La vida de Edgar “N”, alias El Ponchis, es una de las historias que más ha impactado a las familias mexicanas. A los 14 años fue detenido y confesó ser un sicario del Cártel de Sinaloa que solía degollar a sus víctimas. Lo anterior sólo dejaba en evidencia un problema: que las niñas, niños y adolescentes son un “blanco predilecto” para el crimen organizado.
Este sector poblacional es reclutado por las bandas delincuenciales para cometer una diversidad de actividades ilícitas -desde transportar droga hasta vigilar casas de seguridad-, lo que afecta de manera íntegra su derecho a la vida, integridad y salud.
El empoderamiento de los grupos delictivos, el fácil acceso a armas de fuego, la exclusión social, la situación económica y la falta de oportunidades para desarrollar un proyecto de vida son algunos de los factores que generan un contexto en el que los menores de edad son más vulnerables de verse envueltos en actos criminales.
Así lo indica el estudio Niñas, niños y adolescentes víctimas del crimen organizado en México, el cual fue realizado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) en colaboración con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Pero las causas de este reclutamiento también pueden deberse a la “legitimación social” de las organizaciones criminales que asumen el control en una zona en particular -lo que aumenta su capacidad de cooptación-, la debilidad y corrupción en las instituciones del Estado, al igual que los altos niveles de impunidad en las investigaciones relacionadas con actos violentos.
“La inclusión de los niños en el crimen organizado puede ser a través de dos formas: una es que los reclutan para trabajar de manera forzada, pero los niños también se pueden inmiscuir en la actividad criminal al incluirse en las pandillas”, detalló la experta en temas migratorios, Elisa Ortega, investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y coordinadora del informe ya mencionado.
Actividades de reclutamiento
Son diversas las razones por las cuales los grupos criminales reclutan a menores edad, pues depende de las tareas que les encomienden, la zona geográfica en la que se encuentran y el “proceso de socialización” que los lleva a reflejar la personalidad agresiva de los “líderes”, apunta la también profesora de la máxima casa de estudios.
Entre las principales actividades que realizan los niños cuando se integran a un grupo u organización delictiva destaca el “halconeo”, que tiene que ver con un acto de vigilancia y recolección de información. De esa manera, las víctimas reclutadas tienen que observar, espiar y alertar los movimientos de las corporaciones militares y policiales, así como de los grupos adversarios.

A partir de la edad de 12 años les encargan vigilar las denominadas “casas de seguridad”, que consisten en espacios donde se ocultan armas, drogas o dinero, aunque también son utilizados para cometer actos de tortura, violación o desaparición forzada. Al respecto, el “Observatorio Reclutamiento” de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) señala que “son empleados en esta actividad ya que pasan desapercibidos con mayor facilidad que un adulto”.
De acuerdo con la investigadora Elisa Ortega, los menores también son reclutados como “piscadores de amapola”. Este actividad tiene que ver más con cuestiones de campo, pues consiste en recolectar la flor de la cual se saca la goma de opio (con la que se produce heroína).
Una vez dentro del crimen organizado, las niñas y niños pueden desempeñarse como “mulas”, término usado para referirse a las personas que transportan droga de un lado a otro, principalmente en la zona fronteriza. Esto con la finalidad de que los narcotraficanes no sean detenidos por las autoridades. A cambio, los individuos que transportan los enervantes reciben un pago, el cual es bajo en comparación con el valor de la mercancía traficada.

En otro ámbito, los menores que se integran a un grupo criminal se convierten en “sicarios”, que puede traducirse como aquel que mata a alguien por encargo de un tercero. Debido a ello, resulta usual que los infantes porten armas de fuego de alto calibre. Tal es el caso de Édgar N, alias El Ponchis, un niño que desde los 11 años se involucró en la delincuencia organizada. Tras su detención en 2010, aseguró haber asesinado a al menos cuatro personas por órdenes de un miembro del Cártel de Sinaloa.
Sin embargo, no sólo se trata de ser mulas, halcones o sicarios, pues los menores también pueden ser sometidos a un trabajo sexual, detalla el informe de la CNDH. Según el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México, el 58% de las víctimas de trata de personas en el país son niñas, niños y adolescentes.
Derechos vulnerados
“El crimen organizado deja huellas que duran para toda la vida. El impacto que tiene en la niñez y en las juventudes se queda ahí”, agregó Elisa Ortega en un video difundido por la UNAM el pasado 16 de abril, cuando se conmemoró el Día Mundial contra la Esclavitud Infantil. Lo anterior tiene repercusiones en cuatro derechos fundamentales, los cuales son:
1) Derecho a una vida libre de violencia
2) Derecho a la libertad personal
3) Derecho a la salud
4) Derecho a la educación
Según cifras de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), se estima que en el país cerca de 30 mil niñas, niños y adolescentes se han incorporado a las filas del crimen organizado, aunque datos del gobierno señalan que son cerca de 460 mil.
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