La última imagen que recuerda Carlos Eduardo Robledo Puch de su vida fuera de prisión es la de su madre Aída, derrumbada y sin parar de llorar al costado del patrullero que se lo llevó de la puerta de su casa de Villa Adelina. Era el 3 de febrero de 1972. La noche anterior había matado a un sereno y a su amigo y cómplice Héctor Somoza. Por entonces le gustaban los coches caros, los boliches y la ropa de moda.

Aquel joven de 20 años, de pelo enrulado rubio, ojos celestes y cara angelical, a quien la crónica roja llamó “El Angel Negro”, es hoy un hombre calvo y debilitado que pasa sus días encerrado en una celda de la cárcel de Sierra Chica. Desde la detención de Robledo Puch -asesino de once personas- pasaron 47 años, 11 meses, y 8 días. El equivalente a 17.509 días de encierro. Cumple una pena por diez homicidios agravados, un homicidio simple, 17 robos y dos casos de abuso deshonesto cometidos entre 1971 y 1972. Durante el tiempo que lleva entre rejas, la Argentina tuvo dos dictaduras (comandadas por ocho militares) y quince presidentes democráticos.
Pero el dato más saliente, hoy, es que se convirtió en el preso argentino que más años lleva preso en una cárcel. Hasta marzo de 2006, el más antiguo era Aníbal González Higonet, alias El Loco del Martillo, que en 1963 mató a martillazos a tres mujeres. Estuvo preso 43 años y recuperó su libertad. Murió dos años después. En ese lapso, su deseo era volver a la cárcel. A nivel mundial ya superó el triste récord de Charles Manson, el asesino de la actriz norteamericana Sharon Tate, que pasó en prisión 46 años, hasta su muerte el 19 de noviembre de 2017. De todos modos, el asesino argentino no será récord Guinnes. Hay hombres que pasaron más años a la sombra. Por ejemplo, Sheldry Topp, que salió en libertad en 2019, a los 74 años, después de cumplir una condena de 56 temporadas preso por matar a un hombre en Michigan, Estados Unidos.

Con todo, el argentino no está lejos de alcanzarlo, siempre que la salud se lo permita. El 23 de mayo de 2019 fue internado en el Hospital de Olavarría por una neumonía multifocal. Y el 19 de este mes, cumplirá 68 años. “Cada día muero un poco, ya me hice la idea de morir en la cárcel”, suele decir a los guardias el criminal que mataba a sus víctimas por la espalda o mientras dormían. Aunque no parece que llegar al récord mundial sea una de sus ilusiones: en los últimos 15 años, pidió la libertad diez veces. En la mayoría de las ocasiones, su defensa argumentó que la pena estaba agotada. Pero la Cámara de Apelaciones de San Isidro siempre rechazó los planteos.
Hace dos años, el juez de Ejecución de la Cámara Penal sanisidrense Duilio Alberto Cámpora había ordenado que fuera beneficiado con un régimen semiabierto. Incluso se analizó la posibilidad de trasladarlo al penal de Gorina, donde podría tener más salidas de su celda y quedaría más cerca de su libertad. Pero Robledo pidió quedarse en Sierra Chica y que le construyeran una casa para él, alejada de los pabellones.

Los antecedentes se suman. En 2015, la Corte Suprema de Justicia de la Nación le negó la libertad al confirmar el fallo de la Suprema Corte bonaerense, que había desestimado un planteo interpuesto por la defensa oficial de Robledo Puch. En 2010. un allegado a uno de los camaristas había sido claro ante Infobae sobre la actitud de éste frente a la posibilidad de dejarlo libre: “Me dijo que jamás firmaría su libertad. Y no creo que ningún colega lo haga. No sólo porque existe la convicción de que no podrá readaptarse a la sociedad y según los peritos sigue siendo peligroso, sino porque sería un escándalo. Nadie querrá hacerse cargo de que ese hombre esté caminando por las calles”.
Al autor de esta nota, el ex ministro de la Corte, Raúl Zaffaroni (que ya no era miembro cuando el máximo tribunal falló contra el pedido de Robledo) le explicó: “En realidad, nadie puede sufrir una pena realmente perpetua en la Argentina. Hace poco escribí un artículo que se publicará en el homenaje a una profesora de Córdoba sobre las penas máximas en la legislación vigente, que creo que las señala la ley 26.200 (que es la que determina la pena de los delitos contra la humanidad en el derecho interno), pero que no viene al caso, porque Robledo está condenado con la ley anterior a las disparatadas reformas Blumberg. Conforme a la ley que le es aplicable, la perpetua a Robledo Puch es susceptible de libertad condicional. Se discute si esta es un derecho; personalmente creo que sí. No conozco los motivos por los que se le denegó el pedido, pero seguramente habrán hallado que alguno de los requisitos no se daba en el caso. En el plano de la realidad y al margen de ls jurídico, debe pesar que ni los peritos ni los jueces se animan a otorgarle la libertad condicional”.
En una carta que le envió a la Corte, el Ángel Negro mostró su impotencia ante esas negativas: “Como me siguen negando la libertad, ¿por qué no me cambian la pena por una inyección letal?".

Sus declaraciones públicas, que emitió en contadas ocasiones, tampoco lo ayudan a mejorar su imagen. Aunque cometió los crímenes entre 1971 y 1972, lo juzgaron en 1980. El 27 de noviembre de ese año lo condenaron a cadena perpetua con reclusión por tiempo indeterminado. “Esto es una farsa. Un circo romano. Algún día voy a salir y los mataré a todos”. Esa es la frase que le adjudican al condenado ante los jueces. Pero siempre se dudó la veracidad de esa amenaza.
“Cuando salga en libertad me gustaría volver a andar en moto, nadar, ir al cementerio a visitar a mis padres, escribir mi libro, y laburar cuidando algún campo con una jauría de perros rabiosos”, le dijo Robledo al autor de esta nota en 2008.
En dos pericias distintas, una hecha en 2008 y la otra en 2015, Robledo respondió de forma delirante cuando le preguntaron qué pensaba hacer cuando saliera libre. La primera vez dijo: “Voy a suceder a Perón”. Y la segunda: “Lo primero que voy a hacer matar a Cristina Kirchner”.
Y reveló que tiene un sueño recurrente: “Me viene a buscar un guardia y me dice: ‘Carlitos, armate el bolso que te dieron la libertad’. Pienso que es una broma. Pero todos, presos y guardias, comienzan a aplaudir. Salgo de la cárcel y camino al costado de la ruta, hasta que el cielo se pone todo negro y caen meteoritos. Y ahí descubro que ha llegado el fin del mundo”.
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