
El mito de la fundación de México-Tenochtitlan se ha narrado durante siglos en libros de texto, aulas y plazas cívicas de todo el país. Su imagen central —un águila real posada sobre un nopal, devorando una serpiente, en medio de un lago sobre un nopal— se convirtió en el escudo nacional y ocupa el lugar de honor en la bandera de México.
Según la versión tradicional, los mexicas, guiados por su dios Huitzilopochtli, peregrinaron desde el mítico Aztlán hasta hallar esa señal en un islote del lago de Texcoco. Ahí, cumpliendo el mandato divino, fundaron la gran Tenochtitlan, corazón de un imperio.
Esta historia —que todos hemos aprendido desde la escuela primaria y que José Luis Camacho Vargas relata en su libro Los símbolos patrios y las fuerzas armadas— posee el encanto propio de una leyenda compartida. Relata cómo, tras una larga peregrinación, los mexicas se encontraron con la señal prometida: el águila, el nopal y la serpiente. Ese mismo lugar se transformó en el centro del poder del México antiguo.

Sin embargo, de acuerdo con el libro antes mencionado, más allá del relato mítico, existen señales claras de que este episodio, lejos de ser un simple testimonio histórico, podría haber nacido por razones políticas muy concretas.
Al aproximarse al mito con mirada crítica y recurriendo a fuentes antiguas, surgen elementos que hacen pensar que esta escena fundacional fue diseñada para cimentar la autoridad y el proyecto político de los mexicas. Según Camacho Vargas, numerosos estudios señalan al tlatoani Itzcóatl (gobernante entre 1427 y 1440) como el arquitecto principal de este relato.
Bajo el gobierno de Itzcóatl, Tenochtitlan había consolidado su predominio militar tras pactar la Triple Alianza con Texcoco y Tlacopan, y el joven imperio buscaba justificar y eternizar su supremacía en la cuenca de México. De acuerdo con Camacho Vargas, la tradición sobre el águila devorando una serpiente se fortaleció precisamente en ese momento, cuando resultaba necesario establecer una legitimidad mítica y una identidad común poderosa para justificar el dominio sobre los pueblos vecinos y fortalecer la cohesión interna.

El libro indica que, según diversas crónicas y registros, Itzcóatl ordenó la quema de viejos códices y relatos pictográficos para evitar contradicciones y poder imponer una versión de la historia acorde con los intereses mexicas. Esta acción aseguraba que la memoria colectiva aceptara un origen divinamente señalado, indiscutible y conveniente para el nuevo orden.
Hay cierta evidencia que respalda esta versión. Esculturas antiguas, como el “Teocalli de la Guerra Sagrada” (conocido también como la “Piedra del Escudo Nacional” y cuyo origen es de 1507-1508) y una figura en el templo de Tlahuizcalpantecuhtli de Tula, si bien contienen águilas, no presentan la famosa escena con la serpiente sobre el nopal.
Cronistas como Hernando de Alvarado Tezozómoc y Diego Durán, así como imágenes en códices como el Mendoza, muestran variantes: águilas devorando corazones, aves y no siempre una serpiente. El “Teocalli de la Guerra Sagrada” no tiene a un reptil, si no al glifo de la guerra “Atl-tlachinolli”, que se traduce como “agua que arde”. Este mosaico de interpretaciones y símbolos refuerza la idea de que la imagen oficial se definió tras un proceso de selección y ajuste político, más que como un simple reflejo de un hecho puntual.

En cuento a los hechos comprobables y reales, se sabe que tras la peregrinación mexica habría existido una fase de establecimiento forzado en islotes asignados por Tezozómoc, gobernante de Azcapotzalco.
La mitología dice que la lucha entre el dios Huitzilopochtli y el oscuro Copil ocurrida el 13 de abril de 1325 se puede leer como un reflejo mítico de un eclipse solar ocurrido en esa misma fecha, año además en el que se estima la fundación de Tenochtitlan. Cabe mencionar que el primero de los dioses era representado a veces como un águila y un sol, mientras que el segundo era la oscuridad, relacionada en muchas culturas como una serpiente, que impedía a los mexicas a llegar a su destino.
El hombre que presuntamente lideró la fundación de Tenochtitlan fue Tenoch, primer tlatoani mexica, cuyo nombre significa “tuna sobre piedra”, que puede interpretarse de acuerdo con Camacho Vargas como el nopal en el islote en el lago de Texcoco. En el mito Huitzilopochtli le entrega el corazón de Copil a Tenoch como ofrenda.
Por lo tanto el mito fundacional usaría como base un hecho real y tendría sentido de acuerdo con la cosmogonía mexica, la cual estudió con ahínco los fenómenos astronómicos. Sin embargo, a pesar de que hay la posibilidad de que se trató solo de una invención del tlatoani Itzcóatl para legitimar su poder, se volvió a partir de un largo proceso histórico en un símbolo de identidad de México como Estado-nación actual.
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