El uso intensivo del celular y otras pantallas está influyendo en la forma en que la ansiedad y la depresión se manifiestan entre niños y adolescentes.
Estos trastornos ya no se presentan únicamente como tristeza o llanto, sino que pueden expresarse mediante irritabilidad constante, descenso en el rendimiento escolar, molestias físicas sin causa médica y aislamiento social progresivo. Muchos de estos signos se confunden con etapas normales del desarrollo o problemas de conducta, lo que dificulta su reconocimiento tanto en el entorno familiar como escolar.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete menores entre 10 y 19 años presenta algún trastorno de salud mental, siendo la ansiedad y la depresión los más frecuentes. En América Latina, datos de UNICEF muestran que cerca del 20 % de los adolescentes reporta síntomas compatibles con estos trastornos, una cifra en aumento que impacta de forma directa en su desarrollo emocional, social y educativo.
Especialistas del Hospital Infantil Universitario de San José advierten que el celular se ha convertido en un factor que puede agravar o acelerar la aparición de síntomas depresivos y ansiosos. Su impacto no siempre es inmediato ni fácil de identificar, pues suele integrarse a la vida cotidiana como parte de la rutina digital.
Señales de alerta: más allá de la tristeza y el llanto
El criterio principal para detectar estos trastornos no es la presencia aislada de ciertos comportamientos, sino el cambio sostenido respecto al estado previo del menor. Cuando la irritabilidad, el desinterés o el deterioro académico se prolongan y afectan la vida escolar, las relaciones sociales o la dinámica familiar, resulta necesario buscar una evaluación especializada.
En los niños, el malestar emocional a menudo se expresa en el cuerpo. Dolores abdominales, cefaleas, cansancio o dolores musculares sin causa médica pueden ser manifestaciones de ansiedad o depresión y llevar a múltiples consultas antes de considerar una valoración en salud mental.
El impacto de las pantallas en la salud mental infantil
La exposición prolongada a pantallas, en especial el celular, se ha relacionado con alteraciones del sueño, menor tolerancia a la frustración, cambios en los circuitos de recompensa del cerebro y una mayor vulnerabilidad a la comparación social, sobre todo en edades tempranas. Estos efectos suelen aparecer de forma progresiva: dificultades para dormir, irritabilidad al limitar el uso del dispositivo y preferencia por las pantallas sobre otras actividades afectan la autoestima y la capacidad para gestionar la frustración.
Estudios recientes, como los publicados en JAMA Pediatrics, indican que los niños que pasan más de tres horas diarias en pantallas recreativas presentan un mayor riesgo de síntomas depresivos y ansiosos, especialmente cuando el uso se concentra en redes sociales y videojuegos en horario nocturno.
Para muchas familias, estos cambios pasan desapercibidos o se normalizan, dificultando la identificación temprana. La falta de comunicación dentro del hogar y la percepción del celular como una herramienta de entretenimiento retrasan la búsqueda de ayuda profesional.
El regreso a clases y los cambios en la rutina académica pueden convertirse en momentos críticos. Se recomienda observar crisis de llanto, pánico, rechazo persistente a asistir al colegio, síntomas físicos intensos y conductas regresivas. Frente a síntomas que duran más de dos semanas, interfieren con la vida cotidiana o se acompañan de ideas de culpa o minusvalía, se requiere valoración profesional.
No atender estos signos puede asociarse con baja autoestima, conductas autoagresivas, dificultades en las relaciones sociales, abandono escolar y un mayor riesgo de trastornos mentales en etapas posteriores. Desde la psiquiatría infantil se insiste en la detección y atención temprana para mejorar el pronóstico y el desarrollo de herramientas saludables para afrontar los desafíos de la infancia y adolescencia.
El Hospital Infantil Universitario de San José recomienda no subestimar los cambios emocionales y de conducta, fortalecer la comunicación familiar, establecer límites al uso de