
Cada vez que nos encontramos con alguien surge el consabido: “¿Cómo estás?”. Y la respuesta no comprometida: “Todo bien”. Solo cuando pasamos más tiempo con una persona o un amigo podemos involucrarnos en su historia y dar a conocer la nuestra. Y ahí nos damos cuenta de que no estaba todo tan bien.
A nadie le gusta, sin que le presten la debida atención, comunicar lo que le pasa, es por eso también que frente al cúmulo de angustias y problemas, preferimos pagarle a un profesional para que se siente y nos escuche durante una hora en la terapia. Tener un cierto conocimiento sobre mi propia vida, implica no solo compartir mis problemas, sino a medida que los voy deshilachando, ir buscando soluciones. Si estoy ansioso, y la solución es comer más o fumar en exceso, no estoy buscando la mejor solución. Y ahí pasamos a otra respuesta hecha, fijada en nuestra experiencia frustrante: “Siempre fui así, no voy a cambiar”. Involucrarse en la propia historia, implica que dentro de las limitaciones que tengo, puedo hacer uso de mi libertad. El alma humana conoce la verdad a través de la inteligencia, la voluntad lo desea como bueno y la libertad es la capacidad de elegir lo que la inteligencia ve como bueno y hacer que la voluntad quiera alcanzarlo.
La balanza o el espejo me señalarán la verdad: “Estoy excedido de peso”. Y tendré opciones: ir al gimnasio, salir a correr, dejar de comer o hacer todo junto. Ahí interviene la voluntad: “Al gimnasio ya fuiste, después te duele todo, pagás y no vas a ir nunca…si vas a salir a correr, está bueno porque es gratis, pero es invierno, te vas a resfriar. No se puede dejar de comer, se sufre mucho, en fin, algo tengo que hacer… veremos”. Y al final se sigue igual y no se hace nada.
En palabras de Albert Einstein, no puedo obtener resultados distintos si siempre hago lo mismo. A muchos les pasa que ven lo que deberían hacer en sus vidas, pero no quieren involucrarse y comprometerse con ese cambio.
A no desesperar, yo suelo ser una persona ordenada, pero cuando tengo mucho trabajo las cosas se van amontonando en mi escritorio. Cuando veo el caos, me molesta y como necesito ordenar por mi salud mental y no tengo tiempo para hacerlo, empiezo por guardar o archivar una cosa, quizás al día siguiente el panorama cambió y se ve más despejado. La clave es empezar por algo que uno pueda hacer. Aunque parezca poco, la voluntad se educa con actos de voluntad. Esta aspecto de la vida tiene que ver con el amor a uno mismo.
Hay también personas que están muy focalizadas en su bienestar personal, en su dieta, en su rutina de ejercicios pero que carecen de involucramiento con los demás. El otro molesta, no me despierta empatía. Visitando geriátricos, charlando con los abuelos, la mayoría comentaba que están solos y se lamentaban por que tenían hijos y nietos que poco los visitaban. Hay que darse cuenta del efecto transformador que tiene involucrarse con el otro. Cuando Dios nos enseña que hay que “amar al prójimo como a uno mismo”, está poniendo en la balanza el equilibrio necesario. Quien solo piensa en sí mismo se vuelve un egocéntrico. Quien vive para los demás y se descuida a sí mismo, solo tapa con acciones sus propios problemas. La vida feliz siempre va a enseñarnos a buscar el equilibrio para cuidarnos, sin descuidar a los otros.
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