En diciembre de 1822 se concretó la ley de Reforma del Clero propulsada por el gobierno de Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia. Fue una de las políticas más importantes del período rivadaviano y una de las más polémicas. La reforma implicaba la supresión del fuero eclesiástico, la eliminación del diezmo, la financiación estatal de los costos del culto católico y lo más importante: la supresión de las órdenes del clero regular, cuyas posesiones —sobre todo tierras y bienes conventuales— pasaron a formar parte del Estado provincial.

Gracias a estas medidas —y a otras medidas económicas como el préstamo pedido a la casa Baring Brothers— Buenos Aires pudo llevar adelante una reforma que, sin recursos, habría sido mucho más compleja. Sin embargo, esta reforma tuvo consecuencias que el Estado provincial debió afrontar. Instituciones religiosas como la Hermandad de la Caridad o la Casa de Ejercicios Espirituales —que fueron eliminadas— habían sido las encargadas de la beneficencia o el cuidado del Hospital de Hombres y del Hospital de Mujeres. Ahora sus funciones debían ser reemplazadas por la actuación del Estado provincial. Este reemplazo implicaba una redefinición del propio aparato del Estado —en este caso, el de la provincia de Buenos Aires, incluido el ministro Rivadavia—, que debía absorber funciones de otra esfera.

Como consecuencia, por decreto del 2 de enero de 1823 se creó la Sociedad de Beneficencia. La medida tuvo una característica fundamental, nueva y diferente de cualquier otra tomada por Rivadavia u otras agencias de su gobierno: estaba formada por mujeres patricias, esto es, mujeres de la alta sociedad porteña.

Recordemos que la revolución y la independencia de España habían traído cambios a nivel político y social que no habían significado cambios para el estatus de las mujeres: continuaban siendo definidas por la familia a la que pertenecían y, en particular, por los hombres con los que estaban relacionadas y a los que estaban sujetas. El hecho de que —en el marco de las reformas liberales ilustradas— Rivadavia tomara la decisión de dar un lugar a las mujeres transformándolas en funcionarias estatales de la provincia de Buenos Aires fue un hecho que tardaría mucho tiempo en repetirse. En efecto, habría que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX para que sucediera.

Bernardino Rivadavia
Bernardino Rivadavia

Aunque las mujeres patricias que constituyeron inicialmente la Sociedad de Beneficencia fueron nombradas por el gobierno, el decreto establecía que en lo sucesivo ellas mismas elegirían a las integrantes de esa Sociedad. El objetivo de la Sociedad de Beneficencia era fomentar la educación femenina y asegurar la organización de los establecimientos pertinentes. La Sociedad no se ocupaba de todo tipo de escuelas —la educación formal obligatoria llegaría mucho después— sino, especialmente, de las escuelas a las que concurrían niñas pobres y huérfanas que no podían afrontar el costo de la instrucción privada, corriente en esos años.

Las reformas de Rivadavia tenían como objetivo fundamental ilustrar a la población. Y así como se valía del teatro para transformarla en "público ilustrado", se valía de la Sociedad de Beneficencia para formar mujeres ilustradas que, a su vez, harían de sus hijos hombres ilustrados. Si las reformas no implicaban un cambio de paradigma en la concepción del lugar de la mujer como "cuerpo que procreaba" al menos creaban la posibilidad de que ocuparan un lugar en un ámbito que históricamente le había estado vedado: la esfera pública.

Esa participación de las mujeres en la esfera pública fue un inconveniente al momento de la creación de la Sociedad de Beneficencia. Las primeras elegidas para integrarla rechazaron amablemente su designación. No querían ocupar un lugar tan visible, tan "público", en un ámbito que siempre había sido masculino y que podía incluso ser visto como un demérito: una mujer pública era una prostituta. Además, en una sociedad profundamente católica como la del Buenos Aires de aquella época pueden haber influido en su negativa las políticas anticlericales de las reformas rivadavianas. Sin embargo, el rechazo no detuvo al ministro Rivadavia, que recurrió —curiosamente, por primera vez— a Mariquita Sánchez de Mendeville.

Mariquita Sánchez era una dama patricia por excelencia, tal vez la más firme candidata a ser una de las seleccionadas para integrar esa primera Sociedad de Beneficencia. Y tenía una relación cercana con el grupo rivadaviano. ¿Por qué, entonces, el ministro no había recurrido antes a ella? Es posible que se debiera a su apresurado casamiento con Washington de Mendeville, en 1819, a pocos meses de la muerte de su marido, Martín Thompson. Además Mendeville era unos años más joven que ella —Mariquita falsea su fecha de nacimiento en el acta de matrimonio para disminuir la diferencia de edad— y los rumores tal vez influyeron para que no fuera convocada.

