Los peligros del nacionalpopulismo

Profundamente antiliberal, tarde o temprano representa una dinámica antidemocrática de ejecución del poder político

Marine Le Pen lleva adelante el Rassemblement National en Francia
Marine Le Pen lleva adelante el Rassemblement National en Francia

El populismo, ya sea de izquierdas o de derechas, es siempre hostil al liberalismo y a los principios liberales basados en las libertades civiles, la división de poderes y la pluralidad de voces, algo que nos deja en claro que siempre, sin excepciones, el populismo es profundamente antiliberal y representa una dinámica antidemocrática de ejecución del poder político.

En pleno siglo XXI, el populismo, al igual que otras tantas quimeras, continúa representando un peligro para la libertad. No importa el origen del que provengan los colectivismos, ya sea de movimientos conservadores, socialistas, de derechas o de izquierdas, siempre, tarde o temprano, representarán una vehemente amenaza a la libertad.

Así como no hay tal cosa como “dictaduras buenas” o “dictaduras menos malas”, tampoco hay “populismos buenos” o “populismos menos malos”. Un liberal jamás puede defender una dictadura o una corriente populista. Un liberal rechaza tanto los colectivismos de izquierda como los de derecha. Como bien lo señaló Mario Vargas Llosa, “todas las dictaduras son malas e inaceptables”. Lo mismo aplica al populismo.

Hoy evidenciamos el rebrote de un populismo -o mejor dicho un nacionalpopulismo- que vuelve a tomar fuerza y muestra rasgos como el de la xenofobia, el racismo, el proteccionismo, el nacionalismo, la homofobia, la islamofobia, el antisemitismo, el rechazo a la ilustración, la negación de la igualdad ante la ley, el apego hacia las políticas que van en contra de la inmigración y también un fuerte aborrecimiento hacia el mundo abierto y globalizado.

Asimismo, otra característica que vale la pena mencionar es el componente que activan estas derechas conservadoras: las emociones, la obsesión con el pasado, los dogmas, la nostalgia y el misticismo. Estos populismos de derecha movilizan a la tribu por medio del miedo a lo desconocido, el odio a todo aquel que es distinto, el rechazo al cambio, la búsqueda eterna de chivos expiatorios, la obsesión con un mundo enfrentado (motivo por el cual también son reacios al libre comercio) y la relación amorosa-obsesiva con el “occidentalismo”, con la “familia natural”, la “tradición”, el “orden”, la “patria” o la insistente “batalla cultural” (cuando en realidad la cultura no es una batalla ni algo que se impone, sino un orden espontáneo). Ahora bien, todo este colectivismo de derechas tiene una larga y previa tradición de pensamiento (Johann Fichte, Carl Schmitt, Friedrich List, Thomas Carlyle, Julius Evola, entre otros), una tradición que está muy bien detallada y estudiada por el economista Jeffrey Tucker en su libro Right Wing Collectivism (muy recomendado por cierto).

Así, muchas veces utilizan a la religión para hacer política religiosa, buscando la imposición de unos mandatos mediante el aparato político y volviendo a unir al Estado con la religión (sabemos lo peligroso que eso puede ser). Por este motivo, es de profunda importancia saber distinguir entre creencias religiosas y doctrinas políticas que hacen uso de las religiones. Quiero insistir en algo: los individuos tienen todo el derecho a vivir su vida de la manera que más les guste, incluso de manera conservadora o ultraconservadora, puesto que el liberalismo no busca imponer unos valores sobre otros ni busca decirte en qué Dios debes creer o no. Lo que sí busca el liberalismo es que nadie nos imponga una agenda moral o religiosa a través del Estado (ni a través de cualquier otro vehículo) que nos haga vivir de la manera en que otros creen que es la manera “correcta”.

