Carla cruza la avenida Rivadavia cada sábado con el mat enrollado bajo el brazo. A las nueve, ansiosa y puntual. Es lo más parecido a una cita que tiene desde que se jubiló y se separó casi al mismo tiempo. Le da un poco de vergüenza llegar primera, así que da unas vueltas alrededor de la fuente mientras pispea de lejos la preparación de las otras. Alguna vez toma café con algunas luego de la clase, o se acompañan a comprar algo a la Feria para estirar un poco la caminata y la charla. Van apenas tres meses, no sabe mucho de ninguna, pero cuando llueve y la clase se suspende, la tristeza le dura más de lo razonable.
No extraña yoga. Extraña esa sensación placentera de llegar a un lugar donde la esperan, donde la saludan, hasta alguna le da un beso. Otro le pregunta si el sábado también va a ir. Son conversaciones mínimas. Insignificantes, si una las mira desde afuera. Se ríe, se cansa, arma una rutina.
Hay una idea sobre la amistad que circula como si fuera una verdad: que el vínculo que vale es el de toda la vida. La amiga de la adolescencia. El grupo que sobrevivió matrimonios, hijos, mudanzas, enfermedades y peleas políticas. Esas juntadas ruidosas y emotivas que la publicidad de gaseosas y yerba inventó y ahora las redes multiplicaron. Alguna vez nos torturaron con la pareja que todas tenían menos nosotras, y ahora parece que empezó el tiempo de la amistad de Sex and the City.
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Claro que esos vínculos existen y quienes los tienen saben el privilegio que son. El problema es cuando esa imagen se vuelve una medida para todo lo demás. Porque entonces parece que cualquier relación nueva llegara tarde, fuera demasiado liviana o no alcanzara. Y quedan afuera casi todo lo que sostiene la vida cotidiana cuando una envejece en ciudades cada vez más individuales: la compañera de caminata, el grupo de yoga, la mujer con la que una toma café después del taller, el señor que saluda en la misma mesa de la librería todos los jueves.
El valor de los vínculos livianos
No es casual que la investigación más importante del mundo sobre bienestar y longevidad haya llegado, después de ochenta y cinco años de seguimiento, a una conclusión bastante menos sofisticada de lo que esperábamos. Robert Waldinger, el psiquiatra que dirige el Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, encontró que las personas con mejores vínculos sociales viven más, se enferman menos y llegan mejor a la vejez. No habla solamente de matrimonio ni de familia. Habla de vínculos en un sentido mucho más amplio y cotidiano: de tener a alguien que note si faltaste, alguien con quien compartir una rutina, alguien que aparezca con cierta frecuencia en la propia vida.
El English Longitudinal Study of Ageing — una de las investigaciones más grandes sobre envejecimiento en Europa — encontró que las personas que mantienen vínculos cercanos tienen niveles más bajos de cortisol, la hormona del estrés, y un sistema inmunitario más resistente. La interacción social funciona como gimnasia cognitiva cotidiana: estimula la memoria y la atención de maneras que ningún ejercicio individual puede reemplazar.
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Y sin embargo lo más interesante no aparece en la parte épica de la investigación sino en la letra chica. Un estudio publicado este año por investigadores de la Universidad de Michigan encontró que muchas personas mayores se sienten plenamente satisfechas con relaciones que ni siquiera definirían como amistades profundas. Una de las entrevistadas lo explicó mejor que cualquier especialista: “No necesito una amistad íntima. Estoy feliz simplemente con compartir tiempo con otras personas.”
Eso de compartir tiempo, sin demasiada épica, aparece una y otra vez. Quizás una de las trampas de la adultez sea creer que si un vínculo no se vuelve profundo enseguida entonces no vale. Gran parte de la vida cotidiana se sostiene en personas que ocupan un lugar mucho más lateral: alguien que guarda una silla, alguien que manda la foto de un libro, alguien que nota que faltaste dos semanas seguidas.
La psicología tiene un nombre para por qué eso funciona: el efecto “lado a lado”. Cuando dos personas comparten una actividad en paralelo, la corteza frontal — responsable del automonitoreo, de la presión de causar buena impresión — baja la guardia. La conversación que no podría ocurrir en una cena formal ocurre naturalmente en una caminata, en una clase de cerámica, en la cola del café después del taller. Y la investigación sobre formación de amistades adultas agrega un dato que ayuda a calibrar las expectativas: se necesitan al menos 90 horas de proximidad para crear una amistad, y 200 para que sea cercana. No es química ni destino. Es tiempo compartido, repetido, sin presión.
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El sistema que se venció
Durante mucho tiempo la vida organizó sola esos encuentros. El trabajo llenaba días enteros de conversaciones, incluso para quienes lo odiaban. Los hijos traían cumpleaños, chats escolares, otras madres en la puerta del colegio. Los barrios todavía repetían negocios y vecinos. Una podía pasarse semanas sin llamar especialmente a nadie y aun así sentirse parte de una trama. La gente aparecía.
Lo extraño es que nadie avisó que ese sistema tenía fecha de vencimiento. Que llega un momento en que los hijos se van, el trabajo termina, las parejas se separan, los amigos se mudan y la ciudad empieza a volverse más silenciosa.
