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“Queríamos mucho más que el boleto estudiantil, queríamos cambiar el mundo”: la verdad de una sobreviviente de la Noche de los Lápices

Se cumplen 50 años del operativo en el que la dictadura secuestró a diez estudiantes secundarios de La Plata. Seis de ellos permanecen desaparecidos hasta hoy

María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha, todos víctimas de la Noche de los Lápices, permanecen desaparecidos hasta hoy.

Emilce Moler tiene 67 años y hace 51, en 1975, fue a una marcha para exigir que se implementara el boleto estudiantil en La Plata, la ciudad en la que vivía y en la que cursaba los estudios secundarios en el Bachillerato de Bellas Artes. No recuerda nada en particular de esa marcha que, como tantas otras por esos años, terminó en represión por parte de las fuerzas de seguridad. No se acuerda ni qué tenía puesto ni con quién fue; sí que estaba “de la mitad de los manifestantes para atrás”.

“No me acuerdo de nada en especial de ese día porque marchábamos mucho, por cosas muy distintas. Marchábamos cuando cesanteaban trabajadores en las fábricas, para acompañar a las universidades en sus movilizaciones y para sostener las tomas que se hacían en distintas escuelas de La Plata. Nosotros éramos militantes políticos. Queríamos mucho más que el boleto estudiantil: queríamos cambiar el mundo”, le cuenta Emilce a Infobae.

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En 1975, cuando marchó por las calles de la capital bonaerense para exigir la implementación del boleto estudiantil, Moler integraba la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). La escuela en la que estudiaba era una de las tres secundarias que aún hoy dependen de la Universidad Nacional de La Plata.

El 17 de septiembre de 1976, cuando un grupo de tareas tomó por asalto su casa familiar, Emilce tenía 17 años y seguía militando en la UES. Se identificaron como integrantes del Ejército y, como Emilce era de contextura demasiado chiquita, se confundieron y estuvieron a punto de llevarse a su hermana.

Emilce Moler sobrevivió a la Noche de los Lápices. La foto es de 2015, junto a la madre de Plaza de Mayo Adelina de Alaye. EFE/ Emilce Moler

Pero se llevaron a Emilce: la secuestraron en el marco de lo que la propia dictadura llamó “La Noche de los Lápices”, un operativo feroz contra diez estudiantes secundarios. Seis de ellos aún están desaparecidos. Emilce es una de las cuatro sobrevivientes.

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Una noche, cinco secuestros

El operativo ilegal de secuestro de diez estudiantes secundarios de La Plata en el marco de lo que las propias fuerzas de seguridad llamaron “La Noche de los Lápices” se produjo entre el 8 y el 21 de septiembre de 1976. El 16 de septiembre, hace exactamente medio siglo, se condensó la gran mayoría de la actividad de los grupos de tareas.

Ese día secuestraron a María Claudia Falcone, Francisco “Pancho” López Muntaner, María Clara Ciocchini -que era de Bahía Blanca y se había mudado a La Plata-, Horacio Ungaro y Daniel Racero. Gustavo Calotti había sido el primero en ser privado de su libertad, el 8 de septiembre. Claudio de Acha fue secuestrado el 15 de septiembre, Emilce Moler y Patricia Miranda, el 17, Pablo Díaz, el 21. Todos eran estudiantes secundarios. La mayoría, como Emilce, militaban en la UES e iban a colegios que dependían de la UNLP. Pablo lo hacía en la Juventud Guevarista (PRT-ERP). Patricia no formaba parte de ninguna agrupación.

Los secuestros, así como los traslados a distintos centros clandestinos de detención, la tortura y la desaparición forzada fueron a manos de quienes operaban en el llamado “Circuito Camps”, en el que Ramón Camps y Miguel Ángel Etchecolatz tenían las voces de mando.

Los secuestros fueron como muchos otros: irrumpieron patotas que golpearon a sus “blancos” y también a sus familias, destruyeron a su paso lo que se les ocurrió destruir y robaron lo que se les dio la gana. Cercaban la manzana de cada operativo, en algunos casos desplegaban más de una decena de autos, encapuchaban a quien se iban a llevar y lo arrastraban hasta un auto.

