Ya tiembla el cuadrado,
Se encienden las luces,
Y explota el aplauso
Que es como un clarín.
Segundos afuera
El músculo cruje,
Y van dos titanes
Al centro del ring.
("Segundos afuera", tango grabado por Edmundo Rivero)
En términos pugilísticos, son dos peso-pesado. Pelean en la provincia pero por mucho más que la provincia. Ponen en juego modelos antagónicos. María Eugenia Vidal, como retadora simbólica, quiere allanar el camino para profundizar las reformas nacionales. Cristina Kirchner busca revertir ese proceso convencida de que viene de la mano de mayor ajuste.
Como si eso fuera poco, en el combate dirimen sus propios destinos: la gobernadora, su proyecto reeleccionista; la ex presidenta, su liderazgo dentro del justicialismo.
Vidal no es candidata pero se subió al ring para ayudar a quienes sí lo son a dar con el peso y la categoría de su principal rival. Es la política con mejor imagen del país, un activo con el que buscará traccionar los votos necesarios para dar vuelta el resultado de las PASO.
Su omnipresencia en los canales de televisión convirtió prácticamente en una figura decorativa a Esteban Bullrich, el verdadero contendiente de esta velada crucial para el futuro de Cambiemos.
La gobernadora saltó al cuadrilátero para enmendar las metidas de pata del aspirante a senador, que no fueron inocuas. El corte de boletas de las primarias dejó a Bullrich por debajo de Graciela Ocaña, la candidata a diputada del propio espacio.
"Esta elección no es una más", lanzó el desafío en una carta manuscrita, donde se mostró inclemente contra los llamados barones del conurbano. Fue un advertencia, como las que se prodigan los boxeadores en el pesaje que precede a la pelea.
Si bien en las PASO la ola amarilla no salpicó a la provincia, donde vota más del 37 por ciento del padrón nacional, ahora las encuestas exhiben un cambio de tendencia a favor del oficialismo.
Sin embargo, en el equipo de comunicación de Vidal son cautelosos, sobre todo por el inédito tramo final de la campaña, sacudido por la aparición del cuerpo de Santiago Maldonado.
Sobre el episodio, la gobernadora hizo más fintas que Nicolino Locche para esquivar definiciones contundentes. Su objetivo estuvo puesto en trabajar hasta último momento para seducir a la porción de bonaerenses que le escapa a las primarias pero después sí vota en las generales.
Ese colectivo representó en las elecciones del 2015 poco más de 600 mil votos, un número que —de repetirse— podría ser decisorio si se tiene en cuenta que Cristina le sacó a Bullrich una diferencia de apenas 20.324 sufragios.
En ambas esquinas coinciden en que sea quien fuere la ganadora ninguna lo será knock out. En Arsenal y en Costa Salguero, las retadoras aguardarán la compulsa, el conteo voto por voto, en una noche que promete ser larga.
Lo que suceda en la provincia repercutirá indefectiblemente en la manera con la que Mauricio Macri emprenderá un paquete de reformas en ciernes.
Entre ellas la laboral, que tanta aprensión genera en el sindicalismo, y que Cristina consideró en sus arengas proselitistas como parte de las políticas de ajuste del mandatario.
La candidata de Unidad Ciudadana es como esos viejos boxeadores que amagan con el retiro pero siempre van por una pelea más. Para decirlo con sus palabras, es la que llama a no hacerse lo rulos pero después se muestra luciendo una flamante permanente.
No es cierto que esté en juego su sobrevida, aunque sí su fortaleza. Con el peronismo atomizado, salvo que caiga por un amplio margen, con cualquier otro resultado se mantendrá como un polo de poder con el que habrá que negociar.
Sabe que hoy libra dos batallas en simultáneo: con Cambiemos y con aquel sector del justicialismo que espera verla morder el polvo de la derrota.
No por nada en esta nueva etapa salió con una caña a pescar votos en el océano partidario con el latiguillo del "voto útil". Aquella Cristina desperonizada de la campaña de las PASO es hoy la principal reivindicadora de Eva y el General. "No soy kirchnerita, soy peronista. Toda la vida fui peronista", dijo antes del acto en el estadio Juan Perón, el de Racing, donde los militantes recuperaron la tradicional marcha partidaria y los dedos en "v".
Ese paso del ascetismo al exceso de simbolismo, sin escalas, fue acompañado por acciones concretas en la tercera sección electoral, un bastión justicialista por excelencia. La candidata a senadora focalizó en el conurbano, convencida de que allí podrá cosechar votos lanzando ganchos, cross y uppercut al gobierno.
Este reverdecer peronista se adscribe a un proceso polarización, que llevó a los estrategas de Unidad Ciudadana a potenciar la búsqueda de adhesiones entre aquellos seguidores de Sergio Massa y Florencio Randazzo.
Algunos sondeos reflejan una migración de votantes a favor de la ex presidenta, incluso de reconocidos dirigentes de la CGT, aunque no los suficientes como para dar las hurras. Acaso la hipótesis de fraude que el kirchnerismo barajó en las últimas horas sea la exhumación del mal presagio.
Un resultado adverso sin dudas limitará las ambiciones de Cristina y —siempre atentos a las flujos de poder— animará los procesos judiciales en su contra. Pero no definirá per se; el liderazgo partidario.
¿Puede quedarse Massa con el cetro del PJ aún haciendo una peor performance que en las PASO? ¿Puede Randazzo aún a riesgo de dejar al partido por debajo de un exponente de la izquierda como Néstor Pitrola?
Seguramente la renovación del peronismo no será sin la injerencia de la liga de gobernadores, los que tienen el poder real, los que recuperan protagonismo cuando nadie asoma sobre el resto.
Por supuesto que para saber hacia dónde va el PJ, y también el país, habrá que esperar el desenlace del desafío entre Cristina y Vidal, dos titanes en el ring.
Habrá que esperar, en definitiva, el resultado de la provincia de Buenos Aires, el Luna Park de los distritos, donde se libra, una vez más, "la madre de todas la batallas".
Suena la campana.
Segundos afuera.
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