Durante las noches, muchos dueños de hámsteres escuchan el inconfundible sonido de la rueda girando sin cesar. Este comportamiento, que parece no tener un objetivo claro, ha generado curiosidad durante décadas. Al principio, se pensaba que correr en la rueda era una reacción a la cautividad: una forma de canalizar el aburrimiento o la inquietud, similar a las conductas repetitivas que aparecen en otros animales encerrados.
Especialistas como el doctor Theodore Garland Jr., profesor de biología en la Universidad de California, Riverside, una universidad pública de investigación, advierten que aún existe debate sobre el verdadero sentido de esta costumbre. Garland, con más de 30 años de investigación en el tema, sostiene que el consenso científico sigue sin alcanzarse y que las motivaciones podrían ser distintas.
El experimento de Johanna Meijer y las pruebas en animales silvestres
En 2014, la neurobióloga Johanna Meijer instaló ruedas de ejercicio en dos entornos naturales para estudiar el comportamiento de los animales silvestres. Durante más de 3 años, cámaras registraron que los ratones silvestres corrían en las ruedas con la misma frecuencia y duración que los animales enjaulados.
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Incluso después de retirar la comida utilizada como incentivo inicial, los ratones continuaron usando las ruedas de forma voluntaria, lo que sugiere que el comportamiento no dependía de una recompensa inmediata.
El experimento también reveló la presencia de otras especies, como musarañas, ranas y babosas, aunque solo los ratones mostraron un uso sostenido del aparato. Los ratones representaron el 88% de todos los animales que utilizaron la rueda en el estudio.
Las demás especies apenas interactuaron o lo hicieron de manera esporádica y sin la misma constancia. De acuerdo con las observaciones del equipo, algunos animales como los caracoles fueron excluidos por “movimientos azarosos” que no podían considerarse carrera intencionada.
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Estos resultados refutan la creencia de que correr en la rueda es una conducta patológica exclusiva de la cautividad. El estudio de Meijer demuestra que existe un impulso natural en los roedores a realizar este tipo de ejercicio, independientemente del entorno.
Así, la conducta responde a motivaciones biológicas y no únicamente a la falta de estímulo en jaulas. La conclusión del equipo es clara: “Los ratones silvestres corren en la rueda como sus pares enjaulados, lo que indica que esta conducta no es solo producto del cautiverio”.
El sistema de recompensa cerebral y la dopamina
La pregunta de por qué los roedores, y especialmente los hámsteres, sienten la necesidad de correr en la rueda ha llevado a los científicos a explorar el funcionamiento del cerebro. El doctor Garland indica que la clave podría estar en el sistema de recompensa, específicamente en la dopamina, un neurotransmisor asociado al placer.
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Según Garland, “la dopamina es vista como el denominador común”, ya que activa el sistema de recompensa cerebral y produce una sensación placentera similar a la de los humanos al hacer ejercicio.
Los experimentos de Garland han mostrado que, incluso ante la posibilidad de abandonar la rueda, muchos ratones prefieren continuar y hasta improvisar acrobacias, como dar una vuelta completa dentro de la rueda antes de seguir corriendo.
Aunque Garland se muestra reacio a hablar de “placer” en animales con cerebros menos complejos, reconoce que resulta difícil ignorar la posibilidad de que la actividad les provoque algún tipo de disfrute.
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Es que correr en la rueda parece estar vinculado a la activación de circuitos cerebrales que incentivan la repetición de la conducta. Los animales regresan a la rueda, una y otra vez, por la sensación positiva que experimentan al realizar el ejercicio.
Diferencias biológicas entre roedores
No todos los animales muestran el mismo entusiasmo por las ruedas de ejercicio. Según Garland, los roedores tienen características biológicas que los predisponen a recorrer grandes distancias y mantener una alta actividad física.
Garland destaca que “un sapo no va a correr 10 kilómetros en un día, mientras que una ardilla podría hacerlo”. Factores como el tamaño de su territorio natural, su metabolismo acelerado y la capacidad aeróbica les permiten sostener el esfuerzo durante largos periodos. Por ejemplo, mientras un sapo difícilmente correría 10 kilómetros en un día, un roedor como una ardilla sí podría hacerlo.
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Otros animales que se acercaron a las ruedas durante el experimento de Meijer, como babosas y ranas, no mostraron la misma constancia ni la duración en sus “entrenamientos”. Esto refuerza la idea de que la tendencia a correr de forma repetitiva es una adaptación específica de los roedores, relacionada con sus necesidades ecológicas y fisiológicas.
Cómo se forman los hábitos de ejercicio
Los estudios de Garland muestran que el acceso temprano a la rueda de ejercicio aumenta la actividad física de los ratones en la adultez. La exposición temprana modifica los circuitos de recompensa en el cerebro, promoviendo la repetición del comportamiento en el tiempo. Así, el hábito de correr se consolida desde la juventud.
Garland vincula este fenómeno con hábitos en humanos: si los niños pierden oportunidades de hacer ejercicio, como cuando se eliminan clases de educación física, también podrían perder el interés en la vida adulta. La investigación en roedores ayuda a entender cómo se forman los hábitos saludables en las personas.
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