Desde ahí, el destino era algún centro clandestino de detención. El Pozo de Arana fue el primero al que los trasladaron. Después, algunos -tal como le pasó a Emilce- fueron a parar al Pozo de Quilmes y a la Comisaría de Valentín Alsina; otros, al Pozo de Banfield.

El cineasta Héctor Olivera reconstruyó lo ocurrido durante "La Noche de los Lápices" en la película homónima, estrenada en plena primavera democrática.

El Batallón 601 de Inteligencia del Ejército fue el que ordenó los secuestros de los diez adolescentes, en los que intervinieron tanto el Ejército como grupos de tareas de la Policía bonaerense. Uno de los brazos ejecutores de las órdenes de Camps y Etchecolatz era el comisario Luis Héctor Vides, “El Lobo”. Los diez estudiantes secuestrados, que tenían entre 16 y 18 años en esa casi primavera de 1976, habían sido catalogados, según documentación de inteligencia, como personas “de peligrosidad mínima”.

Esos diez estudiantes son, hasta el día de hoy, tal vez las historias más visibles de cómo la dictadura desplegó su máquina ilegal de secuestrar, torturar, violar y desaparecer ante quienes iban a escuelas secundarias y universidades: según la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), uno de cada cinco desaparecidos eran estudiantes. Más del 43% tenían entre 16 y 25 años.

La historia del boleto estudiantil

“Ya en 1975 estábamos en medio de una militancia muy comprometida, y a la vez teníamos que tener mucho cuidado. No íbamos alegremente por la calle porque ya operaba la Triple A, y en particular el Comando Nacionalista Universitario atacaba y mataba a mansalva a compañeros”, recuerda Emilce, y suma: “Lo que cayó en los secuestros de 1976 fue la UES de La Plata; ese fue el blanco al que atacaron”.

Después de unos cuatro meses en la clandestinidad, Emilce fue trasladada a la cárcel de Devoto. Si bien sus familiares pasaron a saber dónde estaba, no podían verse sino a través de un vidrio, no tenía acceso a un abogado ni a un proceso judicial legal, no podía prácticamente hacer actividad física ni manual, ni tampoco leer.

En abril de 1978 le otorgaron la llamada “libertad vigilada”. “Eso implicaba que no podía volver a La Plata porque me consideraban ‘peligrosa’. Me instalé en Mar del Plata, a donde se habían trasladado mis padres. No te podías mover de la ciudad ni estar con más de cinco personas. En cualquier momento la SIDE tocaba el timbre de tu casa, y una vez por semana tenías que presentarte en la comisaría”. Desde que la secuestraron hasta que le levantaron el régimen de libertad vigilada en 1979, pasaron tres años de la vida de Emilce Moler.

La credencial de Emilce Moler como estudiante del Bachillerato de Bellas Artes de La Plata.

Los cuatro sobrevivientes de la Noche de los Lápices fueron Moler, Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Patricia Miranda. En 1985, Pablo Díaz dio su testimonio ante el tribunal del Juicio a las Juntas. Contó cómo lo habían secuestrado, cómo y cuánto lo habían torturado, el infierno al que había sido reducida su existencia. Durante su testimonio, en el que detalló cómo era el día a día en el Pozo de Banfield, Díaz sostuvo: “Muchas personas detenidas en ese momento eran apolíticas, como por ejemplo un grupo de estudiantes secundarios que pedían reducción en el precio del boleto de transporte”.

“Hubo testimonios en los primeros tiempos post dictadura que fueron muy estremecedores y sirvieron para que toda la sociedad se enterara de cómo operaba el aparato represor. Uno fue el de Adriana Calvo de Laborde, que contó su parto arriba de un auto de un grupo de tareas. Otro fue el de Pablo, que contó cómo los grupos de tareas se metían con pibes de 16, 17, 18 años, cómo les aplicaban una tortura bestial. Pablo mencionó en su testimonio la lucha por el boleto estudiantil y eso cristalizó para siempre como una característica asociada a quienes habíamos sido secuestrados durante la Noche de los Lápices”, describe Emilce.

