Es la noche de un sábado y van llegando de a pocos. Uno entra a la cancha con chimpunes en mano. Otro acomoda una mochila junto al arco. Las camisetas de colores con el logo de la ‘PolarPichanga’, uno de los grupos de fútbol LGBTIQ+ del país, empiezan a repartirse sobre el césped sintético de esta losa deportiva en el distrito de Surquillo.
Todavía falta para que empiece el partido. Frente a un celular colocado en un trípode, un grupo ensaya una coreografía para TikTok, la plataforma donde han encontrado nuevas formas de visibilidad. Dos asistentes más se capturan en un selfi, entre risas, mientras esperan a los demás.
Más allá, en otras canchas, los partidos avanzan bajo otras reglas que empujaron a muchos a marcharse, a volverse expertos en la omisión. El economista y creador de contenido Marco Silupú —fundador de este colectivo— es uno de los que se graba frente a su móvil.
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Es bisexual y durante años la inseguridad le impidió mostrarse. Lo llaman ‘Polarcito’ en redes sociales, un nombre inspirado en un oso polar de una serie pero sobre todo una herramienta que le permitió salir de donde no se animaba. Ahora lo acompañan sus hermanas. “Yo estoy entre las dos generaciones: la que todavía creció escondiéndose un poco y la que ahora ya se muestra”, dice.
El deporte más popular del planeta también ha sido un espacio hostil para la diversidad.
Salir del clóset y encontrar un equipo
Marco reconoció su orientación sexual después de los 20. Creció escondiéndolo durante su adolescencia, hasta que eligió sentarse frente a sus padres y hablarlo. Ellos lo escucharon y lo abrazaron, en un gesto que no es habitual en todas las casas. En agosto de 2024, participó como invitado en una pichanga organizada por un amigo. “Y encontré algo inesperado. Personas diversas jugando fútbol sin preocuparse por ocultarse”, dice.
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Así nació la ‘PolarPichanga’.
“Fue una experiencia que permaneció durante semanas. Y quise formar un espacio similar para darle un enfoque propio: crear un ambiente de confianza, libre expresión, diversión y aprendizaje. Los que somos, somos parte de la comunidad o aliados, pues pueden participar personas heterosexuales que apoyan nuestros derechos y se sienten cómodas”.
El nombre surgió a partir de ese personaje que utiliza en sus plataformas: el oso polar que ahora es parte de su identidad digital. Lo que comenzó como una reunión pequeña fue creciendo hasta consolidarse como una comunidad que hoy integra a personas de diferentes orientaciones sexuales e identidades de género, aunque él subraya que el fútbol no es el verdadero centro de la historia.
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“En el colegio, era obligatorio que los hombres jueguen fútbol y las mujeres, vóley. Es una imposición que finalmente ha generado rechazo. La otra vez conversaba con uno de mis amigos que me decía: antes de encontrar un espacio así, tenía algo similar al odio contra el fútbol”.
Algo similar al odio atraviesa las historias dentro de los colectivos, al menos seis de ellos más visibles en Lima: asistentes que dejaron de jugar por burlas a su forma de correr, que recibieron insultos en campeonatos escolares, que aprendieron a asociar la pelota con la vergüenza. “Y cuando te cuentan los motivos, ves que en realidad no odian el deporte. Lo que odian es cómo los hicieron sentir”, sigue.
Incluso dentro de estos espacios, Marco ha percibido que la discriminación puede surgir desde la propia comunidad. “Hay prejuicios o comentarios que excluyen. Hay quienes cuestionan a los bisexuales o hacen bromas sobre cómo juega alguien. Por eso buscamos que este sea un lugar realmente inclusivo, donde nadie sienta que debe adaptarse a expectativas ajenas”, explica.
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Rubén Rodríguez, ingeniero civil y catedrático universitario, llegó a la ‘PolarPichanga’ después de ver en redes a un amigo participando. “Me encanta jugar fútbol. De hecho, jugué profesionalmente hasta los quince años”, cuenta al recordar que se integró al equipo tras varias visitas y pronto empezó a colaborar en la organización de ediciones especiales, como la del Pride.
