Cuando las puertas y las paredes hablan: la curiosa costumbre de escribir, grafitear y dejar huella en los baños públicos

Desde la antigüedad la “latrinalia”, los mensajes e inscripciones en las letrinas, es leída como un fenómeno de expresión y comunicación en la frontera de lo público y lo privado. Este modo peculiar en un sitio peculiar para la creatividad y el discurso despierta la curiosidad de especialistas que se disponen a analizar los mensajes que dejan las personas en los muros y a descubrir qué es lo que los motiva

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Aunque la práctica de utilizar las puertas y paredes de los baños como canales de comunicación y expresión tiene orígenes remotos, el concepto para llamarla, "latrinalia", fue acuñado recién 1966 por Alan Dundes, un folclorista de la Universidad de California, Berkeley (Daniela Soledad González)

“Este es un mensaje para mí. Hoy la vida no tiene sentido, me quiero morir. ¿Volveré a ver este mensaje?”.

Flotando en una puerta del baño de mujeres de la Biblioteca del Congreso, este texto fue el que encendió una pregunta en la bibliotecaria Silvana Castro, quien en 2002, cuando Marta Dillon la entrevistó para Página/12 , llevaba un par de años apuntando y guardándose los grafitis escritos por las usuarias de los cubículos para otras usuarias, o para quien pasara por ahí dispuesto a leer.

En ese texto, que analiza este espacio de comunicación espontánea que estalla, desde hace siglos en la historia, en la frontera de lo público y lo privado —un sitio donde manda la fisiología y gobierna la intimidad al que, a su vez, accede cualquier persona— bajo el cobijo y la libertad del anonimato, la periodista y su entrevistada intentaban descifrar el destino de la autora del mensaje desesperanzado.

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“No es posible saber si eligió el silencio de su marcador azul conmovida por la cantidad de respuestas unidas por flechas a su mensaje —escribe Dillon—. ¿O será suyo ese “gracias” que se pierde al final de la puerta, ahí donde las piernas dobladas suelen hacer equilibrio para que la ropa no toque el piso? Es mejor adivinar un final feliz para esa desesperación que se anotó en la pared descascarada y pringosa de un baño público, sería una manera de dar sentido a quienes se tomaron el trabajo de decirle (escribirle) a esa mujer anónima que la vida es bella, que el valor está en las pequeñas cosas, que “todas alguna vez nos sentimos así: no estás sola, querida”.

Luego, Dillon se preguntaba: “¿A quién se le ocurre permanecer más de lo necesario en esos lugares que amenazan con bacterias, infecciones, líquidos ajenos, restos de la condición femenina? ¿Quién lleva el marcador preparado junto con los pañuelos de papel cuando va al baño?”.

Lo cierto es, como le respondía Castro, que aunque nadie, o casi nadie, o muy pocas personas reconozcan que alguna vez lo hicieron, todos, o casi todos, o la mayoría de los baños públicos están escritos. Funciona un poco como las elecciones: nadie lo eligió, pues allí está y es Gobierno.

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Pero volviendo a los baños como recintos por excelencia para la comunicación de aquello que no encuentra otro sitio o modo mejor, podría decirse que las puertas de los cubículos funcionan como una suerte de ágora de la intimidad: esos espacios de nadie y de todos donde pueden expresarse sin miramientos ideas, deseos, dudas, confesiones, denuncias; donde se produce el intercambio con otros y otras o simplemente se busca, mediante una firma, una frase o el dibujo de un pene, dejar registro de ese paso por ahí. De la presencia. De que alguien es, está. Es que así como somos seres sociales y, por tanto, comunicacionales, somos seres ególatras. No alcanza con ser y estar: queremos mostrar.

“Ese espacio íntimo permite revelar algo del orden de lo no dicho. Surge una posibilidad para decir y para saber qué piensan otros", señala sobre la latrinalia la psicóloga Micaela Cristoforo, que lleva tiempo recopilando y registrando lo que las personas escriben en las puertas y paredes de los baños (Micaela Cristoforo)

Latrinalia: una práctica remota con nombre propio

Como tabula rasa dispuesta a convertirse en espacio creativo; para liberar emociones, sentimientos reprimidos; o como un sitio que convoca al análisis discursivo, sociológico o psicológico, incluso, utilizar las puertas y paredes de los baños como canales de comunicación y expresión no solo tiene orígenes remotos, sino también un nombre propio.