En cualquier caso, frente al rechazo de las damas patricias Rivadavia debe recurrir a la poderosa influencia de Mariquita Sánchez. Junto a ella convocó a Mercedes Lasala de Riglos (presidenta), María Cabrera de Altolaguirre (vicepresidenta), Isabel Casamayor (secretaria), Joaquina de Izquierdo (secretaria), Josefa Ramos Mejía (secretaria), Isabel Agüero de Ugalde, Cipriana Viana y Bone, Manuela Aguirre, María de los Santos Riera del Sar, Bernardina Chavarría de Viamonte, María del Rosario Azcuénaga: todas ellas dieron su consentimiento para ocupar esos cargos en la Sociedad de Beneficencia. Mariquita Sánchez de Mendeville también tenía el cargo de secretaria. La Casa Cuna, la Casa de Huérfanas, colegios y hospitales quedaron bajo la dirección de estas mujeres que, por primera vez, entraban en la esfera de la toma de decisiones públicas.

Las mujeres y sus razones

Sobre la conformación de la Sociedad de Beneficencia, en varios documentos se expresan voces de mujeres que, de formas diversas, manifestaron su voluntad de cumplir una función pública.

Josefa Ramos Mejía, amiga de Mariquita, respondía a su convocatoria través de una breve misiva personal:

Josefa Ramos Mejía a Mariquita Sánchez de Mendeville Lunes. Querida amiga: Muy agradecida a su fineza de contarme entre ese número tan escogido de sus amigas y para tan bellos fines. El estado de mi vista me imposibilita y me hace lacónica. Mañana la abrazaré en su casa. Mi amiga ¡qué éxitos los suyos! Sabe lo que se hace el señor Rivadavia poniendo en sus manos su destino con la más difícil de las tareas de escoger, convencer y allanar voluntades.

Mil finezas a su interesante familia y el cariño de su afectísima Pepa.

María Sánchez de Mendeville, viuda de Thompson
María Sánchez de Mendeville, viuda de Thompson

El agradecimiento por la fineza a su amiga —y la devolución de finezas— no ocultaba el entusiasmo de Pepa Ramos Mejía por aceptar la propuesta de ser parte de la Sociedad de Beneficencia . La carta, amistosa e íntima, celebraba un triunfo personal entre ellas. El fragmento más interesante de esta breve esquela, que solo servía para agendar un futuro encuentro en la casa de Mariquita, es el siguiente:

Mi amiga ¡qué éxitos los suyos! Sabe lo que se hace el señor Rivadavia poniendo en sus manos su destino con la más difícil de las tareas de escoger, convencer y allanar voluntades.

El éxito que festejaba habla del lugar que, por esos años, ocupaba Madame Mendeville, como empezaba a ser llamada Mariquita Sánchez. Pepa entendía la importancia de la posición que Rivadavia asignó a Mariquita. Es evidente que la alta sociedad de la época sabía por qué no fue una de las primeras seleccionadas. No se debió, evidentemente, a falta de condiciones sino a otras razones, quizá más "sociales", que no han llegado a nosotros.

Joaquina Izquierdo, otra de las damas de la alta sociedad convocadas, agradeció directamente al ministro Bernardino Rivadavia:

Cuando recibí la Nota de V. S. fecha del 19 del presente que me avisa ser nombrada Secretaria de la Sociedad de Beneficencia exalté mi ánimo con la idea lisonjera de siquiera figurarme capaz de ocupar este puesto, pero reconociéndome he hallado el desconsuelo de encontrarme imposibilitada a la aceptación, por la falta de aptitud suficiente y principalmente por el mal estado de mi salud quebrantada desde un muy grave ataque que he sufrido de que he resultado quedar habitualmente enferma. Los síntomas continuamente observados no solo me alejan de un perfecto restablecimiento, sino que me ponen en la necesidad de salir tan solo los días y horas muy templados, consultando el mayor abrigo como único preservativo. Así lo expuse al señor Rojas. Pero ¿cómo no servir al destino que se me da en el primer encargo que se hace a nuestro sexo? ¿Cómo no corresponder al honor que V. S. me hace con su memoria que tanto obliga? Acepto. Serviré como mejor pueda. Pero aún más: me resuelvo a sufrir la censura que recaerá sobre mí, por omisiones tan indispensables como inculpables, efectos de mi poca salud. En todo ello hallaré complacencia, por ser obsequio a mi País, y por lo útil de la Institución. Así cumplo con mi deber y satisfago mi delicadeza: protestando que si con el tiempo vea no ser bien desempeñado mi puesto por los inconvenientes dichos esas mismas causas me obligarán a devolver el nombramiento, con el fin de que lo llene otra más a propósito, y por qué mi ejemplo en vez de servir de estimulante a la mejora del establecimiento, no sirva para su decadencia. Dios guarde a V. S. M. s. a. s., Buenos Aires, febrero 24 de 1823. Joaquina Izquierdo Señor Ministro de Gobierno, don Bernardino Rivadavia.