Después de que Díaz declarara, los hechos ocurridos en septiembre de 1976 se convirtieron primero en un libro que, en apenas un año, se reimprimió diez veces, y también en la película La noche de los lápices, dirigida por Héctor Olivera y construida a partir del testimonio de Pablo.

“En esos primeros años de la democracia era muy difícil hablar de la militancia. La sociedad prestaba atención a los testimonios de lo que consideraba una ‘víctima inocente’. Creo que a partir del testimonio de Pablo, del libro y de la película es que la Noche de los Lápices se convirtió en un símbolo trágico de cómo operaba la dictadura”, analiza Moler.

“Claro que peleamos por el boleto estudiantil, pero peleábamos por mucho más, éramos militantes, creíamos en que había que cambiar todo el sistema. A mí no me vinieron a buscar porque había ido a la marcha por el boleto estudiantil. Vinieron a buscar a estudiantes que militábamos. Lo que quiero decir es que no está demostrada la relación de causalidad entre la marcha por el boleto y nuestros secuestros”, explica Emilce.

Moler contó su experiencia en el libro "La larga Noche de los Lápices". Desde que la secuestraron hasta que le levantaron el régimen de libertad vigilada pasaron tres años. Foto: Marea Editorial

“La historia del boleto estudiantil es lo que cristalizó a partir del testimonio de Pablo en un momento en el que todavía era muy difícil hablar de nuestras militancias y en el que lo que más necesitabas era que te creyeran todo lo que había pasado en los centros clandestinos de detención, que para muchos era increíble por su ferocidad. Finalmente, son ellos, los militares, los que nunca explicaron por qué nos detenían. Son ellos los que deberían dar esa explicación”, reflexiona Emilce, que es profesora de Matemática y doctora en Bioingeniería.

Cómo hablar en el presente

María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha permanecen desaparecidos. Este miércoles, a medio siglo de los secuestros que en los que la dictadura los “chupó” para siempre, habrá distintos actos para recordarlos: uno será en donde funcionó el Pozo de Banfield; otro, en La Plata.

“Cincuenta años es muchísimo tiempo para un chico de 17. Para ese chico, algo que pasó hace medio siglo no es la historia reciente sino algo completamente ajeno a su vida cotidiana. El gran desafío es cómo enseñamos no sólo los hechos históricos sino los procesos históricos. Para eso hay que tender puentes entre el pasado y el presente, explicando en qué se parecían esos momentos con la actualidad. Y hay que explicarlo no a través de frases hechas o eslóganes, sino de argumentaciones profundas: es algo a contrapelo de la actualidad, en la que las noticias ya son viejas a los diez minutos”, describe Emilce.

Lo más importante para mí siempre es marcar que quien secuestró, torturó y desapareció fue el Estado. Muchas veces, por relativismos o negacionismos, los chicos terminan entendiendo que los setenta fueron civiles contra civiles. Y no: el Estado pergeñó un plan represivo sistemático que nadie, ningún civil, merece. Hayas hecho lo que hayas hecho, porque para eso el Estado de derecho tiene previstas otras herramientas”, reflexiona Emilce.

Y suma: “No hay que buscar racionalidad en cómo se implementó ese plan sistemático en cada caso. Primero, porque los torturadores no podían estar seguros de quién iba a sobrevivir y quién iba a morir después de una semana de tortura. Y después, porque hay quienes, por pertenecer a determinada familia, no resistía ninguna lógica que fueran secuestrados. Todo apuntaba a que serían liberados y hasta hoy están desaparecidos. Nadie sabe por qué sobrevivimos los que sobrevivimos ni por qué están desaparecidos los que están desaparecidos. Esa explicación sólo la pueden dar los perpetradores”.

Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final primero y los indultos del menemismo después frenaron el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Circuito Camps. Cuando se reanudaron los juicios, ya en este siglo, Camps y Etchecolatz fueron imputados como los máximos responsables. Hubo, además, diez condenas a prisión perpetua a otros ejecutores de los secuestros, torturas, violaciones y desapariciones.

La Plata, una ciudad históricamente estudiantil, fue el escenario más visible de cómo el terror de la dictadura impactó en quienes atravesaban la escuela secundaria. Pero no fue el único: según registros de la Conadep, hubo 232 adolescentes desaparecidos en la Argentina.

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