Qué no hacer si tenés un amor prohibido

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"El nombre de una mujer me delata, me duele una mujer en todo el cuerpo". Estas dos frases de Jorge Luis Borges, con las que termina el tal vez mejor poema de amor, transmiten lo que muchas personas hemos vivido o tendremos que vivir: un amor prohibido.

Cuando era un niño, y hasta un adolescente, mis padres, la iglesia, mi cultura, me enseñaron que uno no podía enamorarse de otra persona si estaba en pareja. Mucho menos si estaba casado. Eso era algo que hacían las malas personas. Las buenas, las íntegras como nosotros, no hacían esas cosas. Eso era algo horrible que hacían las personas sin principios, inmorales o débiles.

Y así fui por la vida, hasta que cerca de mis cuarenta años se me prendió fuego la teoría. Y la vida. ¿Cómo me podía venir a pasar esto justo a mí? ¡Justo a mí! ¿Que estaba en un gran momento, tenía una familia hermosa, con hijos pequeños? ¿Por qué el destino podía ser tan cruel?

Dios es un bromista, diría Al Pacino en El abogado del diablo. "Mirá pero no toques; tocá pero no pruebes; probá pero no tragues". Y todo mi mundo se vino abajo.

Después de muchos años, hoy puedo mirar atrás el proceso y darme cuenta que aprendí algunas cosas muy valiosas. Uno no elige enamorarse. Simplemente, sucede. Como siempre pasa con las mejores cosas de la vida, que son ajenas a nuestros esfuerzos.

A su vez, está la proverbial discusión acerca de si uno se puede enamorar de otra persona estando enamorado, o bien con su pareja. Cada vez que pregunto esto en mis redes sociales, en una conferencia, o lo escribo en alguna historia, la mitad de la gente se siente aliviada, puede salir de su encierro, de su vergüenza, de su cruz, de su secreto, y descansar por un rato. No estamos tan solos.

Otra mitad se enoja. Están del lado de mis padres, de mi iglesia, de lo que me enseñaban de niño. Simplemente eso no puede suceder. Es de malas personas. Si les repregunto o quiero sostener un poco la discusión, me doy cuenta que tienen miedo. Mucho miedo. Miedo de que las dejen. O miedo de enamorarse de otra persona y que su pequeño equilibrio, sus pequeñas certezas se derrumben. Hoy sé que, mal que nos pese, la vida no ofrece garantías. También nuestro amor se puede estar enamorando de alguien en este preciso momento. O nosotros mismos. Y eso no hace mala persona a nadie.

En todo caso, lo decisivo es qué hacemos con eso que nos pasa. En todo caso, el primer consejo, si es que existe tal cosa, para alguien que está atravesando un amor prohibido, es darse tiempo. Aunque se haya podido desatar en un instante, las raíces y las necesidades afectivas que lo desencadenan se estuvieron desarrollando secretamente durante muchos años.

Todo amor pone en juego muchas cosas, pero por sobre todo una: nuestra afectividad. La necesidad de sentirnos amados, valorados, importantes. El más importante, para alguien. Al fin. Eso que soñamos toda la vida y nunca pasó al final ocurre. No nos alcanza con ser amados, queremos ser los únicos amados.

Aunque nos sintamos escindidos, partidos al medio, que nos estamos muriendo, no nos vamos a morir. Tenemos que darnos tiempo para procesar emociones, decantar todo ese terremoto existencial. Darnos tiempo para ir detrás de un amor que tal vez sea solo un espejismo y que, cuando nos zambullamos, nos golpeemos duramente. Darnos tiempo para comprender que tampoco tenemos que seguir con nuestra pareja por obligación. Eso no funciona.

Los amores prohibidos pueden ser como un rayo, que parte nuestra existencia en dos; un antes y un después. Pero si somos pacientes y tenaces, podemos atravesar esa fractura, igual que sana un hueso. Tal vez tome más tiempo.

También aprendí que no se puede luchar contra los amores prohibidos. El primer consejo que le dan los médicos especialistas a una persona que sufre de insomnio es que pare de hacer esfuerzos para dormirse. De la misma forma, a alguien que está viviendo un amor prohibido nunca le diría que lo saque de su cabeza, porque solo lo agigantará. Que conviva con la situación. Que la tolere. Que no quiera resolver algo que no se puede resolver. ¿Quién puede separar la cara o la cruz de una moneda sin destruirla? Son partes de la misma moneda, de la misma forma que ese amor prohibido es parte de nosotros.

Por último, y tal vez lo más importante, tener mucha compasión y misericordia. ¿Con quiénes? Con nuestra pareja que no sabe lo que estamos viviendo y quien puede ser objeto de nuestro enojo, ya que sin proponérselo se convirtió en el obstáculo para que nuestro gran amor (prohibido) sea posible. Compasión y misericordia con nuestro amor prohibido, porque también estará en carne viva, sufriendo, conociendo las alturas y los abismos. Y compasión, ternura y misericordia con nosotros mismos. No nos juzguemos. No nos condenemos. Perdonémonos. Tratémonos con mucha delicadeza, como si nuestro hijo nos contara que está atravesando algo así. ¿Qué haríamos? ¿Cómo lo trataríamos? ¿Lo retaríamos? ¿Le diríamos que es un idiota o le gritaríamos? ¿O le tomaríamos la mano, le enjugaríamos las lágrimas, le daríamos un abrazo largo? Eso es exactamente lo que tenemos que hacer con nosotros mismos.

Darnos tiempo. No juzgar. No querer decidir. No querer erradicarlo. Tolerar la incertidumbre. Tratar a todos y a nosotros mismos con compasión, misericordia y ternura.

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