaderamente con los demás. En un momento en que la tecnología avanza a pasos agigantados, el desafío para la sociedad no es sólo cómo incorporar estas herramientas en nuestras vidas, sino cómo proteger y cultivar las relaciones humanas que son el fundamento de nuestra cohesión social.
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Las grandes empresas tecnológicas presentan la personalización automatizada como una solución para la despersonalización y el aislamiento social, prometiendo una mayor eficiencia y un trato más “personalizado” a través de herramientas de IA en sectores como la educación y la salud. Sin embargo, Pugh cuestiona la efectividad de estas soluciones, argumentando que “lo que siembran no es una verdadera conexión humana, sino una versión superficial y desprovista de empatía real”. Aunque las máquinas pueden procesar grandes volúmenes de datos y ofrecer respuestas rápidas y precisas, esto no sustituye la necesidad intrínseca de ser visto y comprendido por otro ser humano.
“Lo que la tecnología ofrece es una personalización que, aunque eficaz, carece de la capacidad de realmente vernos”, afirma Pugh, subrayando que las máquinas, al final del día, no pueden sustituir la mirada y el juicio de un ser humano. “Lo que está en juego no es solo un trabajo o una interacción individual, sino nuestra cohesión social: las conexiones que son un logro mutuo entre los seres humanos”, concluye.
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En contraste, la especialista sugiere una serie de políticas y medidas que podrían contrarrestar la despersonalización sin recurrir a la automatización indiscriminada. Una de sus propuestas clave es ajustar las condiciones laborales de aquellos empleados cuyo trabajo depende de la conexión emocional y la capacidad de ver a los demás, como los profesionales de la educación, la salud y el apoyo emocional.

Pugh también subraya la importancia de no exagerar el papel de los datos en trabajos conectivos, lo cual impone una carga adicional, administrativa, a los profesionales. “Deberíamos también contener algo del entusiasmo desbordado por el análisis de datos, ya que sus requisitos de entrada rutinariamente recaen sobre las mismas personas encargadas de forjar conexiones”, advierte.
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Por último, sugiere advertir claramente al usuario. A su juicio, es fundamental que pueda saber cuándo están interactuando con una máquina. “Al menos, la IA socioemocional debería ser etiquetada como tal para que sepamos cuándo estamos hablando con un robot y podamos reconocer, y elegir, las conexiones de humano a humano”, enfatiza.
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