
Sobre mi escritorio hay un libro de poemas de Rubén Darío. Empecé a traducirlo y no puedo seguir. Rusia destruyó mis planes y sigue destruyendo no solamente planes, sino las vidas de mis compatriotas. El 24 de febrero, violando el derecho internacional, violando centenares de documentos multilaterales y bilaterales, así como los principios básicos de diferentes organizaciones internacionales, a las cuales pertenece Moscú, el ejército ruso, no disfrazado ya de uniformes de sus títeres de las llamadas “repúblicas” de Donetsk y Lugansk, atacó a Ucrania. Por todo el perímetro de la frontera, incluida también la frontera de la República Bielorrusia, guiada por otro títere y cómplice de Putin, un tal Lukashenko.
Digo atacó y no empezó la guerra, porque en 2014 Rusia usurpó ya Crimea y algunos territorios de provincias de Donetsk y Lugansk. La guerra contra Ucrania tiene su historia multisecular. Es la guerra del imperio contra su antigua colonia. El pueblo de cada país latinoamericano puede recordar su propia historia y las guerras de Independencia del siglo XIX. No pensábamos en la guerra. Después de la desintegración de la URSS, en vez de las antiguas repúblicas soviéticas, aparecieron nuevos estados independientes, reconocidos universalmente, incluso por Rusia. Y ahora Rusia pretende restablecer su imperio.
Digo Rusia y no Putin, porque no se trata de la idea fija de un loco, eso es equívoco. El delincuente Putin representa intereses de la mayoría de población de su país. Recordemos cómo crecía el rating de Putin en 2008 y 2014 después de agresión contra Georgia y Ucrania respectivamente. Y la idea fija es resucitar el imperio del mal, como lo denominó Ronald Reagan. Como he dicho en mi artículo para una edición de Miami, ahora Ucrania es guardafronteras entre el mundo civilizado y Rusia.
Rusia atacó a Ucrania en 2014 y ataca ahora bajo el pretexto de protección de la llamada (invención de propaganda de Kremlin) población rusoparlante. Es una mentira. Porque proyectiles, misiles y balas no escogen, matan tanto a soldados como a civiles, tanto mujeres como hombres, tanto adultos como niños, sin distinguir el idioma que hablan. Y en estos días muchos de mis compatriotas rusoparlantes escriben que dejan de hablar ruso y que desde ahora hablarán ucraniano por el odio que les tienen a los invasores. Rusia quiso sembrar pánico y cosechó odio.
En una de sus entrevistas, el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, cuyas obras tuve el honor de traducir, contestó a la pregunta de qué puede hacer frente a la soledad humana: la solidaridad humana. Hace unos días, contestando a la pregunta de cómo pueden ayudar a Ucrania otras naciones, escribí una lista de actividades necesarias:
1. Sanciones personales contra Putin y su cómplice Lukashenko.
2. Desconexión de Rusia del sistema SWIFT.
3. Introducción del sistema de lend lease para Ucrania.
4. No abrir visados nuevos a los ciudadanos de Rusia y expulsar a aquellos que residen en países respectivos y pueden presentar amenaza para su seguridad.
5. Suspender giros artísticos, participación de los ciudadanos de Rusia en competiciones deportivas, conferencias etc.
6. Expulsar a Rusia de organismos internacionales cuyos reglamentos violó con su agresión.
7. Expulsar Rusia Today y otros medios no de información, sino de propaganda rusa de sus países.
Algunos de estos puntos se cumplen ya. Existe la lista de 48 países y 5 organizaciones internacionales que expresaron su apoyo a Ucrania. Lo hacen personalidades del mundo artístico y deportivo. ¿Y los demás? Y los ciudadanos, los auténticos demóсratas, deben demandarlo a sus gobiernos.
Repito: Ucrania es guardafronteras entre el mundo democrático y Rusia. Si Rusia franquease esta frontera, luego violará la soberanía de cualquier otro estado como lo hace militarmente en Ucrania, Siria, algunos estados africanos, o apoyando a sus títeres, como lo hace en Cuba, Nicaragua y Venezuela, cuyos gobernantes reconocieron ya a otros títeres de Donetsk y Lugansk. Los que siguen cooperando con Rusia deben comprender por fin una cosa muy simple: sus intereses y sus negocios actuales pueden perjudicar después a sus propios pueblos. Y Ucrania paga hoy el precio máximo con vidas de sus ciudadanos.
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