
La noche del 10 de noviembre de 1940 quedó marcada para siempre en la memoria de Manhattan: ese día abrió sus puertas el Copacabana, un cabaret radicalmente nuevo, decorado con motivos tropicales y promesas de sofisticación y placer nocturno.
El club, ideado por el publicista y empresario Monte Proser, ofrecía a la élite de Nueva York una experiencia inspirada en la playa brasileña homónima, con palmeras falsas, shows latinos y una carta que combinaba desde orquestas a comida china, elementos que entonces representaban exotismo y modernidad, según Grunge.
Proser, sin embargo, era consciente de las reglas del juego en la ciudad: solo podía sobrevivir si hacía pactos con la mafia.
Desde el principio, el verdadero poder tras el Copacabana fue Frank Costello, el legendario “Primer Ministro” de la mafia neoyorquina y líder de la familia Genovese, quien tomó el club bajo su protección y lo convirtió en una pieza clave dentro del sistema financiero del hampa.

Según el propio hijo de Proser, Monte y Costello mantenían una asociación pragmática nacida de la necesidad y la mutua conveniencia, aunque el gánster, según su familia, soñaba con una vida más sencilla bajo los reflectores de la discoteca, apostando en el hipódromo o socializando con artistas y empresarios lejos de la violencia del crimen diario, en relatos recogidos por All That’s Interesting.

Este acuerdo se tradujo en una doble cara: mientras Proser administraba el local de cara al público, Costello designaba a hombres de su confianza para la gestión real, entre ellos a Jules Podell, de quien se dice tenía reputación de dureza y antecedentes delictivos.
Según la fuente The Capo, Podell y Jack Entratter llevaban las riendas mientras el club florecía. La presencia de Costello no era solo simbólica; controló los hilos incluso tras haber sido expulsado formalmente durante una investigación policial entre 1944 y 1948, originada en la magnitud del negocio y su notoria clientela mafiosa.
Lejos de eclipsar el brillo del Copacabana, estos lazos mafiosos multiplicaron su atractivo: políticos, deportistas, empresarios y hasta otros mafiosos acudían por igual, sabedores de que la diversión estaba garantizada y la discreción también. Celebridades y criminales compartieron espacio cada noche.
El club aparecía a menudo en las crónicas policiales y de sociedad de la época, convirtiéndose en tema constante de conversación en todos los círculos neoyorquinos.
La propuesta artística era igual de revolucionaria. Desde la primera noche, las “Copacabana Girls”, formadas en espectáculos tipo Ziegfeld Follies— se hicieron famosas por la gracia, la belleza y el glamour que aportaban al ambiente. Según Esquire, las bailarinas, en su mayoría veinteañeras, protagonizaban shows de 21 funciones semanales, marcando tendencia por su vestuario y sus coreografías.

Algunas, como Lillian Moore, tenían herencia familiar en los grandes espectáculos de la ciudad; otras usaron el trampolín del Copa para conquistar Broadway e incluso Hollywood. La paga era bastante considerable para la época, de 65 a 75 dólares semanales, equivalentes a unos mil dólares actuales.
El auge del club coincidió con la llegada en los años cuarenta y cincuenta de artistas que se convertirían en leyendas. Según cuenta Esquire, Dean Martin y Jerry Lewis debutaron ante el público neoyorquino en el Copacabana en 1949, y lo mismo hicieron figuras como Frank Sinatra, Sammy Davis Jr., Nat King Cole, Perry Como, Peggy Lee, The Supremes, Marvin Gaye y Martha and the Vandellas
Las noches eran escenario de encuentros irrepetibles: Sinatra conversando con Rocky Graziano antes de salir a cantar, Lucille Ball y Desi Arnaz departiendo con la orquesta, o el público formado en la calle solo para ver a sus ídolos subir al escenario.
Pero la belleza y el lujo escondían tensos dilemas sociales. En sus primeros años, el Copacabana mantuvo una política abiertamente racista, negando la entrada a afroamericanos, incluso cuando formaban parte del espectáculo o la vida pública.
En 1944, el propio Harry Belafonte, veterano de la Marina y futuro ícono del espectáculo, fue expulsado por el color de su piel. Nat King Cole, otro pionero, debía entrar por la puerta de servicio.

La presión de Monte Proser ayudó a cambiar las reglas, aunque el giro definitivo vino tras la intervención de Frank Sinatra, quien amenazó con no volver a presentarse mientras a sus amigos, como Sammy Davis Jr., les fuera negada la entrada
Finalmente, Podell accedió y las grandes figuras afroamericanas comenzaron a copar la cartelera, símbolo de los vientos de cambio. A pesar de eso, Belafonte jamás olvidó el agravio: rechazó presentarse en el club por años y solo volvió ya consagrado (Grunge).
La celebración problemática
Uno de los episodios más escandalosos de la historia del lugar sucedió la noche del 16 de mayo de 1957, cuando los miembros de los Yankees de Nueva York, incluyendo a Mickey Mantle, Whitey Ford y Billy Martin, acudieron a celebrar el cumpleaños de este último.
Sammy Davis Jr. era el artista principal del cartel cuando un grupo de asistentes borrachos comenzó a lanzarle insultos racistas. La reacción de los Yankees fue violenta; se generó una pelea multitudinaria que ocupó los titulares de la prensa y terminó con demandas judiciales.
Billy Martin, uno de los héroes del equipo, fue finalmente transferido a los Kansas City Athletics después del escándalo, en parte como consecuencia del incidente, según The New York Times.
La justicia y la discoteca

Las relaciones entre el Copacabana y la justicia siguieron tensas. Una investigación por evasión fiscal y crimen organizado en 1944 puso en la mira a Frank Costello, que debió “alejarse” oficialmente del club durante varios años, aunque seguía operando entre bambalinas.
Cuando las autoridades finalmente “autorizaron” la gestión de Podell, el local pudo respirar, manteniéndose como sitio de referencia tanto para fiestas como para negociaciones y manejo de favores en la ciudad.
Al morir Jules Podell en 1973, el mito pareció quebrarse. El club cerró por primera vez en su historia y la ciudad experimentó un vacío en la vida nocturna.
El Copacabana reabrió en 1976 gracias a la gestión de John Juliano, quien adaptó el espacio a la nueva ola disco de los años setenta. El antiguo ambiente de cabaret dio paso a pistas de baile iluminadas y fiestas más desenfadadas, todo bajo nuevas reglas y costumbres urbanas, como relata Esquire.

La reinvención era también cultural. En 1978, Barry Manilow compuso “Copacabana (At The Copa)”, un tema que transformó al club en un fenómeno internacional y relataba una historia ficticia de pasión, celos y muerte al ritmo de música disco.
La canción inspiró una película, varios musicales y decenas de referencias en la cultura pop, sumando aún más misterio y seducción a la leyenda del local.
El club continuó moviéndose por la ciudad con el correr de las décadas siguientes. Tras dejar la mítica East 60th Street, el Copacabana pasó por West 57th y West 34th, antes de instalarse en Times Square y, finalmente, en el corazón de Hell’s Kitchen, en West 51st Street
Según New Daily News, entre mudanzas y cierres, la sala nunca perdió su “alma tropical”, desde los palmerales metálicos y el tapizado de terciopelo a las noches de salsa y merengue.
El Copacabana resistió pérdidas, crisis y la pandemia del COVID-19, que obligó a dar por terminada su época en Times Square en 2020.
Sin embargo, las energías renovadas de Juliano y Cabrera impulsaron en 2022 una exitosa reapertura en West 51st Street, con una programación centrada en la música latina y la promesa de devolver al club su papel de faro en la ciudad nocturna
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