Consumir más vegetales y menos carne para combatir el cambio climático

En Argentina, más de cuatro millones de personas son vegetarianas o veganas. Es decir, un 9% de la población distribuida en un 91% en las provincias y en el Gran Buenos Aires adopta este tipo de alimentación, según una encuesta realizada por la consultora Kantar sobre 1006 habitantes mayores de 18 años por pedido de la Unión Vegana Argentina (UVA)

Por Sergio Federovisky

Consumir más vegetales y menos carne para combatir el cambio climático #AYM

Cuando se habla de veganismo o vegetarianismo se pueden definir dos grandes grupos. Los api-ovo-lacto-vegetarianos que no consumen carne de ningún tipo, pero si productos que deriven de animales, como huevos, leche o miel. Y los vegetarianos veganos, que evitan la ingestión de todo tipo de carnes y sus derivados. Ni siquiera usan ropa de cuero, lana o seda, se oponen al uso de productos cosméticos que hayan sido testeados en animales y rechazan toda utilización de los mismos para entretenimiento. Es una postura de vida, con un sentido filosófico, que va mucho más lejos de una mera dieta de verduras y frutas.

Se puede empezar una alimentación vegetariana por diferentes motivos, ya sea por problemas de salud, por amor y respeto a los animales, por cuestiones religiosas, o simplemente por regresar a nuestra naturaleza. Lo cierto es que este tipo de alimentación basada en vegetales está avalada por numerosas instituciones científicas en el mundo, inclusive por la Sociedad Argentina de Nutrición. La dieta vegetariana se considera apropiada para todas las etapas de la vida, ya que en ella abundan los hidratos de carbono, las grasas, las sales minerales, las vitaminas y el agua.

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La dieta vegetariana se considera apropiada para todas las etapas de la vida, ya que en ella abundan los hidratos de carbono, las grasas, las sales minerales, las vitaminas y el agua

También son consideradas más sostenibles desde el punto de vista ambiental. En el último informe “El Cambio Climático y la Tierra”, elaborado en 2019 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), se identificaron ocho opciones dietarias sustentadas en alimentos como cereales secundarios (cebada, maíz, sorgo, centeno, avena), legumbres, frutas y verduras, que presentan mayores oportunidades de adaptación al cambio climático.

Seis de estas dietas incluyen alimentos de origen animal producidos de forma sostenible, es decir en pastizales naturales, sin deforestación ni cambios en el uso del suelo, que propenderán a la mitigación de la emisión de gases efecto invernadero. Por otro lado, los pastizales bien conservados constituyen una reserva estratégica de los suelos, preservan el agua, purifican el aire y proveen bienestar a los animales durante su período de vida en los campos.

Se puede empezar una alimentación vegetariana por diferentes motivos, ya sea por problemas de salud, por amor y respeto a los animales, por cuestiones religiosas, o simplemente por regresar a nuestra naturaleza

La agricultura, la ganadería y la deforestación generan el 23% por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. En Argentina alcanzan el 39%, de acuerdo al Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero, y solo la ganadería es responsable de poco más del 20% de las emisiones totales del país.

El documento “Análisis y valoración de los beneficios para la salud y el cambio climático del cambio en la dieta”, realizado por investigadores de la Oxford Martin Scholl (Reino Unido), y publicado en la revista Proceedings of National Academy of Sciences (PNAS), estimó que la adopción de dietas vegetarianas reduciría las emisiones de gases efecto invernadero, relacionadas con los alimentos, en un 63%, y de las veganas en un 70%.

Comer más vegetales y reducir la ingesta de alimento de origen animal proporciona una buena salud Foto: (Archivo)

El planeta requiere de una gran transformación alimentaria. Que se adopten medidas urgentes en todos los sectores y niveles del sistema alimentario, con acento en la producción sostenible, primer eslabón de la cadena, con menor huella hídrica y huella de carbono. Esto implicará, a mediano o a largo plazo, que todos comamos inexorablemente menos carne.

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