“Muchas veces la comunidad LGBTIQ+ es discriminada en muchos deportes, sobre todo en el fútbol, por ser un deporte muy machista, muy de hombres heterosexuales. ‘Polar’ está generando un espacio seguro donde puedes venir y divertirte siendo quien eres, sin tener que fingir, sin ocultarte. Estos lugares ayudan a diversificar los deportes dentro de la comunidad y nos permiten practicar algo que, muchas veces, nos fue negado”, apunta.
El fútbol ha sido un territorio donde la masculinidad se define con reglas no escritas. Para la vicepresidenta de la organización Más Igualdad Perú, Lucía Calderón Portugal, la existencia de colectivos y ligas LGBTIQ+ “evidencia que los espacios tradicionales no siempre han sido seguros ni acogedores para todas las personas”.
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La cancha puede convertirse en un escenario de exclusión cuando la diferencia se percibe como una amenaza. “Durante la infancia, la discriminación afecta la autoestima y el sentido de pertenencia. Muchas personas aprenden desde pequeñas que ciertos espacios no son para ellas por su orientación, identidad o expresión de género”, explica.
La portavoz identifica tres ejes que sostienen la masculinidad tradicional en este deporte que tiene como ídolos a Messi y Ronaldo: la competitividad tóxica, la presunción de heterosexualidad y el cierre frente a la diversidad. Quienes no encajan en ese modelo suelen enfrentar cuestionamientos, estigmas y hasta violencia. “El fútbol es un lugar donde, si no cumples con ese guion, te arriesgas al señalamiento o la burla”.
Las consecuencias atraviesan biografías. La ingeniera de software Fiorella Saro, lesbiana no binarix y fundadora de ‘Peloteras’, recuerda que su vínculo con el deporte se marcó por la exclusión desde la infancia. “Toda mi niñez escuché comentarios sobre cómo me vestía o jugaba. La típica: ‘Pareces hombre’. Te cuestionan hasta por la ropa”, relata. Audaz para los pases, dejó de jugar durante años porque no encontraba espacios donde sentirse cómoda. “Lo más difícil era eso: no encontrar lugares para jugar sin que te miren raro”.
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‘Peloteras’ nació durante la pandemia, cuando ella y su partner Andrea Monroy identificaron la ausencia de una herramienta que facilitara la conexión entre mujeres y personas de la diversidad interesadas en el fútbol. “Queríamos que cualquiera pudiera armar una pichanga. ‘Peloteras’ funciona como una plataforma donde puedes convocar partidos y sumarte aunque no tengas equipo”, detalla.
El fútbol, en estos espacios, se transforma en una excusa para encontrarse y construir redes de apoyo. “Cuando juego con chicas de la comunidad, siento una diferencia enorme. Es nuestro momento, nuestro espacio. Se siente comodidad y seguridad”, describe. Las historias que circulan entre las jugadoras suelen repetirse: compañeras que dejaron el fútbol por burlas o discriminación y que ahora vuelven a la cancha para sanar. “Cambia mucho: te sientes validada, parte de algo. Puedes ser tú”.
Lo mismo cree el estudiante de Derecho Francois Rojas, activista y uno de los integrantes de otra grupo diverso de la capital llamado ‘Comunidad FIFE’. “Yo estoy aquí casi desde el inicio, cuando éramos como doce, veinte. Ahora somos casi cien y a veces la lista se cierra porque ya no hay espacio para todos”, cuenta.
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La convocatoria creció desde las redes y, en pocos meses, el grupo pasó de buscar jugadores a tener que dejar a algunos fuera por cupo lleno. “Muchos llegaron diciendo que siempre les gustó el fútbol, pero en otros espacios no se sentían seguros para jugar con los demás por la violencia, la homofobia o la rivalidad. Aquí no hay apuestas ni gritos, la mayoría estamos aprendiendo y venimos solo por diversión”, dice.