“Latrinalia” es el término que acuñó en 1966 Alan Dundes, un folclorista de la Universidad de California, Berkeley, en su ensayo Here I Sit — A Study of American Latrinalia (Aquí estoy sentado: un estudio de la latrinalia americana) para llamar a los grafitis en los baños. La palabra es el resultado de la combinación de “letrina” con el sufijo “alia”, que indica algo colectivo, un conjunto o colección: un concepto que implica un plural. La latrinalia define a todos los tipos de expresiones —es el grafiti, son las frases, las poesías, las preguntas, los diálogos, las reflexiones introspectivas, los pedidos de ayuda, las consignas políticas, los mensajes de amor, los de despecho, los de contenido sexual, los datos de contacto, el humor, los dibujos, las conversaciones anónimas que se prolongan con la suma de los mensajes en respuesta a uno inicial o las expresiones solitarias como la mancha de una pequeña hormiga aplastada en la puerta— que señorean en las aberturas y paredes de los baños. Es otra forma de comunicación que refleja en un espacio íntimo aquello que las personas sienten, piensan, hablan o callan en el espacio público.

Antepasado prehistórico y analógico de los muros de las redes sociales, un artículo escrito por Chiara Wilkinson en The Guardian en 2023, que analiza la latrinalia en diferentes pubs y bares del Reino Unido, dice que el comienzo de esa práctica se remonta a la antigua Roma. La periodista señala que aunque el concepto fue creado en el 1966, “se descubrieron grafitis escatológicos en las letrinas de Pompeya”, la ciudad romana (hoy sitio arqueológico) situada a orillas del golfo de Nápoles, en la región de Campania, al sur de Italia, y destruida durante la erupción del Vesubio en el año 79 de la era común. “El poeta romano Marcial —continúa— hizo referencia a la escritura en los baños en el siglo I d. C., reconociéndola como una forma literaria (aunque humilde), y aconsejando a los lectores que buscaran a ‘un poeta borracho del oscuro arco que escribe versos con carbón tosco… que la gente lee cuando defeca’”.

La latrinalia define a todos los tipos de expresiones que señorean en las aberturas y paredes de los baños. Es otra forma de comunicación que refleja en un espacio íntimo aquello que las personas sienten, piensan, hablan o callan en el espacio público (Micaela Cristoforo)

Material de academia y de diván<b> </b>

Aunque no pueda saberse con exactitud a quién se le ocurrió por primera vez en la historia que era entretenido escribir en el baño para que alguien más lo leyera, o que el espacio de las más absoluta privacidad y anonimato era un buen contexto para decir algo que de otro modo no se diría, lo cierto es que la latrinalia es una práctica extendida a lo largo de la humanidad y que persiste junto a ella, aunque ahora sobren medios y espacios para canalizar ideas y pensamientos, aún desde el anonimato. Algo atractivo tiene el hormigón, la madera, el marcador, la presión de la mano real dejando huella en una puerta. El hecho de marcar un sitio para compartir algo con el próximo que pase por ahí. Y eso también ha sido objeto de estudio y fascinación a través del tiempo.

La psicóloga Micaela Cristoforo, que además estudia Artes de la Escritura, lleva unos años recopilando y registrando, como lo hacía la bibliotecaria del Congreso entrevistada por Dillon, lo que las personas escriben en las puertas y paredes de los baños, motivada por la curiosidad y el deseo de conocer las razones que llevan a escribir en esos lugares.

“Es un fenómeno interesante por la intimidad y a la vez la extimidad del espacio”, dice, y rastrea, como la periodista de The Guardian, los orígenes de la escritura en los muros —aunque no específicamente en los de los baños—: “En los comienzos de la civilización humana la escritura se plasmaba —aunque no únicamente— en las paredes. Desde los egipcios hasta los mayas, escribir ha sido una parte fundamental de la cultura. En sus inicios los fines no eran literarios o artísticos sino que tenían una función práctica y administrativa. Eventualmente la escritura adoptó otros propósitos”, repasa.

Y ofrece otro término para pensar y aplicar a la latrinalia: “Estamos rodeados de lengua. Es nuestra principal herramienta de comunicación. Podemos encontrar palabras por todas partes. Estas se denominan ‘paisajes lingüísticos’ (PL), un concepto introducido por [los investigadores] Landry y Bourhis en 1997 como el conjunto de signos lingüísticos visibles en el espacio público y privado. Son expresiones lingüísticas que encontramos en un paisaje determinado (urbano o rural). Suelen ser escritas y pueden ser señales públicas o privadas. Publicidad, letreros, envases, graffitis, expresión urbana, entre otros. Es un fenómeno dialógico, polisémico y de estudio cultural. Los paisajes lingüísticos se presentan como microdiscursos: mensajes breves que transmiten una idea, emoción o posición. Puede ser una sola frase, una consigna, un insulto, una reflexión filosófica o una confesión personal. Se llama ‘micro’ porque es pequeño en su extensión, pero puede tener un gran contenido simbólico, emocional o político”, aclara.

