
“...cuando aún las estrellas más lejanas, comienzan a colapsar de vuelta hacia el comienzo y no hay espacio para cielo”, Richard Butler. “California”. Preludio.
El Presidente es católico pero practica el judaísmo jasídico. Y es anarcocapitalista pero practica el neoliberalismo de Chicago.
¿Qué fue la oleada neoliberal en nuestras vidas?
Una pregunta que apunta, no a las grandes variables globales, planetarias, sino a la más “microfísica” impronta sobre los cuerpos: el hambre. Y sobre la fe cotidiana de sobrevida de millones de derrotados que está dejando la oleada.
Lo que queda claro es que, como dice Richard Butler en su bella canción, no hay lugar para cielo en el paraíso neoliberal. Y ni siquiera para una tierra medianamente justa, o al menos con alguna ambición de justicia que prometa algún paraíso lejano, o un purgatorio, apenas.
Es verdad que debemos admitir los “corsi e ricorsi” de la historia, que cada veneno guarda en su interior su antídoto; pero cuando lo que ata es el terror de los desplazados, la desesperanza de los que no desean ver llegar el nuevo día y viven sin el valor suficiente para matar o morir, no es un relato lo que se ha terminado, es la dignidad humana.
Estamos logrando derrotar a la vida en su invicta centralidad, en su sentido más hondo de perpetuarse. Somos sub-amebas en manos de una depredación que nada tiene de relato, sino más bien de cruda acumulación inútil de vanidades ante los ojos enormes de aquellos que comen apenas. Pero si éstos desaparecen, ¿quién va a envidiar a los depredadores? Estamos ante un castigo por haber olvidado que panes y peces sí son un buen relato.
No obstante, si nuestras convicciones no hubieran fallado también, ¿hubiera sido posible una ofensiva tan brutal como la que sufrimos? ¿Debemos preguntarnos aquellos que aspiramos a algún estado de justicia en qué no hemos sido razonables? ¿Que nos ha faltado para que se pudiera producir un retroceso tan alucinante, tan contundente?
Fue la oleada neoliberal la que dio cobertura intelectual y cultural a esta operación técnica de dominio absoluto de la naturaleza y las sociedades humanas. Ahora bien, el despertar de culturas despreciadas que pueden producir un sincretismo extraño entre el occidente y ciertos valores tradicionales, puede ser la salida para obligar a un retroceso de los procesos de acumulación capitalista sin sentido humano. “Quien gana el combate es fuerte; quien evita el combate, y gana, es poderoso”, decía Sun Tzu, en una sentencia en la que, seguramente, el jefe de la OTAN no cree que valga la pena detenerse.
Ahí radica nuestra ventaja estratégica, en la cultura, las culturas. En la firme creencia en que existen diferentes culturas que merecen ser respetadas e integradas a los beneficios de los bienes humanos, entre otras cosas porque ellas son parte de los bienes humanos.
Y la cultura es una acepción multívoca del cultivo. De lo “culto”, que yendo a su etimología está tomado del latín cultus: “acción de cultivar o practicar algo”, derivado de colere “cultivar, cuidar, practicar, honrar”. Y cultura es crianza, es darse futuro y fruto, es darse historia por venir; es darse niños, que es lo que el capitalismo ya dejó de “producir”.
Por lo tanto, ¿qué sentido tendría que “haya espacio para cielo”, si no habrá quién lo habite, lo cultive, lo ame?
Ahora bien, ¿no es a la vez el capitalismo un producto cultural que ha llevado al hombre a conquistas señeras, a curar enfermedades antes intratables, a comunicarse en segundos de un punto al otro del globo? Sí. Pero lo importante aquí no es lo que el capitalismo ha logrado y recuerda, sino lo que ha olvidado, lo que ha perdido, lo que ha dejado como maleza. Tal vez el costo de sus conquistas sea el que nos trajo a este páramo.
Hay una cita de Ortega y Gasset, retomada por Ferrater Mora que es reveladora: “según Ortega la cultura es, en el fondo, un movimiento natatorio, un bracear del hombre en el mar sin fondo de su existencia con el fin de no hundirse; una tabla de salvación por la cual la inseguridad radical y constitutiva de la existencia puede convertirse provisionalmente en firmeza y seguridad”. Por eso la cultura debe ser, en última instancia, lo que salva al hombre de su hundimiento.
En el cenit de la acumulación, en donde ya no hay a quién venderle lo acumulado porque se mata en la necesaria disminución de costos para producir dicha acumulación, donde la plusvalía ha llegado a límites carentes de cualquier sentido, en este tiempo y lugar: ¿existe un solo motivo para morir de un modo altruista en Occidente? ¿Una sola gesta?
No. Y eso es lo que significa la oleada neoliberal en nuestras vidas.
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