
Algunas personas mantienen su peso más allá de su dieta, lo que ha llevado a los científicos a considerar que, en algunos casos, el metabolismo y la predisposición a la obesidad estarían influenciados por factores genéticos.
Un extenso estudio, que analizó los genomas de más de un millón de individuos en tres continentes, identificó variantes genéticas que podrían explicar este fenómeno.
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Según la investigación, una variante rara del gen FNIP1 fue asociada con menos grasa corporal, un hígado más sano y mejores niveles de glucosa en un análisis de 1.032.116 personas de América del Norte, Europa y Asia, un hallazgo que apunta a una posible vía terapéutica contra la obesidad, la diabetes y la enfermedad cardiovascular.
El estudio, liderado por Luca A. Lotta, del Regeneron Genetics Center y publicado en Nature detectó que quienes portan esa alteración genética natural también presentan una probabilidad cerca de 60% menor de enfermedad cardiometabólica.

El trabajo identificó 59 genes vinculados con la relación entre triglicéridos y colesterol HDL en sangre, un marcador asociado con adiposidad, resistencia a la insulina, grasa hepática y presión arterial. De esos 59 genes, 23, es decir cerca de 40%, ya tienen fármacos aprobados o en evaluación clínica.
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La investigación se apoyó en secuenciación del exoma, la parte del ADN que contiene instrucciones para fabricar proteínas y representa alrededor de 1% del genoma.
Luego, examinaron la relación triglicéridos/HDL en su sangre y compararon esos resultados con datos de diagnóstico avanzados. Mediante un programa informático llamado REGENIE, buscaron variantes genéticas asociadas con niveles elevados o bajos de triglicéridos/HDL.
Qué descubrió el estudio sobre la variante de ADN

Los investigadores concluyeron que cerca de una de cada 7.000 personas porta una mutación natural que desactiva una copia de FNIP1. Ese gen actúa como un freno sobre el gasto energético celular, al impedir que las células quemen demasiada energía.
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Frente a las personas sin esa variante, los portadores mostraron niveles más bajos de triglicéridos y de colesterol LDL, menor peso corporal, menor porcentaje de grasa y una distribución de grasa más favorable. También registraron glucosa más baja y una cantidad significativamente menor de grasa almacenada en el hígado.
El estudio también reforzó el valor de una medición sanguínea simple: la relación triglicéridos-HDL. Un valor alto de ese cociente estuvo fuertemente asociado con exceso de grasa corporal, acumulación de grasa alrededor de órganos vitales, resistencia a la insulina e hipertensión.
El informe señala que casi todos los genes detectados actúan en el hígado y el tejido adiposo, dos centros clave del metabolismo. Ese patrón ayudó a los autores a vincular los hallazgos genéticos con la forma en que el organismo equilibra la energía, almacena grasa y regula el azúcar.
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Los experimentos respaldaron el efecto metabólico

Para comprobar que la desactivación de FNIP1 explicaba realmente esas ventajas, los investigadores silenciaron el gen en células hepáticas humanas. Las células activaron de inmediato genes encargados de descomponer grasa y eliminar desechos celulares.
Después reprodujeron la intervención en ratones al bloquear la vía de FNIP1 en el hígado. Incluso bajo una dieta rica en grasa y azúcar durante hasta 30 semanas, los animales quedaron fuertemente protegidos frente al aumento de peso y la acumulación de grasa hepática.
El trasfondo del hallazgo es la expansión de las enfermedades no transmisibles asociadas al metabolismo. La enfermedad cardiovascular causó unos 19,8 millones de muertes en 2022 y que en Estados Unidos casi la mitad de los adultos vive con presión arterial alta.
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A eso se suma que más de 72% de la población carga con un peso no saludable y que más de la mitad convive con diabetes tipo dos o prediabetes. Los autores parten de que las alteraciones del metabolismo energético, central para el uso y almacenamiento de grasa y azúcar, impulsan la progresión de esas enfermedades.
La conclusión del trabajo es directa: FNIP1 cumple un papel decisivo en la gestión de la energía y de los biomarcadores metabólicos en humanos. A partir de ese resultado, los investigadores plantean que bloquearlo con fines terapéuticos podría convertirse en una estrategia para tratar obesidad, diabetes y enfermedad cardíaca.
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