REVIEW | Mewgenics – El “juego de gatos” definitivo

Luego de una década de desarrollo, retrasos e incertidumbres, el nuevo trabajo de Edmund McMillen y Tyler Glaiel llega para ofrecer una de las experiencias más profundas y ambiciosas del año

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Mewgenics, de Edmund McMillen y
Mewgenics, de Edmund McMillen y Tyler Glaiel.

Hablar de Mewgenics es, en esencia, analizar una de las gestaciones más largas dentro de la escena independiente. Tal como diría la señora del Titanic ‘Han pasado catorce años’ desde que supimos de la existencia del juego, tiempo en el que el proyecto pasó de convertirse en una promesa del Team Meat a quedar cancelado, para finalmente renacer desde las cenizas cual Ave Fénix bajo la dirección de Edmund McMillen y Tyler Glaiel. Pero lo que hace que el título se sienta verdaderamente especial no es su tortuoso camino, sino el linaje, ya que es el nuevo trabajo del creador de The Binding of Isaac. Sin embargo, esta obra si bien se mantiene en los márgenes del roguelike se aleja del frenesí de los disparos para abrazar la pausa reflexiva del RPG y la táctica por turnos, ese ‘fósil’ que todavía en 2026 nos sigue dando tantas alegrías.

Mewgenics se siente como el proyecto de una vida, una amalgama de obsesiones sobre la biología, la fealdad y el azar. El juego nos sumerge en la decadencia suburbana de Boon County, un con un encanto peculiar pero sumamente perturbador. Como jugadores asumimos el papel de un criador de gatos en un mundo que parece haberse olvidado de la higiene y la cordura. La historia no se nos entrega en bandeja de plata, sino que se filtra a través de los encuentros con repertorio de NPC estrafalarios y la propia evolución de nuestro hogar. De hecho, hay algo extrañamente conmovedor en la forma en que se trata la supervivencia, ya que se siente como una suerte de crónica sobre el legado y la persistencia en un entorno hostil donde seguimos creando vida en mitad del caos.

La jugabilidad, contrario a lo que puede aparentar, es increíblemente profunda. El juego toca muchos palos y lo hace de forma magistral. Como resultado tenemos un laberinto de decisiones que comienza mucho antes de entrar al campo de batalla. La estructura se divide en dos ‘fases’ perfectamente conectadas: la gestión doméstica y las expediciones tácticas. En casa, el juego se siente como un simulador de vida, muy oscuro y crudo, donde el apartamento en que moran los felinos se convierte en una estructura idónea para la ingeniería genética. En este sentido, el título brilla ya que los gatos no son sólo mascotas, sino recipientes de ADN que viven, comen y se reproducen, para finalmente morir de formas crueles y sin un ápice de gloria.

Mewgenics, de Edmund McMillen y
Mewgenics, de Edmund McMillen y Tyler Glaiel.

La profundidad que alcanza este sistema es impresionante. Al comienzo se antoja sencillo, pero conforme avanza la partida puede abrumar un poco, aunque con un magnetismo único cuya fuerza puede mantenernos pegados a la silla por horas. Más allá de los atributos de cada gatito se esconde una lotería biológica donde las condiciones físicas o mentales funcionan como modificadores. No obstante, esto no siempre nos juega en contra, sino que pueden convertirse en variables tácticas. Por ejemplo, un gato con dislexia puede ver los números de daño barajados, y paralelamente poseer una fuerza bruta inigualable, mientras que otro con huesos débiles puede desarrollar ‘espinas’ producto de las fracturas expuestas que se producen al caer en combate.

Esta forma de abrazar estas ‘imperfecciones’ y convertirlas en una herramienta que enriquece el combate es lo que separa a este juego de cualquier otro RPG táctico convencional. Y es que si algo le sobra a Mewgenics es una personalidad única y muy humana que lo impregna todo, incluso las mecánicas de juego. Puede que al principio metamos gatos en la casa sin pensar demasiado en sus características, pero conforme pasan las horas, esta perspectiva cambia. Al fin y al cabo, vamos a tener que decidir qué rasgos potenciar y qué enfermedades o mutaciones estamos dispuestos a tolerar en la próxima generación. Todo con el fin de asegurarnos de que nuestros ‘futuros guerreros’ tengan una oportunidad de sobrevivir en el exterior.

Cuando finalmente sacamos a nuestras criaturas a las expediciones, el juego adopta una estructura roguelike aunque bastante más lineal que lo que estamos acostumbrados a ver en el género. En lugar de contar con múltiples ramificaciones, los mapas se componen de una línea en zig-zag unida por nodos donde vamos a encontrar combates y eventos. Estos últimos, suelen resolverse mediante una suerte de tirada de dados cuya dificultad está determinada por ciertos atributos específicos de cada gato. Dependiendo de ello, el resultado en cada situación puede ofrecernos una recompensa grata o un castigo que puede complicarnos mucho las cosas. Por ejemplo, mirar a un espejo maldito puede causar demencia a uno de los gatos, provocando que durante las batallas ataque a todo el mundo, sin importar si se trata de un enemigo o un aliado.

Mewgenics, de Edmund McMillen y
Mewgenics, de Edmund McMillen y Tyler Glaiel.

Respecto al sistema de combate, el mismo es por turnos y presenta una complejidad que bebe directamente de la filosofía de los juegos de cartas coleccionables. El posicionamiento en la cuadrícula es vital, pero la verdadera magia reside en las sinergias. Cada movimiento cuenta y el entorno es un elemento más de la ecuación. Tanto el clima, el estado del terreno como así también los objetos interactuables pueden convertir una derrota segura en una victoria milagrosa. Es un ajedrez sangriento donde la improvisación se vuelve sumamente importante como la planificación previa. Algo que nos recuerda constantemente que, aunque hayamos diseñado al ‘gato perfecto’, el campo de batalla siempre tendrá la última palabra.