La nueva longevidad agregó décadas enteras de vida adulta. Pero todavía no inventó del todo cómo se viven socialmente esos años.
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Lo que Buenos Aires tiene y que no siempre se ve
Los centros de jubilados existen desde hace décadas y para muchas personas siguen siendo un lugar central. Pero muchas veces no consiguen reflejar las nuevas aspiraciones de encuentro de las generaciones que llegan ahora a esa edad — personas que vienen del trabajo creativo, de la militancia, de la vida cultural activa, y que se encuentran con propuestas que todavía hablan el idioma de la vejez del siglo XX.
Por eso florecieron otras cosas. Más informales. Más horizontales. Tiraparaarribaengrupo tiene 77 mil seguidores en Instagram y organiza salidas grupales mixtas para mayores de 35 en CABA y alrededores. No es un club de jubilados ni una app de citas disfrazada de grupo de WhatsApp. Es exactamente lo que dice ser: un espacio para conocer gente nueva y reconectar. El andamiaje que la vida ya no provee sola, construido con intención.
Las fiestas para mayores de cincuenta en Buenos Aires hace años dejaron de ser solamente lugares para buscar pareja. Claudia Grisolia empezó a organizarlas después de divorciarse, cuando descubrió que casi toda la vida nocturna parecía pensada para gente treinta años más joven. Lo interesante es que hoy mucha gente va sin ninguna expectativa romántica. Van porque quieren volver a arreglarse para salir un martes, bailar música que conocen, reírse un rato y sentir que forman parte de una escena compartida. “Conocés hasta amigos, no solo parejas. Encontrás gente copada”, dice Grisolia.
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Las milongas entendieron antes que nadie algo que la psicología recién ahora empieza a explicar mejor: muchas veces la intimidad no nace mirando a alguien fijo a los ojos en una mesa sino haciendo algo al lado. Cuando la atención está puesta en otra cosa también baja la presión de resultar interesante, y entonces la conversación aparece más fácil.
También crecieron los clubes de lectura, los talleres, las caminatas urbanas. En librerías como Mandrágora en Villa Crespo, Eterna Cadencia en Palermo o Naesqui en Villa Ortúzar — con su espacio “LiteralMENTE” de gimnasia cerebral a través de la literatura — ya no es raro ver mujeres que llegan solas y terminan quedándose una hora más después del encuentro conversando en la vereda. No necesariamente porque hayan encontrado “la mejor amiga” sino porque, después de cierta edad, tener un lugar donde alguien pregunte si vas a ir la semana siguiente puede ser muchísimo más importante de lo que parece.
Silvia y el paso más pequeño
Silvia se sumó hace unos meses a la Comunidad Mil Horas, un espacio que nació dentro de La Revolución de las Viejas porque las mujeres lo pidieron: querían pasar de la conectividad a la conexión, encontrarse de verdad. La comunidad no tiene un formato único ni una agenda obligatoria. Algunas integrantes se reúnen para club de lectura. Otras organizan desayunos de los domingos. Hay quien da el paso más pequeño — y a veces más difícil — de encontrarse a tomar un café por Chacarita con alguien que conoció en el grupo.
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Antes de ir por primera vez, Silvia estuvo a punto de cancelar. Después contó que había pensado lo mismo que piensa casi todo el mundo la primera vez: que las demás ya se conocían, que iba a quedar sola, que no iba a tener tema de conversación. Más tarde se rió cuando descubrió que varias de las mujeres que estaban ahí habían llegado pensando exactamente lo mismo.
Lo que nadie te dijo sobre cómo empieza
La amistad adulta rara vez empieza como en las películas. Casi nunca hay una conversación inolvidable ni una conexión instantánea. Más bien aparece de maneras pequeñas y poco visibles: alguien mueve una silla para que te sientes, alguien pregunta si el lugar está ocupado, alguien dice “nos vemos el martes” como si ya diera por hecho que vas a volver.
El psicólogo Nir Bahsan, consultado por Infobae en 2026, tiene una primera recomendación que sorprende por su modestia: ser menos crítica. De niñas, la disposición a aceptar a los demás sin filtros era la norma. Con los años, los filtros se acumulan — la política, las opiniones, el barrio. Y esos filtros, dice Bahsan, son el primer obstáculo. El segundo es la expectativa de profundidad inmediata. La clave está en identificar lugares donde se reúna el mismo grupo de personas con cierta frecuencia. “De eso se trata: del contacto recurrente”, afirma. La familiaridad y la constancia construyen lazos de maneras que ningún primer encuentro puede forzar.
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Y quizás eso sea lo más nuevo de esta etapa de la vida: entender que la intimidad no siempre llega como llegó a los veinte. Que a veces empieza mucho antes, en algo bastante más modesto: la repetición. Ver las mismas caras. Cruzarse varias semanas seguidas. Tener una excusa para salir de casa un miércoles a la tarde.
Un día, casi sin darse cuenta, una descubre que recuperó algo que había perdido sin ponerle nombre: un lugar adonde ir, gente que espera, una pequeña trama alrededor de la propia vida.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
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