Esta vez la carta tenía un tono formal, dado que el receptor es uno de los hombres más poderosos de la provincia en ese momento. Joaquina buscaba la forma de demostrar humildad y orgullo, cualidades que entran en conflicto, más aún considerando el comportamiento femenino esperado en aquella época:

…que me avisa ser nombrada Secretaria de la Sociedad de Beneficencia exalté mi ánimo con la idea lisonjera de siquiera figurarme capaz de ocupar este puesto, pero reconociéndome he hallado el desconsuelo de encontrarme imposibilitada a la aceptación, por la falta de aptitud suficiente y principalmente por el mal estado de mi salud quebrantada…

Rivadavia proponía a estas mujeres una tarea que implicaba un alto grado de exposición pública . Y pese a que en la década de 1810 habían sido parte de la revolución y la guerra de independencia, no estaban del todo preparadas para asumirla. Decía Joaquina:

Pero ¿cómo no servir al destino que se me da en el primer encargo que se hace a nuestro sexo? ¿Cómo no corresponder al honor que V. S. me hace con su memoria que tanto obliga? Acepto. Serviré como mejor pueda. Pero aún más: me resuelvo a sufrir la censura que recaerá sobre mí, por omisiones tan indispensables como inculpables, efectos de mi poca salud. En todo ello hallaré complacencia, por ser obsequio a mi País, y por lo útil de la Institución.

En ese intenso párrafo Joaquina condensaba lo que había vivido en la década anterior y su apuesta por el futuro de una institución que la exponía ante la sociedad porteña y a la vez le ofrecía la posibilidad de construir algo luego de diez años de guerra. Era el primer encargo directo que se le hacía al género femenino y ella no podía oponerse a ese destino, más allá de su salud o de su buen nombre.

Otra de las damas convocadas, Isabel Casamayor de Luca, también amiga de Mariquita y famosa anfitriona como ella, le escribía a Rivadavia luego de recibir la propuesta de ser parte de la Sociedad de Beneficencia:

Por conducto de la Comisión de Beneficencia pública he tenido el honor de recibir el nombramiento de 19 del presente, con que V. S. se ha dignado distinguirme, para desempeñar la Secretaría de la misma Sociedad. Yo lo he aceptado con el pesar de no encontrarme con todas las cualidades que se requieren para desempeñar los interesantes fines que V. S. se propone… pero V. S. admitirá en cambio el celo y los buenos deseos con que procuraré ser útil a la Sociedad en un ministerio que hasta el presente no esperábamos ver en personas de mi sexo por tan errados como desgraciados principios! Quisiera V. S. aceptar las respetuosas consideraciones que tiene el honor de ofrecerle. Isabel Casamayor de Luca.

La misma estrategia, aceptación con la debida humildad, fue la elegida por la esposa de Esteban de Luca, poeta de la época revolucionaria, uno de los intelectuales que rodeaban a Rivadavia y que había sido parte de la fundación de la Sociedad Literaria, también a instancias del ministro. Isabel volvía a señalar lo inesperado de la propuesta para el género femenino y no podemos suponer que sea un recurso literario.

Insistimos: el hecho de que una mujer fuera llamada a ocupar un cargo público de esta naturaleza era algo muy inusual, no solo en la agitada historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata sino en el mundo, aun después de la convulsión que implicó el periodo de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. Isabel lograba deslizar, de manera muy discreta pero eficaz, una pequeña crítica a esa sociedad patriarcal en la que vivía y que juzgaba a las mujeres como incapaces de realizar tareas públicas:

Yo lo he aceptado con el pesar de no encontrarme con todas las cualidades que se requieren para desempeñar los interesantes fines que V. S. se propone… pero V. S. admitirá en cambio el celo y los buenos deseos con que procuraré ser útil a la Sociedad en un ministerio que hasta el presente no esperábamos ver en personas de mi sexo por tan errados como desgraciados principios.

Lamentablemente para ella, esos "tan errados como desgraciados principios" tenían una raíz muy profunda en la sociedad y tardarían mucho tiempo en ser revisados.