“Uno de cada tres adultos en todo el mundo aún no cumple con las directrices de actividad física de la Organización Mundial de la Salud (OMS)”, advirtió un estudio publicado en Nature Health.
El trabajo fue dirigido por la investigadora principal, Andrea Ramírez Varela, doctora en Filosofía y Máster en Salud Pública (MPH), profesora adjunta del Departamento de Epidemiología de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Texas.
Según la OMS, es vital cumplir con el mínimo recomendado de 150 minutos semanales de actividades de intensidad moderada.
Los investigadores liderados por Ramírez Varela revelaron que el 92% de los países dispone de algún documento normativo sobre actividad física, pero apenas el 35% ha desarrollado una política dedicada de forma exclusiva a este ámbito.
A pesar del crecimiento en la formulación de políticas desde 2004, “la actividad física, como conducta que mejora la salud y tiene otros beneficios, no ha aumentado desde 2012”, afirmó la especialista.
La OMS subraya que la insuficiencia de ejercicio constituye un factor de riesgo para enfermedades crónicas, reforzando así la importancia de adaptar las recomendaciones a intervenciones más eficaces.
La investigación examinó datos de 218 países obtenidos a través de entrevistas, revisiones de estudios científicos y documentos oficiales, abarcando el periodo entre 2004 y 2025. El equipo analizó por qué las directrices internacionales sobre actividad física han mostrado tan bajo impacto en la vida cotidiana.
Cuáles son las causas de la inactividad física
Las principales causas por las que uno de cada tres adultos no alcanza los niveles de actividad física recomendados por la OMS incluyen la falta de implementación efectiva de políticas públicas, la ausencia de consenso internacional sobre el rol de la actividad física en la salud, inequidades de género y nivel socioeconómico, y el acceso desigual a oportunidades para realizar ejercicio.
Además, factores urbanos, barreras culturales y el impacto del cambio climático en la posibilidad de realizar actividades al aire libre dificultan la adopción de hábitos más activos en la población.
“Queríamos comprender realmente por qué, tras esta aparente mejora en el desarrollo de políticas, no se había producido ningún cambio ni se había trasladado a la práctica”, puntualizó Ramírez Varela.
Entre las explicaciones identificadas figura la falta de consenso internacional sobre si la actividad física debe considerarse un objetivo en sí misma o un medio para lograr otros fines en salud pública, como la mejora cardiovascular.
Para Ramírez Varela, “no hay consenso sobre si la actividad física es un resultado o un medio para lograr otros resultados. ¿Queremos aumentar los niveles de actividad física para mejorar la salud cardiovascular y otros resultados, o simplemente queremos mejorar la actividad física?”
La investigadora aboga por un enfoque multisectorial. Su equipo plantea que integrar la actividad física en el urbanismo (“la actividad física debe integrarse en el diseño de nuestras ciudades, contribuyendo a crear comunidades donde la gente quiera vivir y moverse más”) y en la educación puede incrementar su práctica e impacto.
La comparación con el tabaco y la necesidad de liderazgo
Ramírez Varela y sus colaboradores comparan la situación actual con el avance en la regulación del tabaquismo en las décadas recientes.
“Hace casi treinta años, fumar estaba mucho menos regulado. Se permitía fumar en aviones, en interiores y en la mayoría de los espacios públicos. Hoy en día, tanto la industria tabacalera como el hábito de fumar están sujetos a amplias regulaciones”, explicó la investigadora, quien agregó: “Podemos fomentar ese mismo nivel de compromiso político con la actividad física.”
A fin de cerrar la brecha entre el diseño y la aplicación de políticas, el equipo recomienda fortalecer redes de liderazgo y asociaciones intersectoriales dedicadas a promover el ejercicio físico de forma coordinada.
“El hecho de que no esté plenamente implementado hoy simplemente significa que aún tenemos trabajo por delante”, dijo Ramírez Varela.
La publicación en Nature Health se acompaña de otros dos análisis poblacionales, todos con participación de Ramírez Varela, quien además comenzó a documentar esta tendencia en The Lancet en 2012 y actualizó hallazgos en 2016 y 2021. El trabajo actual reconoce la colaboración del difunto Harold W. Kohl III, profesor de epidemiología en UTHealth Houston, como coautor.
Así, se consolida la evidencia de que la inacción física sigue siendo un desafío crónico para la salud pública mundial.
Más hallazgos de los expertos
La actividad física global no ha experimentado mejoras sustanciales en los últimos veinte años, pese a la adopción masiva de políticas en numerosos países.
La persistencia de inequidades de género y nivel socioeconómico subraya que los esfuerzos de los gobiernos y organismos internacionales han sido insuficientes para integrar la actividad física como un componente central de la salud pública y de estrategias más amplias como la resiliencia climática.
Según otros dos estudios publicados en Nature Medicine, el desafío demanda una acción articulada, con énfasis en la justicia social y ambiental.
Las cifras expuestas reflejan la magnitud del problema: la inactividad física provoca más de cinco millones de muertes al año en todo el planeta. El acceso desigual a oportunidades de actividad física, segmentado por factores como la geografía, el género y el nivel socioeconómico, se mantiene como un desafío para los sistemas de salud pública.
Un equipo liderado por Deborah Salvo documentó en Nature Medicine las expresivas diferencias entre países y grupos sociales. En el análisis de datos de 68 países, los autores detectaron que el acceso al ocio activo —la única modalidad elegida y no impuesta— es 40 puntos porcentuales mayor en hombres con recursos de países de altos ingresos respecto de mujeres de escasos recursos en países de ingresos bajos.
El estudio identificó que la práctica de actividad física impulsada por la necesidad económica, como los trabajos manuales o relacionados al transporte, es predominante precisamente entre los sectores menos favorecidos. Paralelamente, se consolidan pruebas sobre las múltiples ventajas asociadas: “La actividad física refuerza el sistema inmunitario, reduce el riesgo de enfermedades infecciosas, disminuye los síntomas de depresión y se vincula a mejores pronósticos oncológicos”, concluyeron los autores en Nature Medicine.
El impacto de la actividad física sobre la crisis climática y las emisiones
Las interacciones entre actividad física y el cambio climático emergen como un tema central en la publicación liderada por Erica Hinckson en Nature Health. El modelo propuesto sugiere que el fomento sistemático de caminar, andar en bicicleta y usar transporte público reduce las emisiones, mientras que la crisis climática —a través de fenómenos como olas de calor extremas— limita las oportunidades de ejercicio al aire libre.
El informe advierte que parte de las iniciativas para estimular la actividad física pueden, paradójicamente, incrementar las emisiones contaminantes o provocar efectos colaterales, como el desplazamiento de residentes en ciudades en desarrollo por la construcción de infraestructura peatonal. El grupo investigador sostiene que “los desafíos climáticos y de salud están profundamente interconectados”, y aboga por la integración de agendas de promoción de la actividad física y lucha contra el cambio climático. Esta integración, argumentan, requiere objetivos y métricas comunes, y debe orientarse a las comunidades más afectadas.