Preservar la vida en común como centro de la política pública

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Tras el asesinato de Fernando Baéz Sosa se abre de pleno uno de los debates más profundos y necesarios. ¿Qué produce y qué lleva a un grupo de jóvenes a asesinar a golpes con sus propios cuerpos a otro? Esta pregunta no debe terminarse en debates especulativos, en textos y análisis. Debe involucrar acciones que pongan luz sobre la problemática de fondo, y debe, para muchos de nosotros en tanto funcionarios del Estado, desembocar en un desarrollo y despliegue de políticas públicas que se dirijan a preservar los cuerpos y las relaciones sociales por sobre cualquier otro valor.

En este mapa complejo, la salud mental tiene mucho por construir y ofrecer en un país devastado por el peor de los gobiernos desde la dictadura, que ha ejercido un desprecio siniestro por la vida y ha agujereado el Estado dejándolo como caja vacía y saqueada de todos los recursos para intervenir en los conflictos sociales. La tarea por delante estará centrada en reconstruir el Estado poniendo en el centro y en el horizonte el cuidado de la vida misma de nuestro pueblo.

El asesinato a golpes de Fernando Baéz Sosa, crudamente registrado y viralizado, generó múltiples intentos por comprender lo sucedido produciendo debates necesarios y pendientes que son pensados desde el mundo adulto, y que entendemos también tienen que ser pensados desde y con las juventudes.

Si este hecho puede tomarse como un punto de límite no es porque sea el primero. Son muchos los jóvenes que fueron asesinados bajo diversas formas de violencia. Y es justo decir que fueron asesinados en el anonimato, en el silencio público en villas, en asentamientos, en la calle. Los sectores populares cuentan en su haber de desgarros, con familiares y amigos que les faltan por hechos similares o equivalentes a estos. Si este caso tuvo la fuerza de “tocar” el corazón social -por motivos particulares y entendibles- hay que hacer de ello el halo de luz que permita poner un punto de detención y de conciencia sobre lo que está sucediendo.

Todos hemos visto el asesinato a golpes de un joven por parte de otros jóvenes que desplegaron su violencia sin ningún freno. Junto a los golpes asesinos hay que situar también, los gritos asesinos de los otros jóvenes que alentaban la muerte, incluyendo elementos de violencia de clase. Una violencia tras otra violencia. Es por todo ello que tenemos el desafío de hacer con lo ocurrido un punto de límite de nuestra sociedad. Un punto en el cual todos (adultos y jóvenes) plantemos la inadmisibilidad de convivir con hechos de estas características. Hay que negarnos a incluirlos en la lista de los “problemas” sociales, o de la juventud. Esta muerte, este tipo de asesinato tiene que marcar para todos, como argentinos, un punto de detención y una seria revisión de las lógicas bajo las cuales estos hechos y las violencias vueltas sobre las juventudes se están produciendo.

En un momento, la agenda mediática girará hacia otros temas y ahí quedará solo la tramitación social de lo ocurrido y los efectos que se produzcan a partir de ello. Entendemos que las políticas públicas deben trabajar de otra manera las temáticas de la violencia, de la juventud y también de los consumos, ya que se ha abierto el debate en torno a ellos.

El consumo problemático de alcohol: cómo deconstruir su trama social

En primera instancia, el consumo intensivo de alcohol es una práctica frecuente que atraviesa distintos grupos sociales y se produce especialmente en ciertos espacios y ocasiones.

A su vez, el alcohol es la sustancia psicoactiva más consumida entre los jóvenes y adultos. Y claramente la sustancia con mayores índices de consumos problemáticos (a años luz de cualquier otra sustancia psicoactiva). Según datos de Sedronar, la prevalencia de consumo en el grupo etario de 18 a 24 años es de 62,1%, un valor casi diez puntos superiores al promedio en la población general (53%). Por otra parte, investigaciones con estudiantes secundarios en la provincia de Buenos Aires estiman que el 72% de los adolescentes consumió alcohol al menos una vez. El consumo de alcohol también se asocia con mayor frecuencia a otros daños a la salud como traumatismos y heridas accidentales o intencionales. Es decir, el alcohol es la sustancia que más se consume compulsivamente y lo que más daños asociados producen.

En este sentido, el escenario actual demanda, por un lado, acciones de reducción de riesgos y daños; y también de regulación. Y por el otro, estrategias solidarias de prevención que fortalezcan una cultura del cuidado de los propios jóvenes y adultos.

Nuestra sociedad se inserta en procesos globales donde las lógicas neoliberales (en lo económico y en lo social) modelan formas de relación con los objetos de consumo cada vez más intensas, dependientes y refractarias a los lazos sociales y humanos. Fortalecer el Estado y recuperar su rol rector en la garantía de derechos implica reconstruir la política pública desde una profunda comprensión de la pregnancia de estas lógicas. Y ello tiene que hacerse junto a los distintos actores y actrices que componen el campo de la salud y de la sociedad, para trabajar en los procesos de transformación necesarios para nuestro país para nuestra provincia de Buenos Aires.

Las violencias y la construcción de patrones de género

Lo sucedido en Villa Gesell y la conmoción que ha producido el asesinato de Fernando llevó a pensar también las temáticas de la violencia y el género.

Los mundos de sociabilidad son la arena en la que se producen y reproducen, crean y transforman las relaciones de género y las construcciones socio-morales acerca de qué implica ser mujer y ser varón. Construcciones históricamente erigidas sobre un conjunto de dicotomías (débil/fuerte, pasivo/activo, emoción/razón, privado/público) que asignan a los varones (por oposición a las mujeres) a hacerse a través de la fuerza, la resistencia física y/o la violencia.

Las prácticas violentas se naturalizan en las masculinidades dominantes e incluso constituyen rasgos altamente valorados en determinados grupos sociales, grupos que incluyen tanto a quienes agreden como a testigos y cómplices.

Estas configuraciones de lo masculino y lo femenino se articulan a otras desigualdades, sociales, culturales y económicas. En muchas ocasiones las prácticas violentas son legitimadas por diferencias de clase y construcciones estigmatizantes y racistas. De esta manera, las violencias son también ejercidas como una reafirmación de pertenencia a un grupo específico y como una manera de expresar la superioridad de determinados conjuntos sociales por sobre otros.

Son estas formas de ser y hacerse varón y mujer las que se aprenden y reproducen en los diferentes espacios que transitamos: los clubes, los vestuarios, las tribunas y también en las escuelas, las universidades, los hogares, los barrios, los lugares de recreación y de trabajo.

No se trata entonces de un grupo de jóvenes “salvajes, “descontrolados”, que no han sido lo suficientemente tutelados. Se trata de un trágico episodio que coloca en primer plano el profundo daño que las violencias y las desigualdades producen en nuestros cuerpos y vidas. Un problema que requiere ser abordado integralmente y en toda su complejidad en una estrategia que articule el compromiso del Estado en sus diversas expresiones, de las diferentes instituciones y de cada uno de los ciudadanos.

La autora es subsecretaria de Salud Mental, Consumos Problemáticos y Violencia de Género del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires

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