El grupo se hace llamar así para ironizar a los ‘FIFAS’, el término empleado para criticar la masculinidad tóxica. Francois cuenta que, cuando vivía en Venezuela, dejó de jugar con sus hermanos. “Era complicado. Hablaban de chicas, apostaban, se rayaban. Como yo no soy muy bueno, me gritaban y me sentía incómodo. De tanto incomodidad, dejé de jugar. Solo volví a tocar una pelota cuando encontré este grupo. Ahora hago deporte, hago amigos, construyo comunidad y espero que esta práctica se masifique en regiones”.
El poder de las redes
La transición entre la generación que creció ocultándose y la que hoy se muestra públicamente es uno de los cambios más palpables. Marco lo observa cada semana, cuando los teléfonos se encienden antes del partido y los videos aparecen en TikTok.
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“Yo estuve en medio de las dos generaciones. Primero lo negué, después entendí que no tenía por qué ocultar nada”, dice. Compartir videos donde las personas juegan fútbol y se muestran como parte de la comunidad tiene un valor que trasciende lo individual. “Así, quienes están todavía en el clóset ven que no hay que temer. Ver los videos puede darles confianza para expresarse como son”.
Las redes sociales funcionan como un amplificador. “Al principio costaba encontrar personas que quisieran participar. Pero gracias a TikTok y a Instagram, se enteran de que existen pichangas LGBTIQ+ y se animan a sumarse”, cuenta. La visibilidad no está exenta de críticas. Él mismo ha recibido insultos y comentarios negativos por promover una competencia diversa. “Hay prejuicios sobre el nivel de juego, sobre cómo se juega. Pero también llegan mensajes de apoyo, de gente que agradece que existan estos espacios”.
La exposición pública, sin embargo, no siempre garantiza respeto.
En la plataforma de videos YouTube, el torneo Fútbol Macho, organizado por No Somos TV —la productora detrás del fenómeno ‘Hablando Huevadas’—, reúne una gran cantidad de seguidores, pero reproduce burlas, discursos transfóbicos y mantiene dinámicas de ridiculización y exclusión, pese a presentarse como un espacio abierto.
El antecedente más documentado de campeonatos organizados por la comunidad es de 2009, aunque no existen datos oficiales sobre la cantidad de equipos o grupos diversos de fútbol en el país, ya que la mayoría es autogestionada y no figura en registros formales.
Más allá de ese escenario, señala Lucía Calderón, estos espacios representan algo más que una opción deportiva: funcionan como “una reparación colectiva”. No eliminan las experiencias previas de discriminación, pero permiten resignificar el vínculo con el deporte. “Participar, ocupar canchas y hacerse visible tiene un efecto simbólico muy fuerte. Otras personas observan que la diversidad siempre estuvo presente, aunque haya sido invisibilizada”, afirma.
Para le creadore de ‘Peloteras’, la necesidad de generar espacios propios persiste porque las barreras aún existen. “Ser neutral no ayuda. Incluir es visibilizar, crear más lugares donde podamos mostrarnos como somos”, sostiene. La pertenencia y la comunidad se construyen desde la experiencia compartida. “Escuchar historias similares, saber que no eres la única, lo cambia todo. La motivación por volver a jugar y disfrutar del fútbol reaparece”.
Marco lo ve en cada mensaje que recibe. “A veces llegan personas con miedo, pensando que no encajan. Les digo que lo más importante es que ya están aquí. Que pueden ser parte de algo”. Sobre el césped, migrantes, jóvenes, adultos, estudiantes y activistas comparten la misma búsqueda de pertenencia.
Cuando suena el pitazo final, los jugadores corren a hidratarse o se tienden sobre el gramado de cara al cielo este sábado por la noche. Días después, las imágenes del partido circularán en redes y eventualmente generarán nuevas conexiones. Empapados de sudor, posan para una foto grupal. Clic. Se ríen porque la imagen salió movida. Un clic más. Parecen haber encontrado una respuesta.
La cancha también es suya.