Se puede decir, entonces, que los mensajes que aparecen en los baños públicos son paisajes lingüísticos con microdiscursos que integran un campo de estudio propio. La psicóloga explica que a partir de esa definición “se consolida una línea de investigación en la sociolingüística urbana: los Estudios del Paisaje Lingüístico (EPL), que permiten analizar cómo los hablantes y las comunidades negocian, reinventan y construyen sus prácticas lingüísticas en relación con el espacio y el contexto histórico”.

Las analistas de los textos en los baños distinguen dos tipos de mensajes, los “bottom-up” (de abajo hacia arriba), que son aquellos espontáneos, registrados por personas comunes para expresarse y apropiarse del espacio, y los “top-down” (de arriba hacia abajo), que son aquellos comunicados oficiales, emitidos por instituciones o autoridades (Daniela Soledad González)

Para hacer este análisis Cristoforo se basó en distintos estudios previos, entre ellos un artículo de la doctora en Letras, especialista en Lingüística, Daniela Soledad González, titulado: “El paisaje lingüístico en los baños de mujeres de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza - Argentina”, publicado en 2023 por la revista científica Entramados, un medio internacional y multidisciplinario, editado por la Universidad Libre de Colombia, que difunde investigaciones en el campo de la educación y la sociedad.

En diálogo con Infobae la académica, también especializada en Análisis del Discurso, dice que para ese paper se dispuso a analizar los microdiscursos que encontró en los baños de mujeres de la universidad “porque veía todo el tiempo las inscripciones que había en las puertas, en las paredes y todas las intervenciones, stickers y lo que se decía en estos sitios, que si bien son públicos también son semiprivados, porque hay un área que es privada y es donde, justamente por estar a solas, las personas se animan a escribir ciertas expresiones e ideas que no dirían de otra manera”. “O sea, entra en juego el factor anonimato que permite otro tipo de soltura”.

González explica que la latrinalia le llamaba la atención desde mucho antes de lanzarse a analizar y escribir el artículo, y que si bien “había ciertos mensajes que eran muy graciosos y ocurrentes”, su búsqueda estaba focalizada en “hacer una revisión general del tipo de interacción que planteaban todos los mensajes en su conjunto, ver qué es lo que primaba y y qué podía encontrar de interesante”.

“¿Qué encontré? En primer lugar que había muchos estilos tipográficos: letras grandes, letras chicas, menos formales y más vulgares y diferentes estilos de comunicación” —señala la especialista—. “A su vez había diferencias en las funciones que los mensajes, también llamados microdiscursos, cumplían”. Y realiza una distinción: “Hay ciertos lugares donde predominan los mensajes que se llaman ‘top down’, o sea que son los de bajada de línea desde arriba de algún tipo de normativa o instrucción, pero en este caso era particularmente productiva la forma de mensaje ‘bottom up’, que sería la contraria, la que emerge de las personas que están frecuentando ese ambiente. Y eso fue lo interesante y lo que marcó la originalidad del trabajo y su impacto, que tuvo que ver con entender el modo de pensar de las usuarias de los baños en este caso y comprender qué generaba la interacción, sobre todo; es decir, los mensajes que iban respondiendo a otros mensajes”.

Tomando el artículo de González como una de sus fuentes, Cristoforo también habla de la diferencia entre los mensajes “bottom-up” (de abajo hacia arriba) y los “top-down” (de arriba hacia abajo), y especifica que los primeros, que son los que se encuentran en los baños públicos “son mensajes espontáneos, individuales, colectivos, hechos por personas comunes, marginales o alternativas sin autorización oficial. Intervienen el espacio con intención de expresar, resistir, provocar y son formas de apropiarse de lo no propio”. En cambio los segundos “son mensajes oficiales, emitidos por instituciones o autoridades, como carteles de ‘No fumar’, normas de higiene, señales de tránsito, instrucciones de uso”.

Diferentes estudios concluyeron que plasmar emociones y sentimientos de manera anónima, a modo de descarga, puede favorecer el estado anímico e incluso la salud mental y física (Micaela Cristoforo)

Motivaciones, diferencias de género e impacto de los mensajes en quien los lee<b> </b>

Con el bagaje teórico a cuestas, Micaela Cristoforo fue al baño y se dispuso a analizar los mensajes que encontró según el género de los recintos e intentó dilucidar, a partir de eso, las motivaciones de sus autores:Los usos de estos espacios suelen dividirse según el género y el contenido escrito en ellos puede variar dependiendo de la taxonomía sexual o las construcciones sociales de lo que se supone que es ser un hombre y una mujer. No importa. Ambos escriben en los baños por igual. La diferencia se encuentra, tal vez, en qué escribe cada uno”.