Pero vayamos a la coyuntura global. Uno de los casos más preocupantes donde actualmente rebrotan estos movimientos es en Europa: un continente que se encuentra atestado de un renaciente colectivismo de derechas. En España lo vemos con movimientos como Vox; en Francia con Rassemblement National de Le Pen; en Holanda con la extrema derecha de Thierry Baudet; en Hungría con Viktor Orbán; luego el polaco Jaroslaw Kaczynski y su declarado autoritarismo; también el italiano Matteo Salvini con su Lega y, por otro lado, Giorgia Meloni, la italiana líder del peligroso partido Fratelli d’Italia. Además, están los Demócratas de Suecia; el Partido Popular danés; la Alternativa para Alemania; el FPO de Austria; el UKIP del Reino Unido; los xenófobos del Vlaams Belang de Bélgica; el EKRE de Estonia; el partido Verdaderos Finlandeses de Finlandia; e incluso a lo largo de nuestro continente también podemos encontrarlo con figuras de este estilo, de la mano de Jair Bolsonaro en Brasil o en personajes como el ex presidente norteamericano Donald Trump y distintos movimientos a lo largo del mundo.

El caso de Vox en España se presenta como un fenómeno que forma parte de este auge de los colectivismos nacionalistas. Este partido detesta todo tipo de libertad: plantea la creación de un “Ministerio de la Familia”, la aprobación de una ley para “proteger” lo que llaman la “familia natural”, busca otorgar subsidios a las familias numerosas, se opone a la adopción homoparental, al matrimonio igualitario, está en contra de la legalización de las drogas, de la gestación subrogada, en contra de la eutanasia, del aborto y busca promover una España nacionalista, cerrada al comercio y en línea con la postura autoritaria de Viktor Orbán o Jaroslaw Kaczynski.

Finlandia es otro caso: en el año 1995, tras la disolución del Partido Rural de Finlandia, cuatro políticos decidieron fundar una alianza populista conocida como “Verdaderos Finlandeses” (hoy conocido como “Partido de los Finlandeses”). Timo Soini, uno de los fundadores y actual ministro de Asuntos Exteriores, es el líder histórico de este partido euroescéptico, nacionalista y anti-inmigración.

También tenemos que sumar a Polonia, donde la derecha nacionalpopulista tiene raíces en el NOP (Restauración Nacional Polaca), que crece desde sus orígenes en 1981. Hoy, por cierto, Polonia se ha convertido en un infierno para los homosexuales. Mientras tanto, en Holanda son dos los dirigentes que encabezan el sentimiento nacionalpopulista: Gert Wilders y Thierry Baudet. El primero es uno de los mayores exponentes de “cerrar todas las fronteras a los inmigrantes no occidentales” con el fin de que “Holanda siga siendo Holanda” (sí, más de ese absurdo nacionalismo, o “racismo disimulado”, parafraseando a Mario Vargas Llosa); el segundo, vive con la obsesión de una perpetua unión de la política y la religión.

En el caso de Austria nos encontramos con el famoso FPO, partido fundado en 1956 y con orígenes en el histórico frente pangermánico de Austria (el primer presidente de dicho partido fue general de las SS). Tanto este partido como su líder Jorg Haider, tienen una retórica racista y claramente xenófoba. Mientras tanto aparece con fuerza el proyecto húngaro de la mano de uno de los líderes más peligrosos: Viktor Orbán, quien busca hacer de Hungría la fiel representación de aquella peligrosa faceta tan anhelada por la derecha nacionalpopulista europea de un continente conservador, cerrado, nacionalista, ultrareligioso y oscurantista, presentándonos además su proyecto de “Estado iliberal”.

Por supuesto no podemos dejar afuera al escalofriante Rassemblent National de Francia, liderado por Marine Le Pen, bien conocida por sus discursos en contra de la globalización, a favor del nacionalismo económico y el proteccionismo (“un buen nombre para una mala causa”, como argumentaba en La tiranía de los controles el matrimonio Friedman), defensora de la idea de ponerle fin a los tratados comerciales y aumentar aranceles contra las importaciones, fiel desconocedora de las lecciones más básicas de la economía. En los ojos de este partido, históricamente, los principales enemigos de Francia suelen ser los inmigrantes.

Los casos son interminables, pero si algo nos tiene que quedar claro es que el populismo de izquierda no se combate con populismo de derecha, ya que ambos son altamente peligrosos. La respuesta ante cualquier tipo de colectivismo tiene que ser una búsqueda incesante y cabal de la libertad, siempre, en cualquier momento y en cualquier lugar.

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