
“Quemé toda la ropita de mi nietito. Y también un camioncito de juguete. Lo quemé todo, porque no quería que mi hija sufriera cada vez que viera sus cosas”, dice Juliana Eues (36), sin saber que Amalia (20) nunca podrá olvidar el año y los diez meses que vivió junto a su hijo Lautaro, muerto por desnutrición cuando una ambulancia lo trasladaba desde Morillos a Embarcación, en el chaco salteño. El sexto chiquito fallecido por esa causa, en esa provincia, en lo que va del año. Ni siquiera dejará de recordarlo cuando el embarazo de cinco meses que lleva en su vientre se transforme en una vida que corra por el patio de tierra de su casa de la Comunidad Wichi El Tráfico, en Embarcación, a 1670 kilómetros de Buenos Aires.
Pero no todas las cosas del bebé se hicieron cenizas, aunque sí los sueños de Amalia de verlo crecer feliz. Por olvido, o porque el destino lo quiso así, un osito de peluche que le regalaron se salvó de la hoguera, y ella, ahora, lo acaricia una y otra vez con ternura. Le queda eso y una foto que le sacó su mamá y guarda en su celular. Pero ahí no está con él: ni siquiera le quedó el consuelo de verse abrazándolo cuando estaba vivo.
Lautaro Mario Genaro Fernández, tal el nombre completo que le dieron cuando nació el 8 de abril de 2018, murió el 25 de enero de este año en la más absoluta indefensión, en medio de la ruta 81, cerca de nada. Cuando nació, le dieron el DNI 56676240. Un argentino más. En el momento de irse, pobre, nadie recordó que lo era.

Amalia tiene los ojos vacíos, camina casi como una autómata y por instinto se toca la panza, donde lleva una nueva esperanza. Ya no llora, porque, dice, “lloré mucho cuando murió, porque no pude hacer nada para salvarlo. Nadie me ayudó. Estuve muy sola”.
“Mi hijito estaba enfermito. Muy débil. Tenía diarrea y vómitos. Yo lo llevé al médico, estuvo tres días internado, y después le dieron el alta. Y aunque lo veía decaído, me dijeron que estaba bien”, relata sobre los últimos tiempos de su niño.
Unos días antes de la muerte de Lautaro, Amalia lo llevó de viaje. “Fui a visitar a una tía en Los Blancos, que es a dos horas de colectivo. Cuando llegamos se enfermó. Fue de golpe, nomás… Lloraba y lloraba, y lo llevé a la salita de ahí”, recuerda con voz monocorde.

“Los enfermeros me dijeron que estaba muy deshidratado y desnutrido. Y también que lo tenían que trasladar urgente a Orán. Nos subimos con su papá y el enfermero, que también era el que manejaba. Pero se descompuso la ambulancia. Enseguida empezó a agitarse mucho... y falleció en el camino. Tenía puesto suero, nomás”, dice mirando el dibujo infantil de la ficha de salud de Lautaro.
El certificado de defunción, que firma el doctor Juan Carlos Pisconte, dice que murió a las 19 horas, “por un paro cardiorrespiratorio, debido a un desequilibrio interno por una gastroenterocolitis aguda”, y como otro estado patológico señala “desnutrición moderada”.
Cerca de ella, pero siempre en segundo plano, se ubica Andrés Fernández, su pareja. “Estuvimos distanciados, pero cuando se enteró de que mi changuito estaba enfermo, volvió. Y no se separó de mi lado”.
Amalia se enteró de que iba a ser mamá de Lautaro recién a los cinco meses, cuando fue al hospital porque le dolía el estómago. “El nombre se lo elegí yo. Lautaro porque me gustaba, y Genaro se lo agregué por el recuerdo que tengo de mi papá”.

“Él nació con un peso normal, pero después bajaba y subía, aunque acá nunca me dijeron que estaba en riesgo. Nunca me avisaron qué problema tenía, me decían que tenía buena salud. No pensé que iba a pasar esto. A la agente sanitaria le pedí que sacara un turno para atenderlo, pero nunca lo hizo…”, acusa.
Haydeé López es la agente sanitaria, y vive en la Comunidad La Loma. Según cuenta, “el turno lo tenía el 17 de diciembre, está todo asentado. Pero no fue porque estaba de viaje en Misión Chaqueña (una comunidad wichi). Ella es una chica golondrina, iba de acá para allá. Su temor era que lo internaran y le dieran muchas inyecciones”.
Como sea, Lautaro ya no está. No es el único dolor que lleva Amalia. La familia, oriunda de Embarcación, se fue a vivir a Perico, en Jujuy, por el trabajo del padre en la finca Salvita. “Estuvimos 12 años, hasta que a mi papá le agarró un cáncer de estómago y murió a los 49 años. Ahí nos volvimos para acá”.

En Embarcación conoció a Andrés, y al tiempo llegó Lautaro. “Estaba contenta, imaginaba que se iba a ir criando, lo veía en la escuela, eso pensaba”. Hoy, el panorama de la familia es sombrío. Viven en una casa que comparten con su hermana y su madre, tres habitaciones de madera. Y ambos están sin trabajo.
“No tenemos ni la Asignación. Para tener luz nos colgamos de un vecino, pero se la tenemos que pagar. Y agua lo mismo, nos tira una manguera”, cuenta. Igual, mirando hacia el futuro y su embarazo, lo peor es que “a veces tenemos para comer, y a veces no…”. Y el “a veces”, según confesó con algo de vergüenza en la despedida, fue hoy mismo.
Quizás ahí, en esa pancita que crece, Amalia encuentre consuelo. Por ahora, no sabe el nombre que llevará. Ni si es una nena o un varón. Le da lo mismo. Andrés, en cambio, desea “un changuito”. Como dicen las abuelas con razón: que venga con salud.
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