El sistema de clases ofrece los típicos arquetipos del RPG, sólo que aquí están definidas por el uso de collares. Al equipar a un felino con un collar de Guerrero, Mago, Clérigo o Arquero (sólo por mencionar algunas de las clases disponibles), no solo vamos a elegir un rol, sino que paralelamente estaremos accediendo a un catálogo de habilidades que parece no tener fin. Por poner un ejemplo, podemos jugar 10 runs con el mismo tipo de personaje y tener una sensación de descubrimiento constante. Cuando parece que lo vimos todo, Mewgenics se guarda una sorpresa bajo la manga. Además, el sistema de progresión permite mezclar cualquier habilidad de diferentes profesiones dando lugar a híbridos bizarros que desafían cualquier lógica de diseño tradicional pero que funcionan bajo sus propias y retorcidas reglas.

Un aspecto a destacar, es la interactividad de los escenarios. Los mapas presentan elementos que podemos aprovechar a nuestro favor con algo de ingenio, pero que también nos pueden complicar mucho las cosas. La hierba alta se quema y propaga el fuego, el agua se congela creando superficies resbaladizas y los escombros se pueden usar como proyectiles. Esta reactividad enriquece cada enfrentamiento y lo convierte en un pequeño ecosistema de causas y efectos. Lo mejor es cuando se logra encadenar el uso de estos elementos con las habilidades de nuestro grupo de gatos. El resultado es una satisfacción táctica que pocos juegos consiguen transmitir con tanta fuerza.

Mewgenics, de Edmund McMillen y
Mewgenics, de Edmund McMillen y Tyler Glaiel.

Podría dedicar muchísimas líneas a hablar de los múltiples elementos y las bondades de Mewgenics pero la escala de la obra es, sencillamente, titánica. Completar la historia principal y todo el contenido que el juego tiene para ofrecer puede tomar más de doscientas horas, una cifra que asusta pero que se justifica por la naturaleza procedimental del juego. En este aspecto, reside una de las mayores virtudes, pero también uno de los puntos que -en lo personal- no me terminó de cuajar. Me refiero a que cada nueva partida ofrece la posibilidad de descubrir nuevos aspectos del título y confía en la curiosidad del jugador. No obstante, al llegar al final de un escenario y derrotar al jefe, no tenemos la posibilidad de seguir. Por el contrario, estamos obligados a regresar a los felinos a casa y recién en la próxima partida es que podremos acceder a la nueva zona. Esto es algo que desde mi punto de vista, frena la progresión.

A nivel visual y sonoro, la identidad es inconfundible. El estilo artístico de trazo grueso y sombras marcadas crea una atmósfera de pesadilla caricaturesca que encaja perfectamente con el tono del juego. Es imposible ver Mewgenics y no darse cuenta que McMillen está detrás del proyecto. La música, por su parte, acompaña el descenso a la locura con una mezcla de melodías pegadizas y sonidos inquietantes que refuerzan la sensación de estar en un lugar que no debería existir. Es una experiencia sensorial coherente que logra que incluso lo más repulsivo se nutra de una belleza intrínseca. Una marca de la casa que aquí alcanza su máxima expresión gracias a la fluidez de las animaciones y la expresividad de los gatos.

Más allá de lo técnico, el juego no tiene concesiones para quien busque una experiencia ligera. Es un título muy difícil que demanda de atención, de animarse a experimentar y, sobre todo, de adaptarse al fracaso. Hay algo muy puro en el hecho de que un juego sobre criar gatos deformes sea, al mismo tiempo, una de las piezas de estrategia más pulidas y ambiciosas de un 2026 que recién comienza. Eso sí, está claro que no intenta agradar a todo el mundo. Perder una run significa literalmente perderlo todo: los gatos, los objetos conseguidos y cualquier tipo de progreso. Pero para aquellos que logren conectar con la propuesta, puedo asegurar que se convertirá en una una obsesión difícil de soltar.

Mewgenics, de Edmund McMillen y
Mewgenics, de Edmund McMillen y Tyler Glaiel.

La sensación de ‘herencia’ es algo que permea todo el juego, no solo en la genética de los gatos, sino en la propia historia del desarrollo independiente. Mewgenics es un testamento a la paciencia y a la visión artística inamovible de sus creadores. Ver cómo un gato que criamos durante generaciones cae en combate duele de forma real, pero ver cómo su linaje continúa en un cachorro con sus mismos ojos y una nueva y poderosa mutación es lo que da sentido a toda la experiencia.

Mewgenics es una anomalía maravillosa en el paisaje actual de los videojuegos. Es un RPG con una ambición desmedida que logra equilibrar la repugnancia con la ternura y la aleatoriedad con la estrategia más profunda. Tras más de una década de espera, el resultado no solo está a la altura de las expectativas, sino que ofrece una experiencia generacional que, al igual que The Binding of Isaac, va a dar mucho de qué hablar. Es, sin ninguna duda, la obra cumbre de una forma de entender el desarrollo independiente: sin filtros, sin miedo al riesgo y con un corazón enorme latiendo bajo una piel llena de pelos y mutaciones.

9
Un clásico generacionalBajo un aspecto simpático y caricaturesco, el título de Edmund McMillen y Tyler Glaiel nos ofrece uno de los RPG/Roguelike más profundos, complejos y ambiciosos de este año que recién comienza.
Revisado en PC
Plataformas:
PC