Chiara Wilkinson, en su artículo para The Guardian, coincide en que la mayoría de los estudios sobre los grafitis en los baños han tenido como foco comparar los microdiscursos de los cubículos de los hombres con los de las mujeres, y afirma que “los garabatos en los baños de mujeres expresan más vulnerabilidad, hablan de relaciones y muestran más solidaridad, mientras que los hombres tienden a dibujar y escribir insultos”. “En su estudio de 2003 sobre 723 inscripciones de la biblioteca central de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, James A. Green escribió: ‘Las mujeres hablaban más sobre la imagen corporal que los hombres’. Ese mismo artículo afirmaba que los temas más frecuentes en los baños de hombres eran la política y los impuestos, mientras que las inscripciones en los baños de mujeres solían pedir consejos personales y —de forma desalentadora— ‘discutían qué acto exacto constituye violación’”.

Ese espacio íntimo permite revelar algo del orden de lo no dicho. Surge una posibilidad para decir y para saber qué piensan otros —dice Cristoforo—. Se denuncian hechos políticos y sociales, se exponen secretos, se piden favores, se escriben poemas, frases, se declaran amor, se lamentan, se preguntan cosas, se responden, se escriben nombres, números, se insultan, se amenazan, se ofrecen, se demandan, se reclaman, se escribe. Una anónima catarsis colectiva. Un lugar pensado para la higiene personal se transforma en un lugar donde el pensamiento puede externalizarse. Se deja en las puertas algo momentáneamente estático que puede ser borrado todo el tiempo. Lo que circula son las personas. Lo que queda son las palabras”.

Otro aspecto importante que menciona sobre este tipo de comunicación tiene que ver con los hallazgos que aseguran que plasmar diferentes emociones y sentimientos de manera anónima, a modo de descarga, puede favorecer el estado anímico e incluso la salud mental y física. En ese sentido, el baño público “ofrece un espacio seguro para explorar y procesar emociones difíciles, lo que puede llevar a transformar el dolor en alivio. Algunas investigaciones revelan que escribir sobre eventos significativos puede tener un impacto positivo en el sistema inmunológico, habiendo una conexión entre la escritura y la salud física”. En la misma línea, recogió conclusiones de un estudio de 2023 que afirma que “escribir es una herramienta para resolver problemas. La escritura sobre situaciones estresantes puede ayudar a identificar y comprender los conflictos, así como a evaluar posibles soluciones. Esta reflexión [escrita] conduce a una nueva perspectiva y a nuevas herramientas, reduciendo el estrés inicial”.

Quizás eso le sucedió a la usuaria del baño de la Biblioteca del Congreso, la que no le encontraba sentido a su vida y fue contenida, anónimamente, por muchas otras.

“Como cadáveres exquisitos, las frases anónimas se completan con otras creando diálogos en los que Silvana Castro cree ver ‘la ambición borgeana de componer una literatura poblada de textos anónimos que sólo se produzca a través de sucesivas lecturas y donde todo autor sea necesariamente un lector’”, escribió Dillon en aquella nota.

La periodista de The Guardian, Chiara Wilkinson, cuenta que en países como Zimbabue, Jordania, Canadá, Cuba y China se realizaron estudios que tenían como objeto a la latrinalia principalmente en los baños universitarios, como lo hizo Daniela Gonzalez en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo en el 2022. “En cualquier época histórica existe la necesidad de dejar huella, de expresarse, y de sentir que la gente te escucha”, dice Richard Clay, profesor de Culturas digitales en la Universidad de Newcastle y autor del documental Una breve historia del grafiti.

“Jodie, de 25 años y originaria de Edimburgo, se topó con un grafiti en un cubículo mugriento durante una noche de fiesta en un bar de mala muerte en el este de Londres”, escribe Wilkinson. Ahí, un interrogante la interpeló: “¿Lo estás pasando bien?”. Debajo, una columna de “Sí” y otra de “No”. Y alrededor, una red de comentarios positivos. Cerca de veinte marcas escritas con diferentes colores de biromes o labiales completaban ambas columnas. “Durante toda la noche veías cómo se añadían diferentes marcas y te sentías parte de esa salida de una forma más amplia que la de estar con tus amigos”, le dijo Jodie. “Lo importante era que los comentarios eran muy variados, así que había mucha gente que había salido la misma noche, pero con experiencias diferentes. Te hacía percibir que cualquier sentimiento que tuvieras era válido”. Aquella noche Jodie regresó al baño, delineador de ojos en mano. “Marqué la columna del ‘Sí’, pero recuerdo haber pensado que había salido de fiesta en ocasiones en las que no lo había pasado tan bien, y ver esa columna [del ‘No’] me habría hecho sentir más feliz o menos sola”.