La marcha del 1A fue una extraordinaria expresión popular. Un sector importante de la ciudadanía no sólo marcó un límite al sabotaje peronista a un gobierno constitucional, sino que también señaló el límite al gobierno constitucional de la permisividad y el caos que está dispuesto a tolerar. Semejante muestra cívica hace cuestionarse si otros sectores del país están a la altura del coraje y la decisión que exhibió la sociedad ese día.

Quienes tenemos la oportunidad de acceder a los medios de comunicación y hacer oír nuestra opinión, que supone intentar representar lo que piensa y le conviene a la comunidad, influirla y proponer ideas superadoras, ¿estamos a la altura de ese coraje cívico, de esa decisión, de semejante lección que nos han dado?

Al analizar los problemas centrales de esta democracia, también de muchas otras, se observa que no será posible resolver ninguno de los problemas importantes que preocupan a la sociedad, muchos de ellos impulsaron el 1A, sin cambiar aspectos centrales de nuestra democracia, más allá de quién gobierne. Esa discusión está subsumida en las urgencias, la banalidad, la falta de coraje, la corrección política, los preconceptos, la negación o las conveniencias.

El primer análisis que se está postergando es el del ejercicio del derecho-obligación al voto. A medida que la población reduce su educación, la democracia pierde todo equilibrio. Cuando esa deseducación es fomentada por algunos gobiernos, por las mafias, por los sindicatos docentes, el tema es aún más complicado, si no catastrófico. No se trata de elegir un determinado sistema económico o de organización social. Ni de que voten solamente los que están de acuerdo con las políticas que a algunos iluminados les convengan. Se trata de que haya ciertas condiciones mínimas para ejercer los derechos de ciudadano. La obligación de educarse hasta completar el secundario es tan imperativa como el voto universal. Y ambos a su vez son un derecho. Sin embargo, la parte de la obligatoriedad no se cumple en el caso de la educación, sin siquiera hablar de su calidad.

Cuando se comienza apenas a esbozar este análisis, la pregunta que se nos espeta de inmediato es: "¿Entonces usted propone el voto calificado?". Llámenlo como quieran. Pero tengo serias dudas de que el voto de alguien que ha completado su enseñanza secundaria, aun mala, y está tratando de encontrar trabajo tenga el mismo valor que el de un soldadito del Conurbano o un cliente empecinado de paco. Como todas las estadísticas muestran un avance arrollador de esa marginalidad en el número poblacional, o corregimos drásticamente esa minusvalía ciudadana, o esas masas elegirán nuestros gobiernos. Que en tal caso no serán distintos a las mafias, como hemos visto. Esa minusvalía no se podrá corregir hasta que no haya una voluntad mayoritaria democrática de corregirlo. No la hay en las presentes circunstancias. No la habrá con las presentes tendencias. Y en breve ni siquiera existirá la posibilidad de modificar esta pendiente fatal.

Si además esa situación se une al corporativismo sindical, empresario y político, el resultado es previsible. ¿Cómo se cree que se solucionará ese problema? ¿Permitiendo votar a chicos de 16 años semianalfabetos o analfabetos, además doctorados en marginalidad? Debo recordar que esos chicos, para poder manejar, necesitan una licencia de conducir. Para votar, no, su condición de ciudadanos los releva de toda obligación, de toda responsabilidad, de todo esfuerzo, de toda conducta.

Hago aquí una pausa, y debería dejar un gran espacio en blanco para que los lectores, o parte de ellos, y algún periodismo prepago me acusen de nazi, fascista, dictador y golpista, pero espero que el resto de mis lectores trate de comprender el razonamiento. No taxation without representation dicen los británicos. No derecho al voto sin obligación de educarse, por ejemplo. ¿Quiero excluir del voto a una enorme masa de la población argentina? No necesariamente. Pero no quiero que una masa ignorante y sin capacidad de discernir me manosee mis derechos, invente derechos que no tiene o simplemente condene a mi país a la quiebra. Esto que pongo tan duramente es lo que se ha dado en llamar la grieta.

No seamos hipócritas. La marcha del 1A y todas las marchas no llevan a ninguna parte si no se hacen cambios muy profundos en nuestra democracia. Ningún plan económico ni de ninguna otra clase será viable si no se resuelve esta disyuntiva que planteo. Tengo claro que esto que digo entra en la categoría de lo que no se puede decir. Por eso lo digo. Venezuela es la consecuencia de esta grieta, no la resultante de un gobierno malvado.

Quienes suelen sostener que estas ideas son golpistas o promueven una dictadura militar tampoco entienden que al paso que vamos terminaremos justamente en manos de una dictadura militar, con el disfraz que gusten imaginar. Tal el caso de la nación hermana. Se entra en ellas creyendo que se trata de la dictadura del pueblo. Se sale con la muerte.

El complemento necesario para producir la quiebra del país y de la sociedad es el sistema electoral y de partidos políticos. Un monopolio inaceptable que se ha ido construyendo lentamente. Desde la boleta sábana hasta la introducción de Raúl Alfonsín de los partidos como obligatoriedad para postularse en la Constitución Nacional, el sistema es un mecanismo idóneo para neutralizar y emascular la democracia que declaman a los gritos defender.

Cuando Cristina Fernández lanzó la bravata "hagan un partido y ganen las elecciones", sabía lo que decía. Es más difícil formar un partido que ganar las elecciones, con la maraña legal-administrativa que han inventado. Al mismo tiempo, la elección con lista sábana determinada por los partidos es también antidemocrática. Si se intenta hablar con los políticos de este tema, el resultado será parecido al de los requisitos para ser ciudadano. Lo acusarán a los gritos de que elegir diputados uno por uno es dejar sin representatividad a las minorías, una incongruencia, un relato, una frase repetida sin sustento.

Los resultados están a la vista. El mundo entero ha paralizado cualquier decisión en serio sobre Argentina para ver si las próximas elecciones muestran que el populismo ha desaparecido, cosa que todos sabemos que no se verificará, cualquiera fuese el resultado. Los diputados deben ser distritales, ser conocidos por la gente, recibir las quejas de su electorado, que los enfrenten con su partido si es necesario. Eso tampoco se hace. También en nombre de la democracia y la representatividad del pueblo. Si eso no se corrige, tampoco hay que tener esperanza de que haya un país serio.

Dejo otro espacio para que me denuesten los troles de los partidos y los políticos profesionales. Pero también dejo una pregunta. ¿Por qué es tan fácil para cualquiera votar sin siquiera saber leer y tan difícil presentarse como candidato a diputado? (sin tener que ser de alguna franquicia).

Quedan algunos temas que tampoco queremos atacar en serio: educación, acción policial, Justicia venal, subversión por cortes de calle, garantismo delirante y una sociedad que se compró el cuento de que es culpable de la delincuencia. Como los ricos son culpables de la pobreza. Es decir, que tienen que ver con nuestro silencio y nuestra estupidez.

Los tocaré en una próxima nota. Ahora espero las descalificaciones, las acusaciones de ignorancia, la declamación de que no hay un sistema mejor que la democracia o que es second to none y otras maneras infalibles para seguir profundizando la grieta. Eso sí, sigamos convocando a marchas que no tienen ninguna posibilidad de éxito porque nosotros no queremos tomar el riesgo de enfrentarnos a una opinión pública simplificada y temerosa. Y, sobre todo, avisen cuando en serio puedan bajar el gasto con el presente sistema populista y defaulteador.