[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos durante el mes de diciembre]

Ciertamente, la Argentina se "estropeó". Podrán discutirse fechas, causas y efectos, pero no el fenómeno en sí. Llevamos casi noventa años con nuestro nivel de vida cayendo respecto de otros países. Primero, nos pasaron los más desarrollados, luego, los de Europa meridional, más adelante los "tigres del Asia". Después les llegó el turno a los de Europa oriental, China y la India. Últimamente nos han pasado también Chile y Uruguay, a quienes siempre mirábamos de cerca, pero de arriba. Todo esto fue acompañado por unos setenta años de déficits fiscales e inflación crónicos, y más defaults de la deuda pública que cualquier otro país.

En fin, desde hace unas tres décadas, también tuvimos la horrenda creatividad de desarrollar una economía bimonetaria peso-dólar, la única en el mundo con tal alcance. En lo político, generamos o padecimos incontables golpes y gobiernos militares —desde 1930 hasta 1983— hasta llegar a la gran tragedia de la década del setenta. En materia social, aumentó la pobreza, se empobreció también la educación y se redujo la movilidad social que nos caracterizara.

Es casi siempre imposible fechar un retroceso tan prolongado. Pero, a mi juicio, este caso sí tiene comienzo cierto: septiembre de 1930. Primero, el día 6, con el golpe de Estado encabezado por el general José Félix Uriburu que depuso al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen. Cabe acotar que el luego general Juan D. Perón participó activamente en el golpe. El gobierno de Uriburu llegó a redactar un proyecto constitucional, por suerte fallido, con un régimen corporativo al estilo del fascismo italiano (sic).

El segundo día fatal fue el 10 de septiembre, cuando una acordada de la Corte Suprema –constituida por juristas de alto vuelo- dio legalidad al gobierno de facto. No soy jurista, pero pienso que la CSJN podría haber elegido un camino distinto, reconociendo la existencia del poder de facto, para evitar una inseguridad jurídica potencialmente caótica, pero poniendo límites al tiempo y a los alcances de la nueva pseudo-legalidad.

El golpe del treinta fue el primero de una larga serie de violaciones de la Constitución y de las leyes, que se hicieron hábito. No satisfecho con su fatal obra, el régimen conservador así instalado recurrió, en escala sin precedentes, a variadas prácticas para amañar las elecciones, desde el voto de los muertos hasta la proscripción lisa y llana, todas ellas autodenominadas "fraude patriótico". Con tales prácticas fueron elegidos el general Agustín P. Justo para el período 1932-38 y Roberto M. Ortiz, de origen radical, para 1938-1944. Este último intentó reencauzar las cosas, pero, enfermo de diabetes, debió dejar la gestión presidencial (1940) en manos de su vice, Ramón A. Castillo, quien afianzó las prácticas fraudulentas y la orientación conservadora, agregando a la neutralidad de la Argentina en la Segunda Guerra, una clara simpatía pro-Eje.

Con similares orientaciones políticas, el 4 de junio de 1943, los militares, liderados por una logia llamada insulsamente Grupo de Oficiales Unidos (GOU), dieron otro golpe de Estado.

No son pocos quienes adjudican al peronismo la mayoría de los males de la Argentina de hoy y, por cierto, la responsabilidad de haber estropeado al país. Esta explicación es, a mi juicio, muy débil. No da cuenta de por qué surgió el peronismo; también ignora la vileza de muchos golpes, patentizada en hechos como el bombardeo de la Plaza de Mayo en junio de 55, los fusilamientos del 56, la Noche de los Bastones Largos de 1966, y la represión genocida, en verdad iniciada por la AAA en 1973-1974, y que no puede entenderse sin la sanguinaria acción guerrillera previa; en fin, culpabilizar al peronismo como el único motor de la decadencia de la Argentina omite también la entre pobre y pésima gestión de los incontables gobiernos inconstitucionales.

Más allá de estos factores políticos, subyacían tensiones sociales importantes, acentuados por la crisis mundial iniciada en 1929. Una de sus facetas era la descrita por Gino Germani: la Argentina era un país más modernizado en sus aspiraciones que desarrollado económicamente, generando así una tensión permanente. Esto fue, en parte no menor, producto del éxito del proyecto educativo de la generación del ochenta, un orgullo nacional. Más educación condujo, entre otras ventajas, a más aspiraciones, pero el éxito no fue tan marcado en la generación de crecimiento económico.

El peronismo tiene, por cierto, su cuota relevante de responsabilidad en el retraso del país. Su principal falencia fue apostar al mercado interno y a la economía cerrada como ejes del desarrollo. Así fue en su nacimiento, y también en los doce años de kirchnerismo, con grandes variantes entre medio. Dadas las dificultades para lograr desarrollo inclusivo por ese camino, se trató de forzar la marcha recurriendo, cada vez más, al déficit fiscal, con sus lógicas secuelas de inflación y endeudamiento, y a los célebres ciclos de auge y parada (stop-go), culminando en el bimonetarismo que nos agobia.

El autor es licenciado en Sociología y Economía. Profesor emérito del IAE-Universidad Austral.