(Foto: Adrián Escandar)
(Foto: Adrián Escandar)

Guardo aún en mi memoria, a pesar de los años transcurridos, la fina sensibilidad y la cabal comprensión que el doctor Roberto Lavagna siempre tuvo por la productividad y la generación de riqueza como la única herramienta capaz de superar las más graves crisis económicas. Compartimos el gobierno del doctor Eduardo Duhalde y esa es una marca indeleble que llevo con honor, pues el país que asumimos estaba partido en mil pedazos y el que entregamos había comenzado a andar. Lamentablemente malogrado luego por la ambición, el capricho y la corrupción.

Fue en una reunión de gabinete cuando pude plantear, a instancia del presidente Duhalde, el tema por el cual tantas veces había reclamado desde el llano y desde la conducción de la Asociación Argentina de Actores y junto a un gran dirigente del Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina (SICA), Tato Miller: la recuperación de la autarquía del INCAA, que impulsaría una industria formidable, la cinematográfica, que es motora de importantes industrias aliadas.

El cine, además de ser una extraordinaria ventana por donde se puede observar y analizar, y por tanto reflexionar, sobre la idiosincrasia, las costumbres, los deseos, las necesidades y el devenir del pueblo que lo produce, es una industria multipropósito que por su propia necesidad e inercia mueve y promueve actividades aleatorias. Escenografías, vestuarios, movilidad, proveedores y servicios, además, por supuesto, de los gremios artísticos —actores, autores, músicos, bailarines, técnicos— que son algunos de los rubros que circulan alrededor de esta industria que, como la construcción y otras, podría catalogarse como madre de industrias.

Esta comprensión y la convicción de que la reactivación de los sectores productivos sería vector que podría sacarnos de la inacción fue lo que posibilitó que el presidente Eduardo Duhalde y su ministro de Economía, Roberto Lavagna, tomaran una decisión valiente en medio de la peor crisis económica que sufriera la patria en el principio del siglo XXI. Sin obviar, por supuesto, la confianza brindada a un sector de la producción que, muchas veces, es considerado solo como productor de bienes suntuarios, desconociendo la posibilidad de ganancias y riquezas que puede atraer a nuestro país por lo dicho y por la difusión que puede hacerse de este, de su diversidad, de sus paisajes, de sus costumbres, de la calidad de su gente y de su acervo cultural, entrando aquí a tallar otra fundamental actividad productiva: el turismo.

No entender que a la cultura hay que tratarla y proyectarla como una industria es atrasar un siglo, y tanto el ministro Lavagna como el presidente Duhalde mostraron, con esta decisión (y por supuesto con muchas otras), su perspicacia, su inteligencia y su sagacidad, para instalarse e instalarnos en los tiempos que corren.

Hoy frente a una crisis que este Gobierno no ha sabido resolver y ha agravado por impericia y errores conceptuales, los males están a la vista: recesión en lugar de reactivación, recorte en lugar de impulso. La economía se achica, sumergida en el mar del desencuentro social y la orilla no se ve. Los planes aumentan y el trabajo desaparece. En síntesis, ¿en qué consiste la política del actual Gobierno? En desgastar en lugar de aunar esfuerzos. En limitar la producción de bienes, entre los que se cuentan los culturales. En recurrir a formularios gastados y perimidos en lugar de plantarse frente al problema con mirada de este siglo, en forma creativa y con el objetivo y el norte puestos en el pueblo argentino, que somos los que trabajamos.

Nos dejan de costado en lugar de integrarnos. Nos disgregan en vez de buscar consensos, siembran discordia para poder cumplir metas y recorrer caminos ya transitados que nos depositarán —como ya conocemos— en nuevas crisis y nuevas frustraciones.

"Hay jóvenes de 80 años y viejos de 40", están a la vista.

El autor es actor. Ex secretario de Cultura de la Nación.