La política, más allá de los actos protocolares de este 2 de abril, sigue entretenida en sus menesteres. Se observa un debilitamiento acelerado del cristinismo, dados los inconvenientes que atraviesa la ex Presidente que son de público conocimiento. Esta aseveración se respalda en señales que provienen de exponentes de este sector. Felipe Solá va por la presidencia con el apoyo del Movimiento Evita. Daniel Scioli hace lo propio junto a Sergio Berni como candidato a gobernador por Buenos Aires. Y Agustín Rossi, a la espera de ser el elegido en la sucesión.

Para seguir con el peronismo, dentro del Frente Renovador, este sector pareciera haber alcanzado su techo a nivel de las expectativas electorales, dado que tanto Sergio Massa como Juan Manuel Urtubey no han armado políticamente en el interior del país salvo en sus distritos, lo que los alejaría de los votos necesarios.

En el caso de Roberto Lavagna, todo hace pensar que engrosará el caudal electoral rápidamente de la mano de lo que hasta el gobierno de Néstor Kirchner se conoció como la Liga de los Gobernadores. El gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, aparece como el ordenador del espacio. Los nuevos referentes que se acercan al sector, como el recientemente victorioso en las PASO de San Juan, Sergio Uñac, cuyo contundente triunfo debilita al cristinista Gioja, lo hacen de la mano de un discurso muy productivo y en defensa de las economías regionales. El gobernador Domingo Peppo, del Chaco, está conversando para acercarse al espacio en un armado que enfrentaría al cristinista Jorge Capitanich.

En cuanto a Cambiemos, se podría decir que atraviesa días decisivos en un intento de reestructuración desde el radicalismo. Según mis fuentes, la convención de este partido se hará a fines de mayo y de a poco se iría encauzando hacia una mayoría radical que sostenga a Cambiemos, claro que con cambios profundos en su formato. Las fuentes consultadas me aseguran que pretenden discutir todas las candidaturas. Incluida la presidencial. No necesariamente para la UCR, pero con amplitud para pensar variantes. Me extrañó la contundencia de la conclusión de una de mis fuentes, me dijo: "Cambiemos es una idea superior a cualquiera de sus integrantes".

De concretarse lo expresado, ¿indicaría que Martín Lousteau iría como candidato a la presidencia disputándole el espacio a Mauricio Macri? Por lo visto, el diputado nacional, quien también ha conversado estos días con Roberto Lavagna, pasa a ser una pieza clave en la política argentina.

El fin de semana el presidente Mauricio Macri visitó el retiro convocado por la gobernadora María Eugenia Vidal. Actitud que podría entenderse como un mensaje de ratificación —ante tantas versiones de planes alternativos— a su candidatura presidencial.

Insisto, la política sigue su rutina sin pausa para reflexionar sobre la guerra de Malvinas. Los posteriores 2 de abril a aquel de 1982 fueron el reflejo de una sociedad inmadura, especialmente su dirigencia política, quienes, entretenidos en otros quehaceres, se quedaron con la cara de la derrota en Malvinas. No en lo que hicieron un puñado de hombres que, más temprano que tarde, fueron reconocidos por su valentía y agallas por el enemigo inglés, mucho antes que por los argentinos.

Tal fue el maltrato inicial que podríamos hablar tranquilamente de desclasados. Tal vez esto, como la propia guerra vivida, operó generando el alto número de suicidios de ex soldados combatientes. Recuerdo la expresión de teniente de navío Owen Crippa, héroe de la aviación argentina, cuando años posteriores le pregunté cómo fue el regreso a su ciudad natal, Sunchales. Apretó tan fuerte su mandíbula para contender una lágrima que igualmente rodó que temí la fracturase. Me dijo: "Por años no pude hablar esto ni con mi mujer. Cuando llegué a Sunchales, me quitaron hasta el crédito para la vivienda, solo por haber servido a mi patria".

Quienes estuvieron en Malvinas no pidieron ni decidieron estar allí. La mayoría de ellos hoy alcanza un plato caliente a los sufrientes de hambre y frío en el invierno. Su resiliencia es la solidaridad, porque entienden que hay muchos argentinos que, como ellos ayer, hoy están involucrados en una "guerra" a la que no pidieron ir. Catorce millones de personas pobres; el 50% de nuestros niños no pueden ser parte de la democracia con la que se comía, se sanaba y se educaba. Más de nueve millones de niños no superan el escalón de las necesidades básicas satisfechas. Alimentarse. Abrigarse. Curarse. Educarse. Tener mesa y cama propia. Y soñar.

Desde el 2004, Argentina no mide la desnutrición. Hace trampas con su propio futuro. Solo sabemos algunas cosas. Los pobres tienen hijos a edades más tempranas. Uno de cada dos niños argentinos tiene carencia de micronutrientes, de yodo o de vitamina A. A propósito, la falta de vitamina A produce ceguera. También sabemos que un niño desnutrido usa menor cantidad de palabras. Que abandona antes la escuela. Que una madre desnutrida repetirá su problema por tres generaciones. Esa mamá verá a su nieto desnutrido.

Un chico desnutrido es un problema que crece con la edad. Ese problema comienza con la salud y sus consecuencias evitables. Sigue con el bullying porque su cerebro está acotado en su desarrollo y termina con la condena social. Tal vez en este punto, el de la condena social, se emparenten con los hombres de Malvinas. La condena social habla de vagos, haraganes, planeros y se los culpabiliza de su pobreza. Como ayer se los culpó a nuestros soldados de la derrota en Malvinas.

El doctor Fernando Longhi, investigador del Conicet, que trabaja en estudios de aproximación al problema de la desnutrición a través de abordajes cuantitativos, me dijo: "La pobreza incomoda a los ministros pero no les duele; si les doliese, cambiarían las políticas". En esto también hay un parecido con nuestro héroes de Malvinas, los que pudieron regresar también incomodaban. La pobreza, me decía Longhi, roba vida a los pobres. Se sabe que no tendrán la esperanza de vida que hoy tiene el resto de los argentinos de llegar a los 78 años.

Claro que nuestro país tiene sorpresas emocionantes de resiliencia, como los hombres de Malvinas y su solidaridad. En nuestra puna, así da cuenta de un trabajo de investigación realizado allí, al consultársele a sus pobladores qué es ser pobre para ellos, en forma casi unánime contestaron: "No tener familia".