
Cuando era joven, a Catherine Deneuve los directores la elegían para sus protagónicos no solo por su indiscutible belleza. Su aspecto de mujer aristocrática, fría y enigmática le permitió forjar una prolífica carrera y también convertirse en referente de estilo. Yves Saint Laurent quedó impactado con ella y la vistió durante décadas. Ella representa el glamour de París, aún en la vejez, con sus surcos y arrugas, que decidió no esconder. La edad no es un problema ni tampoco para las nuevas promesas del cine que la miran y admiran, como un mito viviente. Deneuve encarna el cine francés.
Catherine Fabienne Dorléac nació en París, el 22 de octubre de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial y bajo la ocupación nazi. Su linaje es de actores. Su padre era Maurice Dorléac, director de doblaje de Paramount en Francia y su madre, Jeanne Renée Deneuve, que fue conocida como Renée Simonot. Catherine es la tercera de cuatro hermanas, Danielle, Françoise y Sylvie.
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Françoise, que usaba el apellido paterno, Dorléac era la promesa del cine de la familia y fue la responsable de haber convencido a Catherine a ser también actriz. Le insistía que aceptara roles y estrechara lazos con directores de la Nouvelle Vague, como lo hacía ella. Así fue como Deneuve siguió sus pasos. Las dos trabajaron bajo las órdenes de Roman Polanski. Su hermana fue protagonista de Cul-de-Sac (1966) y ella, un año antes había actuado en Repulsión, una película que lanzaba al estrellato al artista polaco.
Después de haber filmado Belle de Jour, junto al director español Luis Buñuel, el padre del surrealismo llevado al celuloide, y en el que interpretaba a una joven que llevaba una doble vida, la actriz recibió uno de los mayores golpes de su vida. Su hermana Françoise había perdido la vida en un trágico accidente automovilístico, a los 25 años. Estaba apurada camino al aeropuerto de Niza, en la riviera, con miedo a no llegar a la salida de su vuelo y al perder el control de auto alquilado, se estrelló contra una señal. El auto volcó y se prendió fuego. Y a pesar de que luchó para salir no pudo abrir la puerta. No quedó nada de ella. Solo una chequera, un diario y su registro de manejo.
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La tragedia conmovió a toda Francia, que todavía se movía al ritmo del musical que las hermanas habían grabado juntas en Las señoritas de Rochefort. Después de casi 30 años de silencio tras la pérdida, en el documental Elle s’appelait Françoise, de Andreu y Ledoux, la actriz contó que esa película les había deparado mucha felicidad, porque les había permitido tener tiempo de estar juntas, de disfrutar como de una “segunda infancia” ya que ambas habían adquirido compromisos laborales desde su adolescencia. El debut cinematográfico de Deneuve había sido Les Collegiennes (1957) a los 15 años. El de Françoise, a los 17, con Les loups dans la bergerie.
Con el paso del tiempo, Catherine se ganó varios apodos a medida que crecía su filmografía. La rubia de hielo, y en Estados Unidos fue catalogada como la mujer más hermosa del mundo. Hollywood la amaba sin embargo, ella sabía dónde tenía que estar. “Me es imposible conservar mi talante francés aquí. Mi temperamento galo, el deseo de vivir en Francia, mi acento. Todo juega en mi contra”, dijo en una entrevista donde reveló su fuerte personalidad.
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Deneuve tuvo varios hombres importantes en su vida, sin embargo, eligió casarse solo una vez. Estuvo en pareja durante cuatro años con el cineasta Roger Vadim, ex marido del Brigitte Bardot y futuro de Jane Fonda. Fue el padre de su primer hijo, el hoy actor Christian Vadim. Y también tuvo una hija, Chiara, con otro romance de película, con la estrella del cine italiano Marcello Mastroianni, con quien conformó una de las parejas más mediáticas de los años setentas. Ella era la dama francesa, él el seductor italiano. Eran irresistibles.
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En una entrevista su hija Chiara dijo que no tenía recuerdos de sus padres juntos. Que solo había visto sus besos en las películas. Se habían conocido filmando Ça n’arrive pas qu’aux autres» (1971), año en que la actriz, que era ícono de la lucha feminista en Francia, había firmado “El manifiesto de las 343 zorras”, a favor de la legislación del aborto en su país.

En el medio de los romances con los padres de sus hijos, estuvo casada. Le dio el sí a un fotógrafo inglés, de quien se enamoró a primera vista. Se trata de David Bailey, un fotógrafo de moda que trabajaba en la revista Vogue. Se casaron en 1965 y estuvieron juntos durante siete años. Eran jóvenes. Ella tenía 22 y él 21. La ruptura tiene un ribete casi de comedia. No pudieron ser felices para siempre porque, según artículos de la época, David no había aprendido a hablar francés y Catherine se agotaba de hablar inglés.
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El otro hombre de su vida fue su amigo Yves Saint Laurent. El vínculo entre ambos se remonta a 1965 cuando la actriz necesitaba un vestido especial para ir a una recepción con la reina Isabel II. Quedó tan fascinada, que no dudó en recomendarlo para que hiciera el vestuario de Belle de Jour. De ahí en más, Catherine se convirtió en su musa y la vistió en incontables festivales, estrenos y más ocasiones. Entre ambos, el resultado era un estilo súper sofisticado. Ella lució como nadie todos los smokings que le diseñó cuando esa prenda era intrínsecamente masculina. Masculina, pero sensualmente femenina, con un escote, labios y uñas pintadas y tacones. Ambos eran un cóctel explosivo.

Todo ese fabuloso vestuario, que marcó diferentes épocas, fue subastado con la venta de su segunda residencia en Normandía. Se remataron 129 vestidos y accesorios que superaron los 900 mil euros. Acompañó el evento, una muestra y una cena organizada por el director creativo actual de la firma, el belga Anthony Vacarello.
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Con esa pose de mujer poderosa, aparecía en las fotos envuelta en el humo de su cigarrillo. Era una adicta a la nicotina, pero en esas épocas, donde no se sabía lo perjudicial que era para la salud, era toda una ceremonia glamurosa, desde el encendido hasta el apagado. Gestos que aún perduran en el cine. Catherine posaba con el fósforo encendido, con el cigarrillo apretado entre los dientes, con boquilla y pañuelo en la cabeza, siempre tan femme fatale. Hace poco encabezó la lista de ex fumadores que tras problemas de salud, cambiaron el cigarrillo por el vapeo (cigarrillo electrónico). En 2019, a los 76 años, Deneuve sufrió un accidente cerebrovascular isquémico (ACV), que afortunadamente fue limitado y reversible, según había informado la familia.

La francesa siempre fue un referente feminista en Francia y una amante de la libertad sobre todas las cosas. Y en especial, de la libertad sexual acompañada de las primeras píldoras anticonceptivas. Siempre se mostró en contra de cualquier tipo de pensamiento único. Por tal razón, durante en plena ola del Me Too, a principios de 2018 pasó a estar en el foco de una tormenta.
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En una columna del diario Le Monde defendió “la libertad de importunar de los hombres”. En una carta firmada por otras cien personalidades y artistas, denunciaba la violación como un crimen, pero defendió que seducir con torpeza o de forma persistente no era ni un delito ni una agresión machista, si no una parte indispensable de la libertad sexual.
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Dijo además que “lejos de ayudar a las mujeres a ganar autonomía, esta fiebre por enviar a los cerdos al matadero sirve a los intereses de los enemigos de la libertad sexual, extremistas religiosos y de reaccionarios de los que estiman que las mujeres son seres diferentes, niñas con cara de adultas que reclaman protección”.
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